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Cuando la presión social y el voto ajustado consiguen algo poco habitual en Bruselas: detener una maquinaria diseñada para avanzar sin preguntar.
La decisión del Parlamento Europeo de remitir el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur al Tribunal de Justicia de la Unión Europea no es un trámite técnico. Es un parón político con consecuencias reales. Con 334 votos a favor, 324 en contra y 11 abstenciones, la Eurocámara ha decidido suspender la tramitación de un tratado firmado tras más de 25 años de negociaciones, y hacerlo en enero de 2026, con el calendario económico y geopolítico presionando desde todos los frentes. La consulta judicial implica una espera estimada de 18 a 24 meses, según la propia corte, un margen temporal que desarma la prisa interesada de quienes querían colar el acuerdo por la vía rápida.
La votación llega tras meses de protestas del sector primario, advertencias de organizaciones ecologistas, y el rechazo explícito de varios Estados miembro, con Francia a la cabeza. No es una anécdota: es el resultado de una acumulación de resistencias que han logrado abrir una grieta en la lógica del libre comercio como dogma. El núcleo del debate no es ideológico, sino jurídico y democrático: la autonomía regulatoria de la UE y la base legal elegida para aprobar el tratado sin el consentimiento de los parlamentos nacionales en los capítulos estrictamente comerciales.
UNA SUSPENSIÓN QUE DESMONTA LA PRISA DEL MERCADO
El acuerdo UE-Mercosur prometía crear uno de los mayores espacios de libre comercio del planeta. Esa promesa se ha repetido como un mantra mientras se ocultaban sus costes sociales y ambientales. La Eurocámara ha decidido no mirar hacia otro lado y preguntar al TJUE si el mecanismo de “reequilibrio” incluido en el texto vulnera los tratados europeos. Traducido: si un instrumento pensado para proteger inversiones puede terminar condicionando leyes públicas en materia laboral, sanitaria o ambiental.
La reacción de la Comisión Europea fue inmediata y previsible. Su portavoz lamentó la decisión y aseguró que las dudas ya estaban “resueltas”. No lo estaban. Si lo estuvieran, no habría habido una votación tan ajustada ni una mayoría suficiente para elevar la cuestión al máximo órgano judicial de la UE. La Comisión invocó la necesidad de “acceso urgente a nuevos mercados” y la “fiabilidad” comercial europea. El problema es que la fiabilidad no puede construirse a costa de vaciar la democracia.
El contexto internacional fue utilizado como argumento de presión. Se habló de amenazas arancelarias de Donald Trump, de tensiones geopolíticas y de la necesidad de enviar un mensaje de cooperación frente a la polarización. Convertir la urgencia en coartada es una vieja técnica. La Eurocámara, por una vez, no la compró.
CUANDO LA ECONOMÍA SE USA PARA SILENCIAR DERECHOS
El Ministerio de Economía español reaccionó con cifras. Cifras siempre hay. Aseguró que el acuerdo supondría un “impulso significativo” y citó un estudio del ECIPE que estima que cada mes de retraso en 2026 implicaría 4.400 millones de euros de PIB no generado y 3.000 millones en exportaciones perdidas. Ese estudio existe y ha sido citado, pero la pregunta correcta no es cuánto se deja de ganar, sino quién gana y quién paga.
Porque el mismo tratado que promete oportunidades para “nuestras empresas” presiona a agricultores y agricultoras, expone a enfermeras y enfermeros, trabajadoras y trabajadores y consumidoras y consumidores a una competencia asimétrica, y profundiza un modelo extractivista en América del Sur con impactos ambientales ya conocidos. Las llamadas “cláusulas de sostenibilidad” y “salvaguardias” suenan bien en los comunicados, pero carecen de mecanismos de cumplimiento efectivos cuando chocan con los intereses corporativos.
Economía recordó además que el acuerdo podría entrar en vigor de forma provisional en cuanto lo ratifique un Estado del Mercosur, incluso con la consulta al TJUE en marcha. Esa afirmación revela el problema de fondo: la voluntad de aplicar hechos consumados mientras la justicia delibera. Precisamente por eso la decisión del Parlamento es relevante. Introduce fricción democrática donde antes había inercia tecnocrática.
Desde Berlín, el canciller alemán calificó la decisión de “lamentable” y pidió aplicar el acuerdo “ya”. La impaciencia de los gobiernos no es un argumento jurídico, es una confesión política. Cuando se pide acelerar, suele ser porque el debate no favorece a quien manda.
Esta suspensión no es el final del acuerdo, pero sí el fin del automatismo. Es la constatación de que la movilización social y el escrutinio democrático pueden frenar tratados diseñados para pasar de largo. En un continente acostumbrado a firmar primero y preguntar después, poner el freno también es una forma de gobernar.
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