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Moreno pierde la mayoría absoluta en Andalucía y la derecha vuelve al mismo punto: depender de la ultraderecha mientras finge que no pasa nada
El Partido Popular llevaba semanas preparando la fotografía perfecta. Juanma Moreno renovando la mayoría absoluta en Andalucía. Vox reducido a ruido de fondo. La izquierda desmovilizada. Y Alberto Núñez Feijóo arrancando desde Génova una campaña permanente contra Pedro Sánchez bajo el lema triunfalista de “El cambio está más cerca”. Pero la noche del 17 de mayo no salió como estaba escrito en los despachos de Madrid. Y se notó. Mucho.
Moreno perdió la mayoría absoluta por apenas dos escaños. Dos. Suficientes para desmontar el relato entero de la derecha institucional y volver a colocar al PP frente a la misma realidad que lleva años intentando maquillar: sin Vox, no le salen las cuentas.
El problema para Feijóo no es solo parlamentario. Es político. Y casi psicológico. Porque el PP lleva años intentando vender una ficción: que puede absorber el discurso ultra, endurecer políticas migratorias, comprar marcos reaccionarios y agitar guerras culturales sin acabar dependiendo formalmente de Santiago Abascal. Como si se pudiera alimentar a la extrema derecha y luego pedirle educadamente que desaparezca.
No ha ocurrido en Castilla y León. No ocurrió en Aragón. No ocurrió en Extremadura. Y tampoco va a ocurrir en Andalucía.
EL PP QUIERE LOS VOTOS DE VOX, PERO NO LA FOTO
La reacción de Moreno tras el recuento fue bastante reveladora. Habló de “gobierno en solitario”. Dijo que sería “lo razonable y sensato”. Incluso criticó la “imposición” de quienes buscan “un sillón”. Pero detrás de esa escenografía había otra cosa: nervios. Porque sabe perfectamente que Vox no está dispuesto a regalar nada.
La extrema derecha ya ha dejado clara su consigna: “prioridad nacional”. Otro eslogan vacío, sí. Pero eficaz. Lo bastante eficaz como para haber condicionado durante meses el debate político y haber empujado otra vez al PP hacia su terreno favorito: el miedo, el señalamiento y la competición permanente por ver quién endurece más el discurso contra migrantes, derechos sociales o pluralidad territorial.
Y ahí apareció Moreno intentando responder con otra consigna improvisada: “prioridad andaluza”. Política convertida en departamento de marketing. Un intercambio de lemas mientras Andalucía sigue teniendo problemas reales de vivienda, precariedad laboral, listas de espera sanitarias y privatización silenciosa de servicios públicos.
Porque eso también queda fuera de foco demasiadas veces. La derecha española discute mucho sobre banderas, identidades y patriotismos abstractos. Muchísimo. Pero cuando gobierna, la prioridad siempre acaba siendo otra: negocio privado, suelo barato, externalizaciones y deterioro de lo público.
Moreno incluso dejó abierta la puerta a una repetición electoral, aunque la definió como “el último recurso”. Lo hizo después de admitir que tiene “un poquito de lío” tras el resultado. La frase parecía espontánea. Pero describía bastante bien el momento político del PP.
Porque el lío existe. Y no es pequeño.
Feijóo prometió en el congreso nacional del PP de julio de 2025 que gobernaría en solitario, sin Vox. Lo repitieron dirigentes nacionales. Lo vendieron como una línea roja ética y estratégica. Ahora vuelven a encontrarse atrapados exactamente en el mismo sitio del que intentaban escapar.
Otra vez Vox decidiendo.
Otra vez la ultraderecha marcando condiciones.
Otra vez el PP fingiendo sorpresa.
LA DERECHA SIGUE DEPENDIENDO DEL MIEDO Y DEL DESGASTE
La escena del lunes en Génova fue bastante significativa. Feijóo apenas habló de Andalucía en su discurso ante la Junta Directiva Nacional. Pasó de puntillas. Nada de celebraciones desbordadas. Nada de épica. Simplemente felicitó a Moreno, dio por hecho que seguirá gobernando y volvió rápidamente a centrar el tiro en Pedro Sánchez.
Era difícil ocultar la incomodidad.
Porque el plan era otro. Andalucía debía convertirse en la demostración de que el PP podía gobernar solo mientras la izquierda se hundía y Vox se debilitaba. Pero ocurrió algo que en la derecha suelen subestimar demasiado: parte del electorado progresista volvió a movilizarse. El avance de Adelante Andalucía y la resistencia de otras fuerzas de izquierdas rompieron la operación de tranquilidad que el PP daba prácticamente por hecha.
Y eso tiene consecuencias más profundas de lo que parece.
Cada vez que el PP necesita a Vox para gobernar, se rompe la máscara de la moderación. Porque ya no vale con decir que son distintos. Los acuerdos hablan solos. Y los precedentes también.
Vox no entra gratis en ninguna negociación. Cobra. Cobra con políticas contra la memoria democrática. Cobra atacando derechos LGTBI. Cobra señalando a personas migrantes. Cobra debilitando consensos básicos sobre violencia machista, cultura o educación pública. Y el PP lleva años aceptando esas condiciones mientras intenta venderse como un partido de “centralidad”.
El problema es que la realidad termina apareciendo. Siempre aparece.
Feijóo cerró su discurso insistiendo en que “España quiere un cambio exigente, ambicioso y con certezas”. Suena bien. Muy de consultora política. Muy de slogan diseñado para caber en una lona gigante. Pero la única certeza visible hoy es otra: cada vez que la derecha española sueña con gobernar sola, acaba despertando al lado de Vox.
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