10 Feb 2026

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El ICE irrumpe en los Juegos Olímpicos de Invierno: deporte, poder y propaganda
DESTACADA, INTERNACIONAL

El ICE irrumpe en los Juegos Olímpicos de Invierno: deporte, poder y propaganda 

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La policía migratoria de Trump desembarca en Milán como gesto de fuerza geopolítica mientras el olimpismo finge neutralidad

Cuando se confirmó que 45 agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) serían desplegados en Italia durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina d’Ampezzo 2026, la pregunta no era logística. Era política. Qué hace una policía diseñada para las deportaciones masivas de la era Trump paseándose por un evento deportivo global. La respuesta no tiene que ver con la seguridad de atletas y delegaciones, sino con el uso del deporte como escaparate de poder en un mundo cada vez más autoritario.

La elección del ICE no es casual. No es el FBI. No es una unidad antiterrorista. Es el cuerpo que simboliza redadas, centros de detención, separación de familias y violencia institucional contra personas migrantes. Llevar al ICE a unos Juegos Olímpicos es exportar una ideología, no un protocolo de seguridad.

EL DEPORTE COMO DIPLOMACIA DE DOMINIO

La reacción en Italia fue inmediata. El alcalde de Milán, Giuseppe Sala, afirmó que no quería ver en su ciudad a “una milicia que mata”, en referencia a episodios recientes de violencia policial en Estados Unidos. El ministro de Exteriores, Antonio Tajani, respondió minimizando el asunto con una comparación tan torpe como reveladora. El problema no era semántico. Era simbólico.

Para el politólogo Timothy Sisk, especialista en deporte y relaciones internacionales, la clave está en la estrategia. La Administración de Donald Trump entiende los grandes eventos deportivos como herramientas de interés nacional. No se trata solo de proteger a una delegación, sino de proyectar poder, normalizar una agenda y reafirmar hegemonía. El deporte como diplomacia cultural al servicio de un proyecto de reordenación global.

Ese proyecto tiene calendario. Estados Unidos se ha asegurado una década de protagonismo como anfitrión de megaeventos deportivos. Mundiales, Juegos Olímpicos, finales globales. El mensaje es simple: estamos aquí, mandamos aquí. Y el ICE funciona como recordatorio visual de quién impone las reglas.

La presencia de esta policía migratoria estalló en plena inauguración. Miles de personas se manifestaron contra unos Juegos utilizados por gobiernos locales, regionales y estatales como motor económico, mientras se denunciaban el despilfarro, la agresión ambiental y el desvío de fondos públicos. A esas críticas se sumó una más incómoda: la importación de una fuerza represiva extranjera.

LA NEUTRALIDAD OLÍMPICA COMO FICCIÓN

El Comité Olímpico Internacional insiste, edición tras edición, en vender neutralidad. La presidenta del COI, Kirsty Coventry, lo repitió antes de Milán-Cortina. Antes lo había hecho Thomas Bach. Antes, en 1980, Lord Killanin. La misma frase durante décadas, el mismo autoengaño.

La investigación académica lleva años desmontando ese relato. El politólogo Jules Boykoff ha documentado cómo los Juegos Olímpicos han sido, desde su origen moderno, una plataforma política de primer orden. El COI no es un árbitro neutral, es un actor global con intereses, alianzas y silencios calculados.

Milán 2026 no es una excepción. Es la confirmación. Deportistas y deportistos estadounidenses llegaron a los Dolomitas obligades a responder por las políticas de su gobierno. El esquiador Hunter Hess habló de “sentimientos encontrados” al representar a su país. Chris Lillis pidió que se distinguiera entre las y los atletas y las decisiones del poder político. Incluso dentro del espectáculo, la grieta es visible.

La respuesta presidencial fue inmediata. Trump atacó públicamente a Hess, llamándolo “perdedor”. El deporte importa porque es propaganda, porque cada medalla es una bandera y cada cámara una oportunidad de disciplinar el relato.

Mientras tanto, el hielo artificial —fabricado por la falta de nieve natural vinculada al calentamiento global— sostiene competiciones bajo vigilancia ideológica. El esquiador Gus Kenworthy denunció una campaña de odio tras llamar “el mal” al ICE y recordar que “gente inocente está siendo asesinada”. No hablaba de teoría. Hablaba de hechos.

En paralelo, FIFA anuncia que pondrá los datos de su Mundial al servicio de las apuestas, exprimiendo el negocio hasta el último byte. El deporte como mercado, el mercado como moral y la violencia como paisaje.

Las cifras importan. 45 agentes, 2026, 1980, una década de megaeventos planificados. Nada es anecdótico. Nada es neutro. El olimpismo ya no puede esconderse detrás de consignas vacías mientras sirve de escenario a la exhibición de poder represivo. El hielo refleja lo que el discurso intenta tapar: que el deporte global ya no celebra la paz, administra obediencia.

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