Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Cuando el poder deja de esconder su desprecio por la democracia, ya no estamos ante un desliz retórico, sino ante una advertencia.
Cuando Donald Trump afirma en Davos que “a veces se necesita un dictador”, no está provocando una reflexión teórica ni incurriendo en una boutade. Está verbalizando, sin rodeos, una pulsión política que lleva años cultivando y que una parte del poder económico global escucha sin escandalizarse. El problema no es solo lo que dice, sino el contexto desde el que lo dice y el silencio que lo rodea.
Trump pronuncia esas palabras tras una hora de discurso errático ante el Foro Económico Mundial, arropado por dirigentes empresariales, fondos de inversión y responsables políticos que presumen de estabilidad mientras financian o toleran derivas autoritarias. No habla desde un mitin marginal ni desde una red social incendiaria. Habla desde Davos, el santuario del capitalismo global. Y allí, decir que quizá haga falta un dictador no provoca un portazo, sino un murmullo incómodo y poco más.
No es una frase aislada. En agosto ya había deslizado que “mucha gente” querría un dictador, en referencia a su intención de desplegar a la Guardia Nacional y al Ejército en ciudades estadounidenses. Antes, en 2023, afirmó que solo sería dictador “el primer día”. En 2022 llegó a justificar la posibilidad de “terminar” la Constitución para revertir su derrota electoral de 2020. La coherencia del discurso es inquietante: el autoritarismo no aparece como una excepción, sino como una herramienta legítima.
La pregunta que plantea Trump no es nueva, pero sí peligrosa: ¿de verdad hay momentos en los que la democracia estorba y conviene suspenderla? A lo largo de la historia, esa idea ha servido para justificar golpes de Estado, dictaduras militares y regímenes de excepción que siempre prometieron orden y acabaron dejando represión, desigualdad y violencia estructural. El dictador nunca llega para resolver una crisis colectiva, sino para blindar intereses concretos.
Trump encarna una versión contemporánea de esa lógica. No promete un proyecto autoritario clásico, sino un mando personalista al servicio del capital y del nacionalismo excluyente. Militarización de las ciudades, persecución sistemática de personas migrantes, uso del aparato del Estado para intimidar disidencias, decretos de “emergencia nacional” para esquivar al Congreso. No es caos lo que combate, es el control democrático lo que le incomoda.
Las encuestas lo reflejan con claridad. En septiembre de 2025, un sondeo del Public Religion Research Institute mostraba que el 56% de la población estadounidense considera a Trump un dictador potencialmente peligroso cuyo poder debería ser limitado. Un mes después, en pleno ciclo de protestas “No Kings”, otro estudio de YouGov señalaba que el 52% cree que Trump quiere convertirse en rey. No es una percepción marginal ni partidista. Es una alarma social.
Lo verdaderamente inquietante es que esta deriva no se produce en los márgenes del sistema, sino en su núcleo. El capitalismo global atraviesa una crisis de legitimidad profunda: desigualdad extrema, emergencia climática, guerras permanentes, Estados incapaces de garantizar derechos básicos. En ese contexto, la tentación autoritaria aparece como un atajo. Cuando la democracia ya no garantiza beneficios ni estabilidad, el poder económico empieza a coquetear con el mando fuerte.
Por eso Davos importa tanto. Porque no es solo el escenario, sino el síntoma. Allí donde se deciden inversiones, políticas comerciales y alianzas estratégicas, la frase “a veces se necesita un dictador” no genera una ruptura, sino una inquietante normalización. El autoritarismo deja de ser un tabú y pasa a ser una opción más del menú.
Trump no está solo ni es una anomalía. Forma parte de una tendencia global en la que líderes electos erosionan desde dentro las instituciones democráticas mientras aseguran actuar en nombre del pueblo. La diferencia es que Trump ya no disimula. Dice lo que otros insinúan. Y al hacerlo, desplaza el marco del debate: ya no discutimos si es peligroso, sino si es necesario.
La respuesta debería ser evidente. Nunca se “necesita” un dictador. Lo que se necesita es más democracia, más control del poder, más derechos y menos impunidad para quienes confunden gobernar con mandar. Cada vez que se acepta la idea de un dictador temporal, se está firmando un cheque en blanco que siempre se cobra con libertades ajenas.
Cuando un presidente afirma que quizá haga falta un dictador y el mundo poderoso no se levanta de la mesa, el problema ya no es solo Trump, sino el sistema que empieza a encontrar su autoritarismo razonable.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir