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Cuando los gobiernos se pliegan a los crímenes de Estado, desobedecer se convierte en un deber.
INTERCEPTAR AYUDA HUMANITARIA EN AGUAS INTERNACIONALES ES UN CRIMEN, NO UN ACTO DE DEFENSA
“Estamos siendo atacados. Se está cometiendo un crimen de guerra”. La voz del activista Thiago Ávila rompía la noche del 9 de junio. A bordo del Madleen, la Flotilla de la Libertad intentaba lo que ningún gobierno europeo se atreve a hacer: llevar ayuda humanitaria directa a Gaza, sin someterse al control del Estado que está masacrando a su población.
Israel ha interceptado la embarcación en aguas internacionales. Ha secuestrado a las y los activistas. Ha impedido la llegada de suministros vitales a un territorio que mantiene cercado desde hace 17 años.
Los hechos son tan graves como claros: interceptar un barco civil en aguas internacionales constituye una violación flagrante del derecho internacional. Impedir el acceso de ayuda humanitaria durante un genocidio, como el que documentan las propias agencias de la ONU, es un crimen de guerra. Y sin embargo, el Gobierno israelí se jacta de ello en redes sociales: publica imágenes de los soldados interceptando el Madleen, ofrece bollos a Greta Thunberg como gesto paternalista y patético, y lanza propaganda calificando a la flotilla de “antisemitas” y “portavoces de Hamás”. Cuando no puedes justificar tus crímenes, criminalizas a quienes los denuncian.
DESOBEDECER EL BLOQUEO ES UN ACTO DE DIGNIDAD, NO DE PROVOCACIÓN
En este contexto, explicar por qué las flotillas son necesarias es más urgente que nunca.
Gaza vive sometida a un bloqueo total, declarado ilegal por múltiples resoluciones de la ONU. El propio Tribunal Internacional de Justicia advirtió en mayo de 2024 que Israel debía permitir el acceso sin trabas de la ayuda humanitaria. La respuesta del Gobierno israelí ha sido reforzar el cerco, utilizar el hambre como arma y manipular los corredores humanitarios para eludir sus responsabilidades.
Ante esta arquitectura de la muerte, las flotillas representan algo más que un gesto simbólico: son una forma legítima de desobediencia civil internacional. Lo dijo Greta Thunberg antes de embarcarse: “Nuestra obligación moral es intentar romper este bloqueo. No podemos permanecer en silencio mientras matan de hambre a una población entera”. Y es exactamente así.
No es la primera vez que Israel actúa de este modo. En 2010, el asalto a la flotilla Mavi Marmara terminó con diez activistas asesinados. Hoy repite el mismo patrón, convencido de que la impunidad internacional le seguirá blindando. Pero cada barco que zarpa —aunque sea interceptado— rompe el cerco simbólico. Cada testimonio que logra llegar al mundo refuerza la denuncia. Cada acto de desobediencia internacional recuerda a los Estados que si no actúan, lo hará la ciudadanía.
Porque cuando los gobiernos europeos optan por la tibieza, el cálculo geopolítico y el doble rasero, son las personas anónimas, las y los activistas, quienes asumen el coste de poner la vida por delante de la ley injusta.
Por eso las flotillas son legítimas. Porque frente a un crimen prolongado —un cerco que mata de hambre y sed a millones de personas—, la neutralidad es complicidad. Y frente a la complicidad de los gobiernos, la desobediencia se convierte en el único camino digno.
Hoy el Madleen no ha llegado a Gaza. Pero su travesía ha vuelto a romper el muro del silencio. Que nadie olvide que mientras un barco cargado de arroz, medicinas y sillas de ruedas era interceptado en alta mar, en Gaza siguen muriendo niñas y niños por inanición. Y que ni mil bollos ni mil insultos podrán tapar esa vergüenza.
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