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Una fiesta de Estado convertida en escaparate de fracturas políticas y nostalgias imperiales.
El desfile militar del 12 de octubre volvió a ser el espejo de un país dividido entre las sombras del pasado y los discursos del miedo. Bajo el ruido de los cazas y el ondear de las banderas, el ritual de la Fiesta Nacional reveló no solo la soledad de Santiago Abascal y su extrema derecha, sino también el desgaste de una derecha que ya no sabe a quién servir: si al rey, al poder económico o a su propio narcisismo político.
La unidad nacional que el Gobierno y la Casa Real pretendían escenificar se convirtió en un mosaico de ausencias, abucheos y gestos calculados.
Mientras Pedro Sánchez, Felipe VI y las principales autoridades presenciaban el desfile en el Paseo del Prado, a apenas un kilómetro y medio, Abascal montaba su propia función patriótica en la Plaza de Colón. Allí, rodeado de banderas y micrófonos, acusó al Ejecutivo de “traidor” y “corrupto” por sus acuerdos con fuerzas independentistas. Lo que pretendía ser un desafío al Gobierno terminó siendo un acto de aislamiento político.
La escena fue casi teatral: la monarquía representando la estabilidad institucional, el PP intentando parecer moderado y Vox gritando desde el borde del escenario. En el fondo, la foto del 12 de octubre mostró la fragmentación de una derecha incapaz de mantener un relato común sin recurrir al ruido y al enemigo imaginario.
EL RÉGIMEN CELEBRA, LAS DERECHAS SE DESANGRAN
El 12 de octubre es cada año una demostración de poder: tanques, soldados, aviones y aplausos medidos. Pero también es el termómetro del bloque conservador. En esta edición, el desfile fue más que un ritual castrense: fue una radiografía de un régimen que se resquebraja por dentro mientras sigue disfrazando de patriotismo su impotencia política.
Abascal justificó su ausencia ante el rey alegando que “no podía fingir normalidad”. Lo que no dijo es que ya nadie lo esperaba. Su gesto, pretendidamente rebelde, fue más bien un síntoma de marginalidad. El caudillismo de Vox se agota cuando no hay cámaras que amplifiquen el odio.
Feijóo y Ayuso, por su parte, aprovecharon el vacío para reposicionarse. El líder del PP repitió el mantra de la “unidad nacional” mientras su partido mantiene alianzas con Vox en gobiernos autonómicos que dependen precisamente de esa extrema derecha que hoy dice querer aislar. Ayuso, fiel a su manual de confrontación, volvió a acusar a Sánchez de dividir a España. La derecha institucional juega a dos bandas: necesita a Vox para gobernar, pero lo desprecia cuando amenaza con arrastrarla al fango.
La fractura es evidente. Vox ya no marca la agenda como antes. Sus desplantes al rey buscan recuperar visibilidad en un contexto donde su discurso se ha banalizado. El PP, en cambio, intenta mantener una apariencia de “orden” frente a un electorado que cada vez tolera menos los excesos de Abascal, pero sigue compartiendo su ideario.
Ambos saben que compiten por el mismo público: un votante nostálgico, desencantado y dispuesto a culpar a cualquiera menos al capital que le roba la vida.
EL DESFILE DE UNA ESPAÑA SIN PROYECTO
El desfile militar no fue solo una escenografía de poder, sino un recordatorio de la falta de rumbo político del país. Las y los soldados marchaban mientras el público gritaba contra el presidente del Gobierno. Las televisiones retransmitían una coreografía de uniformes y banderas para ocultar lo evidente: España celebra una fiesta sin saber qué celebra.
La derecha ha convertido el 12 de octubre en una misa laica del nacionalismo vacío. No conmemora un país plural ni un proyecto común, sino la nostalgia de un imperio perdido. En Vitoria, mientras tanto, Falange Española organizaba su propia romería fascista con resultado de 19 detenidos tras enfrentamientos con antifascistas. Esa es la otra cara de la “unidad nacional”: represión, odio y policía.
El PP intenta presentarse como garante de estabilidad ante un Vox cada vez más aislado, pero ambos comparten un mismo diagnóstico falso: que los problemas de España son los catalanes, los vascos, los inmigrantes o el feminismo. Nunca el paro, la precariedad o la corrupción.
El nacionalismo español es el refugio de quienes no quieren hablar de desigualdad.
El desfile del 12 de octubre es, en el fondo, una escenografía del poder militar y económico. Cada tanque que desfila cuesta lo que podría alimentar a miles de familias. Cada avión que sobrevuela Madrid es un recordatorio de los miles de millones gastados en defensa mientras se recortan ayudas a vivienda, sanidad o transición ecológica.
El militarismo es la forma más costosa de tapar el miedo de un país a mirarse al espejo.
UN 12 DE OCTUBRE SIN VICTORIA
La jornada terminó con aplausos al rey y abucheos a Sánchez, pero nadie ganó. Ni la monarquía, que sobrevive por inercia, ni la derecha, dividida entre su servilismo y su rabia, ni la izquierda institucional, que ha renunciado a disputar el relato del país. El 12 de octubre no fue una fiesta, sino un ensayo general de decadencia.
Mientras la prensa conservadora sigue hablando de “unidad”, lo que vimos fue un Estado que se sostiene sobre el ruido de los aviones y el silencio de los hambrientos.
Las derechas se rompen porque solo se entienden desde la obediencia: la del dinero, la del dogma, la del pasado. Su divorcio no anuncia renovación, sino el fin de una era donde la patria se confundía con el poder.
Y bajo los aplausos del desfile, aún resuena una verdad que nadie quiere escuchar: el nacionalismo español es el último refugio de un país que ha olvidado a su pueblo.
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