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¿Cómo es posible que una universidad, que debería ser un espacio de libertad y pensamiento crítico, colabore con instituciones que apoyan la opresión y la ocupación?
El 4 de septiembre de 2024, Greta Thunberg fue detenida en Copenhague durante una protesta pacífica contra la ocupación israelí de los territorios palestinos y el genocidio en Gaza. La activista sueca, conocida por liderar el movimiento climático Fridays for Future, ha alzado en los últimos meses su voz en defensa del pueblo palestino. Y esto, al parecer, es motivo suficiente para que las autoridades decidan silenciarla.
La imagen de Thunberg esposada frente a un edificio universitario, difundida por el diario Ekstra Bladet, es un símbolo inquietante de la criminalización de las y los activistas que se atreven a cuestionar el statu quo. ¿Por qué una joven que lucha por la justicia climática y ahora por los derechos humanos es tratada como una criminal? La respuesta es simple: los poderes establecidos no toleran la disidencia, especialmente cuando esta cuestiona sus alianzas y políticas internacionales.
La protesta, organizada por el grupo Estudiantes contra la Ocupación, tenía como objetivo señalar la complicidad de la Universidad de Copenhague con universidades israelíes, instituciones que son vistas por muchos como cómplices de la opresión del pueblo palestino. Pero en lugar de abordar las críticas y abrir un diálogo, la respuesta fue contundente: detenciones, cargos por allanamiento de morada y, finalmente, un control férreo sobre las voces incómodas.
LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL, BAJO ATAQUE
Thunberg no es la primera ni será la última activista en ser reprimida por mostrar su apoyo a la causa palestina. En todo el mundo, los gobiernos y las instituciones han optado por reprimir a quienes se solidarizan con las y los palestinos. Sin ir más lejos, el gobierno de Israel ha contado con el apoyo tácito de muchas potencias internacionales que prefieren mirar hacia otro lado ante las constantes violaciones de derechos humanos que tienen lugar en Gaza y Cisjordania.
Pero el silencio, como bien ha señalado Thunberg en más de una ocasión, es complicidad. No se puede ser neutral ante un genocidio. Cuando organizaciones internacionales y expertos de la ONU advierten sobre la magnitud de la violencia en Palestina, hacer oídos sordos es inaceptable. Sin embargo, quienes se atreven a romper este silencio son sistemáticamente castigados. La misma Thunberg lo ha vivido en varias ocasiones: desde campañas de desprestigio en redes sociales hasta detenciones como la de esta semana.
La detención de Thunberg es, en última instancia, una advertencia a las y los demás activistas: si alzas la voz en defensa de los oprimidos, serás silenciado. Y es que la lucha por Palestina no solo es incómoda para Israel, sino para una red de intereses globales que prefieren que esta cuestión quede enterrada bajo la alfombra. Los gobiernos que se declaran defensores de los derechos humanos, como es el caso de muchas democracias europeas, se vuelven cómplices cuando reprimen manifestaciones pacíficas y permiten que una activista juvenil sea tratada como una delincuente por pedir justicia.
LA HIPOCRESÍA DE LAS INSTITUCIONES EDUCATIVAS
Lo más irónico de esta situación es que la protesta tuvo lugar en una universidad, una institución que, en teoría, debería ser un espacio de libre pensamiento y crítica. Las universidades, que históricamente han sido centros de reflexión y de defensa de los derechos humanos, hoy se convierten en cómplices de la represión. Al colaborar con instituciones israelíes que apoyan la ocupación, están eligiendo un bando en el conflicto. Y no es el de la justicia.
No es la primera vez que las universidades se enfrentan a críticas por sus alianzas. Hace años, en Sudáfrica, muchas universidades internacionales fueron criticadas por sus vínculos con el régimen del apartheid. Hoy, la historia parece repetirse. Los estudiantes y las y los activistas tienen razón al denunciar estas alianzas. ¿Cómo es posible que una universidad, que debería ser un espacio de libertad y pensamiento crítico, colabore con instituciones que apoyan la opresión y la ocupación?
La detención de Greta Thunberg en Copenhague pone en evidencia, una vez más, el miedo que tienen las instituciones ante la movilización estudiantil y juvenil. El activismo juvenil, que en un principio se centraba en la crisis climática, ha evolucionado hacia una conciencia más amplia sobre las injusticias globales. Lo que muchos gobiernos no parecen entender es que los y las jóvenes no luchan solo por un futuro libre de combustibles fósiles, sino también por un mundo libre de opresión y genocidio.
En este contexto, la criminalización de las protestas y la represión de los y las activistas no hará más que intensificar el descontento. Los jóvenes de hoy no van a detenerse ante las amenazas, las detenciones o los cargos. Al contrario, cada ataque a una activista como Thunberg es una nueva chispa que enciende el fuego de la resistencia.
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