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Cuando el titular se convierte en agresión, la noticia deja de informar para empezar a manipular.
EL CLIC FÁCIL COMO VIOLENCIA MEDIÁTICA
Hay límites que no se deben cruzar. Pero en el periodismo-espectáculo de hoy, esos límites no existen: se pisan, se ignoran, se dinamitan. El medio El Español ha publicado un titular atribuyendo a Sergio Peris-Mencheta unas palabras que nunca pronunció. Lo hace con el objetivo de rascar clics, rentabilizar el trauma y convertir la vulnerabilidad ajena en munición para sus métricas.

El titular, presentado como una “revelación”, dice lo siguiente: “Las hostias que me dio son parte de mi enfermedad”. Pero Peris-Mencheta ha sido tajante: “Nunca ha salido de mi boca algo parecido”. Lo ha denunciado en su cuenta de X (antes Twitter), acusando directamente a El Español de practicar un tipo de «clickbait» que “sobrespasa todos los límites”. Tiene razón. Porque esto no es un error. Es una operación. Y no es nueva.
La prensa amarilla se ha infiltrado en medios generalistas. Lo que antes era propio de portales marginales hoy es estrategia editorial en cabeceras con millones de visitas. Lo saben quienes redactan los titulares, quienes los aprueban, quienes los difunden en redes. Y sin embargo, nadie asume la responsabilidad cuando el daño está hecho. Nadie rectifica. Nadie repara. Porque el objetivo no es informar: es viralizar. No es contrastar: es impactar. No es escuchar: es deformar.
El cuerpo del otro, su memoria, su dolor o su biografía se convierten en mercancía, y si se puede retorcer hasta que encaje con el estereotipo de víctima espectacular —mejor aún. Aquí no importa la verdad. Lo que importa es que se pueda poner entre comillas.
MERCANTILIZAR EL TRAUMA: UNA INDUSTRIA DE CÍNICOS
Peris-Mencheta ha hablado públicamente de su enfermedad, de su diagnóstico, de su experiencia personal. Lo ha hecho con una honestidad que debería ser tratada con respeto. Pero en lugar de eso, se ha convertido en blanco de una máquina mediática incapaz de distinguir entre el periodismo y la carroña.
No es un caso aislado. Es un síntoma. Un síntoma de una industria que fagocita toda expresión humana y la convierte en espectáculo. Ya lo advertía Susan Sontag en su ensayo La enfermedad y sus metáforas: cuando el lenguaje médico se apropia del lenguaje social, el individuo enfermo deja de ser persona y se transforma en categoría. Si además ese individuo es famoso, el proceso es aún más brutal.
No se trata solo de una mala praxis periodística. Se trata de una estructura de negocio construida sobre el dolor de otras y otros, que no responde a criterios deontológicos, sino algorítmicos. El titular no se escribe para informar, sino para provocar. No se redacta para explicar, sino para generar rabia, escándalo, vergüenza ajena. Y cuando el medio es interpelado, finge sorpresa. O se esconde.
El Español ha normalizado este modelo de saqueo emocional. Lo ha hecho con titulares sobre víctimas de violencia machista, con personas migrantes, con historias de pobreza, con personas trans, con enfermas y enfermos. Su estilo es reconocible: una frase descontextualizada, entrecomillada, distorsionada y lanzada como cebo. Y a partir de ahí, que el algoritmo haga el resto.
Y no, no es una cuestión de libertad de expresión. Es una cuestión de ética. Y también de violencia simbólica. Poner en boca de alguien una frase sobre maltrato paterno que jamás ha pronunciado es un acto de agresión pública. Y hacerlo cuando esa persona está atravesando una enfermedad es directamente cruel.
No es solo un mal titular. Es una forma de periodismo que debería extinguirse por decencia.
¿Rectificará El Español? Lo dudo. No es su modelo. No es su negocio. La rectificación no genera visitas. El escarnio, sí. Y en este sistema mediático podrido, el dolor ajeno siempre cotiza más que la verdad.
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