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Esta primera entrega de la serie ‘Claves para enfrentar el cambio climático’, coordinada por Fernando Valladares, ha sido escrita en coautoria con Juan Bordera, guionista, periodista, activista en Extinction Rebellion y València en Transició y diputado de Compromís en las Cortes Valencianas.
Un 1 % mundial superrico consume tanta energía como la que se necesitaría para proporcionar una vida digna a 1 700 millones de personas. Empecemos por ahí para entender qué significa decrecer y por qué es clave para frenar el desastre ecológico.
Una encuesta realizada por YouGov y amplificada en muchos medios como The Guardian muestra que “muchos europeos quieren medidas contra el cambio climático, pero no tanto si modifican su estilo de vida”. Esta encuesta da a entender que realmente el problema está en el miedo individual a perder comodidades, y parece irresoluble, pero ¿es realmente así? Afortunadamente, no.
La creciente desigualdad social lleva al colapso
El principal problema radica en la creciente desigualdad económica. Multitud de trabajos y modelos han analizado esta cuestión, que es de una lógica aplastante. Un modelo de dinámica de sistemas llamado HANDY (Human And NatureDYnamics) estudió el tema y sus conclusiones son esclarecedoras.
Resumiendo mucho: la desigualdad es uno de los principales motivos de que una sociedad colapse. Y jugó un importante papel en los colapsos históricos de diversas civilizaciones pasadas.
La burbuja del lujo y los resortes de poder
Es muy simple, por dos razones: la élite de una sociedad desigual vive en una burbuja de lujo, muy desconectada de la realidad e inmune a las señales de alarma, por lo cual no suele ni percibir el riesgo con claridad ni puede tomar medidas adecuadas siendo los que más cerca suelen estar de los resortes del poder. Por el otro lado, las capas menos favorecidas por la creciente desigualdad ven con recelo los comportamientos de esas élites que, en muchas ocasiones, idolatran y pretenden emular.
A principios del siglo XX, el sociólogo noruego Thorstein Veblen dio nombre a un fenómeno, “el consumo ostentatorio”, que es muy interesante comprender.
El consumo ostentatorio implica que una parte del consumo se hace por aparentar estatus o posición social. Así, cuantos más ejemplos de riqueza insultante tengamos alrededor, más cosas envidiaremos, pese a que no las necesitemos.
Si la desigualdad es tan extrema como la actual, será más fácil que nos fijemos en los que más tienen y tratemos de emularles debido precisamente a que la brecha es enorme.
El mito del derrame, la teoría económica por la cual la riqueza se redistribuye sola hacia las capas inferiores, se ha derrumbado durante los años de pandemia, unos años en los que, mientras los 10 hombres más ricos del mundo han duplicado su riqueza, 160 millones de personas han pasado a engrosar las estadísticas de la pobreza.
Es absolutamente crucial atajar esta brecha entre los que lo tienen todo y los que no tienen nada.
¿Más tecnología o menos consumo?
Los problemas hermanos de la crisis ambiental y la crisis social se abordan esencialmente mediante tres enfoques:
El escenario de crecimiento verde, basado en el progreso tecnológico y un crecimiento económico complementado con políticas medioambientales, logra una reducción significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero, pero a costa de aumentar la desigualdad de ingresos y el desempleo.
El escenario de políticas para la equidad social añade intervenciones directas en el mercado laboral que dan lugar a un rendimiento medioambiental similar al del crecimiento verde, al tiempo que mejoran las condiciones sociales, pero a costa de aumentar el déficit público.
El escenario de decrecimiento consigue la reducción del consumo y las exportaciones, y logra una mayor reducción de las emisiones y de la desigualdad con un déficit público elevado, a pesar de la introducción de un impuesto sobre la riqueza.
Prosperidad social y bajas emisiones de carbono como propuesta viable
Los estudios teóricos que modelizan estos escenarios revelan que hay nuevas políticas sociales radicales que pueden combinar prosperidad social y bajas emisiones de carbono y que son económica y políticamente viables.
De momento, todas estas políticas radicales, efectivas y viables quedan reducidas al marco del decrecimiento económico y no en lo que se venía llamando desarrollo sostenible ni en el seductor pero falaz concepto de crecimiento verde.
En realidad, estamos ante una encrucijada de fácil solución, redistribuir la riqueza o colapsar por el peso de una élite que se empeña en seguir engordando mientras que la base ya no puede soportar el peso.
Reducir la jornada laboral es una de las medidas estrella del decrecimiento
La dificultad viene a la hora de implementarla, ya que, si buena parte de los negacionistas del clima lo son por egoísmo e interés propio, aceptar esta redistribución cuenta y contará con muchos obstáculos personales e institucionales. Pero no hay más alternativa que tasar la riqueza y redistribuirla democráticamente, porque de cualquier otro modo vamos a perder todos mucho más.
Una de las mejores maneras de redistribuir es regalar tiempo. Reducir la jornada laboral sin reducción salarial es una de las propuestas estrella del decrecimiento. La receta que defiende que se puede vivir mejor con menos si se reparte.
El IPCC recogía 28 veces la palabra decrecimiento en su último informe sobre cambio climático y su mitigación, los presidentes de Colombia e Irlanda han apoyado abiertamente estas ideas, y las asambleas ciudadanas suelen apostar por las propuestas que emanan de las teorías decrecentistas.
Los escenarios de decrecimiento minimizan muchos riesgos clave para la viabilidad y la sostenibilidad en comparación con las vías actuales impulsadas por la tecnología.
El decrecimiento económico permite una mitigación del cambio climático mucho más directa y clara que tratar de lograr el milagro de desvincular energía y PIB, eliminar a gran escala el CO₂ atmosférico y transitar a gran escala y a gran velocidad hacia las energías renovables.
No se puede crecer eternamente en un planeta finito
Sin embargo, aunque siguen existiendo importantes retos en cuanto a la viabilidad política del decrecimiento, en los grandes medios de comunicación son cada vez más las voces que abordan una obviedad que nos está costando demasiado tiempo aceptar: no se puede crecer eternamente en un planeta finito.
Una obviedad que ya se planteaban hasta economistas nada sospechosos de revolucionarios como John Stuart Mill allá por 1848. La primera vez que se mencionó el concepto de estado estacionario o steady state fue en la obra de un liberal.
Para transitar de la mejor manera posible por el siglo de los límites es ineludible incorporar las ideas del decrecimiento. No es solo una cuestión ética.
La desigualdad económica nos sale ambientalmente carísima, tanto que pronto no tendremos dinero para afrontar todos los gastos.
Millward y Hopkins (2022) han calculado que, en términos energéticos, una sociedad moderadamente desigual (y estamos dejando ya esa moderación muy atrás) supone el doble de consumo energético que una sociedad igualitaria. Sin embargo, la economía mundial sigue avanzando hacia el desastre ecológico y las desigualdades siguen creciendo.
Los costes energéticos de la desigualdad son mucho más significativos que los de la cantidad de población. Incluso los más moderados niveles de desigualdad que la ciudadanía considera aceptables aumentan la energía necesaria para proporcionar una vida digna universal en un 40%.
En ese grado tolerado socialmente de desigualdad, un 1% mundial superrico consume tanta energía como la que se necesitaría para proporcionar una vida digna a 1 700 millones de personas.
El colapso ecológico y la desigualdad económica se encuentran entre los mayores retos globales contemporáneos, y ambas cuestiones están completamente entrelazadas, y lo han estado a lo largo de la historia de las distintas civilizaciones.
El medio ambiente establece los límites, la sociedad cómo se reparten. Decrecer, sobre todo en el norte global, no sólo es la única salida a largo plazo del laberinto de la crisis ambiental y climática sino que también es la forma de prosperar, de alcanzar lo que Jason Hickel denomina “abundancia radical”, una situación en la que lo humano, el bienestar, los valores y la auténtica sostenibilidad se imponen al crecimiento económico y al enriquecimiento desigual e indefinido.
Ha llegado el momento de decrecer
Decía Víctor Hugo que no hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo. El decrecimiento empieza a ser aceptado incluso por la Europa más neoliberal, que le dedicó recientemente un congreso de tres días auspiciado por el mismo Parlamento Europeo. Eso sí, bajo el nombre de postcrecimiento o más allá del crecimiento (_beyond growth), denominaciones que parecen levantar menos recelos entre economistas, políticos y empresarios.
En el fondo son dos conceptos diferentes que pueden tener utilidades también diversas. Mientras el decrecimiento es más claro y apuesta por reconocer la deuda histórica contraída por el Norte Global respecto al explotado Sur, el otro apunta más a la necesidad de estabilizar un planeta Tierra cuyos ecosistemas más esenciales están bordeando el punto de no retorno.
Tanto postcrecimiento como decrecimiento buscan sortear el desastre ecológico, que arrastraría a la economía, al bienestar, a la democracia y a la paz. Tanto uno como otro requieren una reducción drástica de la desigualdad, la brecha por la que históricamente se deshilachan las sociedades.
Fernando Valladares, Profesor de Investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global, Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC)
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
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