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La República Democrática del Congo afronta ya la tercera peor epidemia de ébola de la historia mientras la respuesta internacional llega, otra vez, a remolque del desastre.
UNA EPIDEMIA QUE NO ESPERA A LA BUROCRACIA
El brote de ébola en la República Democrática del Congo ya ha matado a 202 personas. No son “daños colaterales”, ni una estadística incómoda enterrada en una rueda de prensa. Son 202 vidas en un país al que el mundo suele mirar cuando hay minerales, guerra o negocio, pero no cuando lo que necesita es agua potable, diagnósticos rápidos, personal sanitario protegido y cooperación real.
Los datos comunicados este jueves 18 de junio por los Centros Africanos para el Control y la Prevención de Enfermedades son durísimos: 875 casos confirmados desde que la epidemia fue declarada en el este del país el 15 de mayo. La tasa de letalidad se sitúa ya en el 23%. Solo 67 pacientes han logrado recuperarse. El brote avanza y la respuesta, como casi siempre, llega con esa lentitud obscena que solo parece aceptable cuando quienes mueren viven lejos de los centros de poder.
El jefe interino de las Divisiones de Preparación y Respuesta ante Emergencias de los CDC de África, Wessam Mankoula, fue claro. La provincia oriental de Ituri sigue siendo el epicentro: concentra el 91% de los casos y el 78% de las muertes. No es una nota menor. Es el mapa de una emergencia sanitaria situada sobre territorios ya golpeados por el abandono, la violencia y la precariedad estructural. Después el virus llegó también a Kivu del Norte y Kivu del Sur. El ébola no respeta fronteras administrativas. Mucho menos respeta la indiferencia.
Kivu del Norte preocupa especialmente. Allí, el enfrentamiento entre el Ejército y grupos rebeldes convierte zonas enteras en lugares inaccesibles para buena parte de los equipos de respuesta. Traducción sin maquillaje: hay personas enfermas a las que no se puede llegar, contactos que no se pueden rastrear, cadenas de contagio que no se cortan y comunidades obligadas a enfrentar una fiebre hemorrágica grave mientras sobreviven entre la guerra, la pobreza y el abandono. La salud pública no puede funcionar donde la vida cotidiana ha sido convertida en campo de batalla.
Mankoula avisó de una alta letalidad en Kivu del Norte y de la peor tasa de rastreo de contactos entre las tres provincias afectadas. Ese dato importa. Mucho. Porque en una epidemia de ébola, rastrear contactos no es un trámite técnico. Es la línea que separa un brote contenido de una catástrofe fuera de control. Y cuando faltan seguridad, agua, transporte, confianza comunitaria y recursos, esa línea se rompe.
La OMS ya había advertido que el virus pudo empezar a circular en Ituri unos dos meses antes de que el brote fuese declarado oficialmente. Dos meses. Tiempo suficiente para que una emergencia silenciosa se hiciera grande bajo la alfombra de un sistema internacional que reacciona tarde, calcula tarde y paga tarde. El 17 de mayo, la Organización Mundial de la Salud calificó la epidemia como emergencia de salud pública de importancia internacional. El nombre suena solemne. La realidad es bastante más simple: el mundo sabía que esto podía crecer.
EL TERCER PEOR BROTE Y LA MISMA HIPOCRESÍA GLOBAL
Este brote ya es la tercera peor epidemia de ébola de la historia por número de casos y muertes, según los CDC de África. Solo queda por detrás de la epidemia de África Occidental entre 2014 y 2016, que dejó 11.000 muertos y 28.000 contagios, y de la que golpeó el este congoleño entre 2018 y 2020, con 2.299 muertes y 3.481 casos. No hablamos de una amenaza abstracta. Hablamos de una enfermedad conocida, de patrones conocidos y de errores repetidos.
Mankoula añadió otro dato que debería encender todas las alarmas: desde la semana pasada, el número de casos ha aumentado un 38%. Un 38% en apenas días. Y aun así, la sensación es que África tiene que demostrar su tragedia con cifras enormes para que alguien la considere urgente. Antes no basta. Antes es “riesgo regional”, “problema sanitario”, “situación preocupante”. Luego vienen los comunicados, los planes, las promesas y las fotos de cooperación. Siempre después.
La epidemia ya se ha propagado a Uganda, donde se han detectado 19 contagios confirmados. De ellos, 14 se consideran importados desde la República Democrática del Congo. Hay ya dos fallecimientos. El brote corresponde a la cepa de Bundibugyo, cuya tasa de letalidad oscila entre el 30% y el 50%, según la OMS. Y aquí llega otro dato brutal: para esta cepa no existe vacuna autorizada ni tratamiento específico. Es decir, se está combatiendo una amenaza mortal con herramientas limitadas, en territorios atravesados por conflictos, con infraestructuras frágiles y con poblaciones que llevan décadas pagando los costes de un orden mundial diseñado para extraer, no para cuidar.
La OMS considera “alto” el riesgo del brote en África subsahariana y “bajo” a escala global. Esa frase resume la arquitectura moral del planeta. Alto allí. Bajo aquí. Preocupante, pero no tanto. Grave, pero no para quienes mandan. Como si la distancia geográfica rebajara la importancia política de los muertos. Como si 202 personas fallecidas fueran menos urgentes porque no colapsan aeropuertos europeos ni bolsas occidentales.
El 5 de junio, los CDC de África y la OMS lanzaron un plan de respuesta para recaudar 518 millones de dólares, unos 447 millones de euros, destinados a apoyar a los países africanos. La cifra parece grande hasta que se compara con cualquier presupuesto militar aprobado sin pestañear, con cualquier rescate bancario servido en bandeja, con cualquier subvención pública a empresas que luego privatizan beneficios. Para salvar vidas, se pasa la gorra. Para alimentar guerras, siempre hay crédito.
El ébola se transmite por contacto directo con fluidos corporales de personas o animales infectados. Provoca fiebre hemorrágica grave, vómitos, diarrea y hemorragias internas. No estamos ante una enfermedad misteriosa en el sentido político del término. Se sabe cómo actúa. Se sabe qué hace falta: diagnóstico rápido, aislamiento seguro, seguimiento de contactos, equipos sanitarios protegidos, información comunitaria fiable, acceso a agua potable y cooperación sostenida. Lo que falta no es conocimiento. Lo que falta es voluntad cuando la vida que hay que proteger no cotiza en los mercados del norte.
También hay desinformación, y la OMS ha advertido de que contribuye a la propagación. Pero conviene no usar esa palabra como coartada cómoda. La desinformación crece donde hay miedo, desconfianza, instituciones debilitadas y abandono histórico. Las comunidades no necesitan sermones desde despachos internacionales. Necesitan presencia, respeto, recursos y respuestas que lleguen antes que los ataúdes.
La República Democrática del Congo vuelve a enfrentarse a una epidemia mortal mientras carga con demasiadas guerras, demasiadas minas, demasiados intereses extranjeros y demasiadas décadas de saqueo. Luego alguien dirá que es una crisis sanitaria. No. Es también una crisis política, económica y moral. Un mundo que encuentra dinero para blindar fronteras y fabricar armas, pero regatea millones para contener el ébola, no está desbordado: está podrido.
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