04 Feb 2026

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Chomsky, Epstein y el límite moral que no se puede cruzar
Javier F. Ferrero, PRINCIPAL

Chomsky, Epstein y el límite moral que no se puede cruzar 

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Cuando el prestigio intelectual se sienta a la mesa del poder depredador y decide mirar hacia otro lado

Durante décadas, el nombre de Noam Chomsky ha sido sinónimo de crítica radical al imperialismo, a la hipocresía de las élites y a los crímenes cometidos desde el poder. Precisamente por eso, las revelaciones contenidas en los nuevos archivos de Jeffrey Epstein resultan tan devastadoras. No por una sospecha penal, que no existe, sino por algo más incómodo y profundo: la constatación de una relación sostenida, voluntaria y empática con un depredador sexual condenado. Y por la ausencia de una explicación ética mínimamente aceptable.

La reacción más contundente no ha llegado de la derecha ni de los enemigos históricos de Chomsky, sino de alguien que lo conoce de cerca. Vijay Prashad, historiador marxista, intelectual del Sur Global y colaborador estrecho de Chomsky durante años, ha roto el silencio con un texto que no busca salvar reputaciones. Busca marcar un límite. “No hay defensa posible para esto, ningún contexto puede explicar esta atrocidad”, escribe Prashad, que recuerda además haber sido víctima de violencia sexual en su infancia. No habla desde la abstracción. Habla desde la herida.

Los documentos publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos el 31 de enero de 2026 confirman que la relación entre Chomsky y Epstein no fue puntual ni superficial. Continuó después de la condena de 2008, cuando Epstein se declaró culpable de solicitar prostitución a una menor y cumplió apenas 13 meses de cárcel, y se mantuvo hasta febrero de 2019, solo cinco meses antes de que se presentaran los cargos federales por tráfico sexual. En ese contexto, Chomsky no solo no se distanció, sino que ofreció consejo y consuelo.

CUANDO EL PODER SE DISFRAZA DE CONTEXTO

Los correos electrónicos son claros. Epstein presumió ante socios de haber recibido orientación de Chomsky sobre cómo afrontar el “linchamiento mediático”. El mensaje atribuido al lingüista, firmado como “Noam”, aconsejaba ignorar las acusaciones, minimizar el escándalo y relativizar lo ocurrido apelando a una supuesta “histeria” en torno al abuso de mujeres. Un argumento que no solo es moralmente obsceno, sino históricamente alineado con la cultura de la impunidad.

No estamos ante un error de juventud ni ante un contacto forzado. Estamos ante una relación adulta, consciente y reiterada. Invitaciones a Nueva York, alusiones a vacaciones en el Caribe, intercambios cordiales, mediaciones con figuras de poder. Epstein no era un desconocido excéntrico. Era, como recuerda Prashad, un hombre de extrema derecha, sionista, acumulador de influencias, alguien que se movía entre criminales de guerra, millonarios y operadores políticos. Alguien que utilizaba su agenda social como mecanismo de blindaje.

La pregunta no es si Chomsky conocía todos los detalles de la red de explotación. La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿qué tipo de ética permite mantener una relación cercana con un pedófilo condenado y tratarlo como una víctima del ruido mediático? ¿Qué tipo de jerarquía moral coloca la reputación de un hombre poderoso por encima de las más de 30 víctimas menores de edad a las que el propio Departamento de Justicia ocultó el acuerdo de culpabilidad de 2008?

Prashad lo dice sin rodeos. Le resulta incomprensible que alguien que se negó a reunirse con Henry Kissinger se sentara, sin embargo, con Ehud Barak por mediación de Epstein. La coherencia política se rompe cuando el poder cambia de rostro, pero no de naturaleza.

LA IZQUIERDA ANTE SU PROPIO ESPEJO

Este caso no es un ajuste de cuentas personal ni un ejercicio de cancelación. Es una prueba para la izquierda intelectual. No todo se explica con contexto, trayectoria o legado. Hay líneas que no se pueden cruzar sin consecuencias políticas y morales. Y cuando se cruzan, el silencio no es neutral. Es complicidad.

La situación personal de Chomsky (un ictus en 2024, su incapacidad actual para hablar o escribir) añade complejidad, pero no borra los hechos. Los correos existen. Las fechas están ahí. El consejo fue dado en 2019, once años después de la primera condena de Epstein y en pleno conocimiento público de su historial. El suicidio del financiero en agosto de ese mismo año y la condena a 20 años de prisión de Ghislaine Maxwell no hacen sino subrayar la magnitud del encubrimiento sistémico.

Este escándalo no invalida décadas de análisis brillante sobre el imperialismo estadounidense. Pero sí obliga a una revisión incómoda: el poder también seduce a quienes dicen combatirlo, y la fama intelectual no inmuniza contra el error moral. Cuando la crítica al sistema convive con la indulgencia hacia uno de sus monstruos, algo se ha roto.

No hay contexto que salve eso. Y pretender lo contrario solo refuerza la impunidad que permitió a Epstein actuar durante años, protegido por jueces, fiscales, millonarios y amistades respetables. El problema no es que el monstruo existiera, sino que tantos decidieran sentarse con él como si nada.

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