26 Mar 2026

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«Esta guerra es una jodida estupidez»: el demoledor análisis de un historiador que deja en evidencia la estrategia de Trump en Irán
DESTACADA, INTERNACIONAL

«Esta guerra es una jodida estupidez»: el demoledor análisis de un historiador que deja en evidencia la estrategia de Trump en Irán 

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Un historiador militar desmonta la narrativa oficial y expone una guerra sin salida, más costosa cada día

La guerra impulsada por Donald Trump contra Irán ha encontrado una crítica difícil de ignorar: la de quienes estudian precisamente cómo funcionan los conflictos armados. Frente al discurso político que insiste en la firmeza y la victoria, el análisis del historiador militar Bret Devereaux introduce una idea incómoda pero contundente: no hay plan real, solo una escalada que se ha vuelto imposible de controlar.

En su análisis exhaustivo sobre la guerra en Irán, Devereaux desmonta la premisa central de la estrategia estadounidense. La Casa Blanca apostó por una hipótesis que, en términos históricos, roza la ingenuidad: que una campaña de bombardeos selectivos bastaría para desestabilizar al régimen iraní hasta provocar su caída. Sin embargo, el historiador recuerda que el sistema político iraní está diseñado precisamente para resistir ese tipo de golpes, con estructuras que permiten mantener el control incluso tras la eliminación de líderes clave.

Lejos de debilitar al régimen, la intervención ha reforzado su lógica de supervivencia. Para Devereaux, esto no es una sorpresa, sino una constante histórica: los Estados sometidos a agresiones externas tienden a cohesionarse internamente, especialmente cuando el conflicto se plantea como una amenaza existencial. La idea de que el poder se derrumbaría rápidamente no solo era improbable, sino que ignoraba décadas de precedentes en conflictos similares.

El punto más contundente de su análisis llega al definir la guerra como una “trampa”. No una emboscada diseñada por Irán, sino una dinámica estructural en la que entrar es fácil, pero salir resulta extremadamente costoso. Según explica, una vez iniciado un conflicto de estas características, cualquier retirada implica asumir pérdidas políticas y estratégicas que ningún liderazgo quiere reconocer públicamente. El resultado es una prolongación del conflicto más allá de cualquier lógica de interés racional.

Esta trampa de escalada se ha vuelto especialmente visible tras el cambio de objetivos declarado por Washington y Tel Aviv. Cuando la operación dejó de centrarse en ataques limitados y pasó a plantear abiertamente un cambio de régimen, Irán respondió con una medida de alto impacto: el cierre del estrecho de Ormuz. Este movimiento, largamente temido por la comunidad internacional, disparó los precios de la energía y puso en jaque a la economía global, confirmando uno de los principales riesgos que durante décadas había frenado a sucesivas administraciones estadounidenses.

Devereaux subraya que este escenario no era imprevisible. Durante más de cinco décadas, distintos gobiernos de Estados Unidos evitaron una confrontación directa con Irán precisamente por la combinación de factores que ahora se han materializado: la dificultad de ocupar un país de cerca de 90 millones de habitantes, el impacto global de sus represalias económicas y la posibilidad de una escalada regional incontrolable.

El problema, según el historiador, es que la administración Trump ha cruzado un umbral del que ya no puede retroceder sin asumir un coste político enorme. Abandonar el conflicto dejaría a Irán en una posición de fuerza, capaz de utilizar el estrecho de Ormuz como herramienta de presión sobre la economía mundial. Pero continuar la guerra implica profundizar en un desgaste que tampoco ofrece garantías de éxito.

La consecuencia es una paradoja estratégica: ninguna de las dos opciones resulta viable. Devereaux lo resume con una claridad que ha resonado más allá del ámbito académico. En declaraciones recogidas por medios como Common Dreams, el historiador afirma sin rodeos que “cada día que esta guerra continúa, tanto Estados Unidos como Irán se vuelven más débiles, más pobres y menos seguros”.

La frase más citada de su análisis, sin embargo, va aún más lejos en su contundencia: “Esta guerra es absurdamente estúpida”. No se trata de un recurso retórico, sino de una conclusión basada en la lógica histórica de los conflictos. Para Devereaux, el problema no es solo que la guerra no esté funcionando, sino que nunca tuvo posibilidades reales de hacerlo en los términos en que fue planteada.

Este tipo de diagnósticos pone en cuestión no solo la gestión concreta del conflicto, sino el marco mental desde el que se diseñó. La idea de que la superioridad militar puede traducirse automáticamente en control político vuelve a demostrar sus límites. En este caso, además, con un coste que trasciende lo militar: mercados energéticos tensionados, inestabilidad regional y una economía global cada vez más vulnerable.

Mientras tanto, sobre el terreno, la dinámica descrita por Devereaux sigue desarrollándose. Cada nuevo movimiento refuerza la lógica de la escalada, cada intento de presión genera una respuesta mayor y cada día que pasa hace más difícil cualquier salida negociada. No hay victoria clara en el horizonte, pero sí una acumulación constante de costes.

Y en medio de ese escenario, la advertencia del historiador resuena como un diagnóstico incómodo que nadie en el poder parece dispuesto a asumir: hay guerras que no se pierden ni se ganan, simplemente se convierten en errores cada vez más caros.

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