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El colapso climático ya no es una advertencia: es una condena programada
En 2050, casi la mitad de la población mundial —unos 3.800 millones de personas— vivirá bajo condiciones de calor extremo si el planeta alcanza los 2 °C de calentamiento global. No es una predicción alarmista ni un titular exagerado: es la conclusión de un estudio de la Universidad de Oxford, publicado en Nature Sustainability, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. La ciencia vuelve a poner cifras a lo que el poder económico lleva décadas negando o posponiendo. Y las cifras son brutales.
En 2010, el 23 % de la población mundial ya estaba expuesta a episodios de calor extremo. En apenas cuatro décadas, ese porcentaje se elevará al 41 %. No es una evolución natural: es el resultado directo de un modelo económico que ha tratado la atmósfera como un vertedero gratuito. Mientras las grandes corporaciones energéticas siguen acumulando beneficios récord, miles de millones de personas pagarán el precio con su salud, su trabajo y, en demasiados casos, con su vida.
EL CALOR COMO NUEVA FORMA DE DESIGUALDAD GLOBAL
El estudio de Oxford introduce un indicador clave: los grados día de refrigeración (GDR), una medida que calcula cuántos días al año es necesario usar sistemas de refrigeración para evitar riesgos graves para la salud. Los 20 países que experimentarán los mayores aumentos de GDR son todos países en desarrollo. No es casualidad. Se concentran en África, Centroamérica, Sudamérica y el Sudeste Asiático, regiones próximas al ecuador y en latitudes subtropicales.
En Sudamérica, los países más afectados en 2050 serán Brasil, Venezuela y Paraguay. En Centroamérica, el impacto más severo recaerá sobre Honduras, Guatemala y Nicaragua. Las mismas regiones históricamente explotadas por el colonialismo y el extractivismo serán las que soporten el mayor castigo climático, a pesar de haber contribuido de forma mínima al calentamiento global.
El calor extremo no es solo una cuestión de incomodidad. Es una amenaza directa a la vida. Otra investigación citada en el informe señala que la mortalidad asociada al calor aumentó un 103 % entre 1990 y 2021 en América Latina y el Caribe. Entre 2015 y 2024, el impacto económico del calor en esta región alcanzó los 855 millones de dólares anuales. El cambio climático mata y empobrece, pero no lo hace de forma equitativa.
Las personas mayores, las trabajadoras y trabajadores expuestos al aire libre, las comunidades empobrecidas y quienes viven en viviendas precarias serán quienes sufran primero y más. El calor se convierte así en una nueva frontera de clase, donde quien puede pagar aire acondicionado sobrevive y quien no, enferma o muere.
CUANDO EL NORTE GLOBAL TAMBIÉN EMPIEZA A ARDER
El estudio desmonta otro mito cómodo: la idea de que el calor extremo es un problema “del sur”. Incluso los países con climas tradicionalmente fríos sufrirán cambios drásticos. Si el calentamiento alcanza los 2 °C, los días de calor extremo podrían duplicarse en Austria y Canadá y aumentar hasta un 230 % en Irlanda. La diferencia es que estos países tienen recursos para adaptarse; otros no.
Pero esa adaptación tampoco es inocua. El aumento masivo de la demanda de refrigeración tensionará los sistemas eléctricos, incrementará el consumo energético y, si no se transforma el modelo, provocará aún más emisiones, cerrando un círculo perverso. El capitalismo fósil crea el problema y luego vende la “solución” en forma de más consumo energético.
El investigador español Jesús Lizana, autor principal del estudio y miembro del Zero Institute de la Universidad de Oxford, lo deja claro: la mayor parte del aumento de la demanda de refrigeración ocurre antes incluso de superar los 1,5 °C. Es decir, el daño ya está en marcha. Muchos hogares necesitarán instalar aire acondicionado en los próximos cinco años, pero eso no detendrá el aumento de temperaturas si se llega a los 2 °C.
Por su parte, la profesora Radhika Khosla, de la Smith School of Enterprise and the Environment, advierte de que superar el umbral de 1,5 °C tendrá un impacto sin precedentes en la educación, la salud, la migración y la agricultura. No hay atajos tecnológicos ni promesas verdes que valgan si no se reduce de forma real y drástica el uso de combustibles fósiles. El desarrollo sostenible con cero emisiones netas no es una opción ideológica: es la única vía para evitar un mundo inhabitable.
Mientras gobiernos y grandes empresas siguen hablando de “transiciones graduales” y “crecimiento verde”, la ciencia describe un futuro donde el calor será una forma cotidiana de violencia estructural, administrada por un sistema que prefiere proteger beneficios antes que vidas humanas.
No es el planeta el que se vuelve inhabitable: es el sistema el que lo está haciendo imposible de habitar.
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