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Los nuevos documentos publicados por la Administración Trump vuelven a señalar a las élites económicas, políticas y mediáticas que orbitaban alrededor de Jeffrey Epstein mientras el sistema miraba hacia otro lado.
El pasado viernes 31 de enero, el Gobierno de Donald Trump hizo público un nuevo lote de cerca de tres millones de documentos relacionados con Jeffrey Epstein, delincuente sexual condenado y pieza central de una de las tramas de abuso más obscenas del capitalismo contemporáneo. La publicación no es un gesto de transparencia inocente. Llega en un momento de desgaste político, con asesinatos policiales en Minneapolis, tensiones internas en la Casa Blanca y una presidencia cada vez más cuestionada.
Los archivos no cierran nada. Al contrario. Amplían el perímetro del escándalo y confirman algo que las víctimas llevan años denunciando: Epstein no fue una anomalía, sino un engranaje funcional dentro de una red de poder que mezclaba dinero, influencia, impunidad y cuerpos de menores tratados como mercancía.
EL ARCHIVO COMO CAMPO DE DAÑOS CONTROLADOS
Uno de los elementos más inquietantes de este nuevo lote es la confirmación documental de que los abogados de Epstein negociaron su posible cooperación con el FBI apenas días antes de su muerte en agosto de 2019. Un memorándum fechado el 29 de julio de 2019 recoge que se habló de un acuerdo y de una eventual colaboración con la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York. La posibilidad de que Epstein hablara existió. Y desapareció con él.
También aparece un resumen interno del FBI con más de una docena de avisos relacionados con Trump, recopilados en el verano previo a las elecciones de 2020. No se aportan pruebas, ni se afirma que las acusaciones fueran verificadas. Pero el simple hecho de que existan y se documenten revela hasta qué punto el nombre del presidente orbitaba dentro del radar de la investigación. El Departamento de Justicia se apresuró a desacreditarlas, calificándolas de falsas y sensacionalistas. El archivo, una vez más, sirve para amortiguar el golpe sin depurar responsabilidades.
En paralelo, los correos electrónicos publicados muestran vínculos más estrechos de lo conocido entre Epstein y el multimillonario tecnológico Elon Musk. En 2012 y 2013 se intercambiaron mensajes cordiales y planificaron visitas a la isla privada del delincuente. Musk sostiene que nunca se produjeron. Pero el tono y la persistencia de los contactos desmontan la narrativa de un encuentro casual.
El mismo patrón se repite con Howard Lutnick, hoy secretario de Comercio de Estados Unidos, que organizó una visita a la isla en 2012. O con Richard Branson, fundador de Virgin, que en 2013 bromeaba por correo con Epstein sobre su “harén”. Todas las respuestas oficiales coinciden en lo mismo: relaciones limitadas, desconocimiento de los crímenes, arrepentimiento retrospectivo. El archivo demuestra que la normalización fue estructural.
CUANDO LA IMPUNIDAD VISTE DE CORONA Y ALFOMBRA ROJA
Los documentos más perturbadores vuelven a señalar a la aristocracia política y simbólica. Correos electrónicos sugieren que Prince Andrew invitó a Epstein al Palacio de Buckingham en septiembre de 2010, después de que este hubiera cumplido condena por prostitución de una menor. Se habla explícitamente de privacidad, de cenas en palacio y de encuentros posteriores. No se trata de rumores, sino de intercambios escritos.
Las imágenes incluidas en el archivo, algunas inéditas, refuerzan esa sensación de impunidad sin pudor. Fotografías del príncipe junto a mujeres no identificadas. Ofertas de “presentaciones” con mujeres jóvenes apenas días después de recuperar la libertad. El poder no se escondía: se exhibía.
En el ámbito político británico, los documentos arrojan más sombras sobre Peter Mandelson. Registros bancarios apuntan a tres pagos de 25.000 dólares desde cuentas de Epstein en JP Morgan, además de transferencias posteriores a su salida de prisión en 2009. Mandelson niega recordar esos movimientos y acabó dimitiendo del Partido Laborista el 2 de febrero de 2026. Las disculpas llegan tarde y no reparan a las víctimas.
El archivo también expone correos explícitos entre Casey Wasserman, presidente del comité organizador de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, y Ghislaine Maxwell, hoy condenada a 20 años de prisión por trata sexual. Mensajes sexualizados fechados en 2003, disculpas emitidas dos décadas después y un patrón que se repite: cuando el delito aún no era público, la cercanía era natural.
La lista continúa con Steve Tisch, copropietario de los New York Giants, y culmina con una imagen de Brett Ratner, director del documental sobre Melania Trump, sentado junto a Epstein y dos mujeres cuyos rostros han sido ocultados. Ratner negó en 2023 conocerlo. El archivo dice otra cosa.
Estos documentos no son un cierre. Son un recordatorio de que la violencia sexual sistemática necesita redes de protección, y de que el capitalismo de élite sabe archivar sus crímenes mientras sacrifica a sus peones cuando conviene. Epstein está muerto, pero el sistema que lo sostuvo sigue intacto y en activo.
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