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El capitalismo estadounidense no exporta democracia, sino muerte, hambre y obediencia
EL IMPERIO QUE NUNCA DUERME
Desde Hiroshima y Nagasaki hasta Gaza, pasando por Vietnam, Afganistán e Irak, el proyecto imperial de Estados Unidos ha mantenido intacta su maquinaria de exterminio. Más de ochenta años después de arrojar las primeras bombas atómicas sobre civiles, Washington sigue decidiendo quién vive y quién muere en nombre de la “libertad”.
En 1945 fueron dos ciudades japonesas. Entre 1955 y 1975, tres millones de vietnamitas. En 2003, un millón de iraquíes. Cada guerra se justificó con una mentira. Cada invasión se disfrazó de cruzada moral. Cada cadáver fue llamado “daño colateral”.
Pero la historia no terminó con la ocupación directa. El siglo XXI consolidó un modelo más sofisticado: las guerras por delegación. En Siria, Yemen, Libia o Palestina, el Pentágono ya no necesita botas sobre el terreno: basta con financiar, armar y proteger a sus aliados mientras el mapa del mundo se redibuja a golpe de sanción y misil.
El sostén incondicional al régimen israelí es el ejemplo más obsceno. Desde 1948, el Estado sionista ha funcionado como el brazo armado de Occidente en Oriente Medio. Estados Unidos lo ha nutrido con armas, dinero e impunidad, incluso cuando los informes de Naciones Unidas detallan crímenes de guerra, asesinatos de periodistas y el uso de fósforo blanco contra civiles.
El poeta palestino Mahmoud Darwish ya lo advirtió durante la guerra civil libanesa: “La peste es Estados Unidos, y Estados Unidos es la peste. Detrás de cada puerta, allí está”. No importa la bandera ni el continente. Si hay petróleo, gas o un gobierno insumiso, el imperio aparece. Siempre detrás de la puerta.
GAZA, VENEZUELA Y LA HERENCIA DEL SAQUEO
Donald Trump ha convertido la política exterior en una operación inmobiliaria. Se comporta como el propietario del planeta, decidiendo qué territorio “reformar”, qué nación “comprar” y a quién desalojar.
Su complicidad con el genocidio israelí no se explica solo por ideología. En Gaza hay intereses concretos: gas natural valorado en 4.000 millones de dólares anuales y una costa codiciada que sueña transformar en “la Riviera del Mediterráneo”. Setenta mil muertos palestinos son el precio de un proyecto turístico.
Nada nuevo bajo el sol imperial. En Venezuela, el guion es idéntico: sabotaje económico, bloqueo financiero, intentos de golpe de Estado y campañas mediáticas para justificar una intervención “humanitaria”. Las acusaciones de narcotráfico lanzadas por Washington nunca se demostraron, pero sirvieron para encubrir el verdadero objetivo: el control del petróleo y el fin de una revolución que se negó a rendirse.
El chavismo desafió la hegemonía estadounidense, y eso el imperio no lo perdona. Ni el asesinato de Chávez, ni las sanciones contra Nicolás Maduro, ni el hambre inducida por el bloqueo han logrado someter a un pueblo que aprendió a resistir.
Venezuela y Palestina comparten la misma trinchera. Una sufre la ocupación militar, la otra el asedio económico. Ambas enfrentan un enemigo común: el capitalismo armado que se disfraza de democracia.
Hugo Chávez lo entendió en 2009, al recibir a Mahmud Abbas en Caracas: “La lucha por Palestina es una lucha de primer orden para la patria de Bolívar”. Su sucesor, Nicolás Maduro, repite que la causa palestina “es la más sagrada de la humanidad”.
Esa solidaridad no es simbólica. Es una advertencia. Cuando un país cae ante el imperialismo, todos los demás retroceden. La derrota de Gaza o de Caracas sería la victoria definitiva del expolio global.
Fathi Shaqaqi, mártir de la resistencia palestina, lo dijo sin eufemismos: “O nos levantamos juntos, o nos eliminarán uno por uno”.
Y detrás de cada puerta, como siempre, seguirá esperando el mismo verdugo con bandera de barras y estrellas.
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