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Un expresidente, generales del Ejército y una derecha internacional en descomposición: el juicio de Bolsonaro se convierte en un espejo incómodo para el mundo.
EL BANQUILLO QUE HUELE A DICTADURA
El 1 de septiembre de 2025, el Supremo Tribunal Federal de Brasil abrió un juicio que marcará la historia política del continente. Jair Bolsonaro, expresidente y aspirante a autócrata, se enfrenta a acusaciones de intento de golpe de Estado, abolición violenta del Estado de derecho y organización criminal. Sobre la mesa está una condena que puede alcanzar los 43 años de prisión.
La escena es inédita: drones con cámaras térmicas, perros rastreadores, detectores de metales y un despliegue policial sin precedentes custodian la sede del STF en Brasilia, la misma que fue asaltada por fanáticos bolsonaristas el 8 de enero de 2023. Nunca antes un expresidente brasileño había sido juzgado por golpismo ni se habían sentado en el banquillo generales de tan alto rango desde la restauración democrática en 1985.
Entre los acusados figuran los generales Braga Netto, Augusto Heleno y Paulo Sérgio Nogueira, además del excomandante de la Marina, Almir Garnier Santis. Este proceso judicial se prolongará hasta el 12 de septiembre y será seguido por juicios contra otros mandos militares. Como señala el historiador Jadir Gonçalves Rodrigues, de la Universidad Federal de Goiás, se trata de “un volumen extraordinario de pruebas, tal vez el mayor en la historia política brasileña en relación a un golpe”. Videos, mensajes, rastros digitales. Pruebas que vuelven “indefendible” la posición de Bolsonaro y de sus cómplices uniformados.
La Justicia ya había impuesto medidas excepcionales: tobillera electrónica, prisión domiciliaria y prohibición de usar redes sociales. Se llegó incluso a desplegar vigilancia policial las 24 horas tras descubrirse un plan de fuga y una solicitud de asilo a Argentina. La imagen de un líder ultraderechista atrapado en su propio laberinto no podía ser más explícita.
EL JUICIO COMO TERMÓMETRO GLOBAL
El caso trasciende fronteras. Donald Trump, sancionado en Brasil por sus intentos de interferir en el proceso, ha convertido a Bolsonaro en un símbolo de su cruzada contra cualquier límite democrático. La presión estadounidense llegó a traducirse en aranceles contra Brasil, una maniobra que fracasó y que fortaleció a Lula da Silva, actual presidente. La respuesta brasileña fue inmediata: tasas a las tecnológicas y suspensión de patentes de Estados Unidos.
The Economist dedicó su portada al proceso, describiéndolo como “una lección para la democracia estadounidense”. The Washington Post lo definió como “el ápice de una saga extraordinaria”. Y Steven Levitsky, autor de Cómo mueren las democracias, aseguró que la injerencia de Trump es más “desinformada” y “arrogante” que las maniobras de la Guerra Fría.
Los datos son claros. Según el Democracy Report 2024 del instituto V-Dem, el número de países autocráticos (99) superó por primera vez desde 1990 al de democráticos (88). Apenas el 12% de la población mundial vive en democracias liberales plenas. El resto sufre regímenes autoritarios o híbridos. En ese contexto, Brasil aparece como una anomalía positiva: uno de los pocos Estados que mejora su calidad democrática. Staffan Lindberg, director de V-Dem, fue tajante: “Estados Unidos ya no puede considerarse una democracia, ha entrado en la categoría de autocracia electoral”.
La paradoja es brutal: mientras Washington se hunde en la degradación institucional, Brasil avanza en la rendición de cuentas contra quienes quisieron aniquilar la democracia desde dentro.
En el plano interno, el golpe político de Lula es mayúsculo. La consultora Quaest reveló que solo el 28% de los brasileños respalda a la familia Bolsonaro. El tarifazo de Trump, lejos de debilitarlo, devolvió a Lula un capital político que se creía perdido. Hoy aparece como favorito indiscutible para las presidenciales de 2026.
Bolsonaro encarna la impunidad rota, la figura del caudillo que se creyó intocable y terminó vigilado por una pulsera electrónica. El juicio no es solo un proceso contra un individuo, sino contra un modelo de poder que se repite de Washington a Budapest, de Madrid a Buenos Aires.
No hay redención posible en esta historia. Lo que está en juego no es Bolsonaro. Es la certeza de que la democracia global se defiende juzgando a quienes intentaron matarla.
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