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Un reconocimiento internacional a una niña asesinada en Gaza que el cine convierte en memoria incómoda
La película The Voice of Hind Rajab ha sido nominada al Oscar a Mejor Película Internacional. No es una nominación cualquiera. Llega una semana antes del segundo aniversario del asesinato de Hind Rajab, el 29 de enero de 2024, y coloca en el centro de la mayor industria cinematográfica del mundo la voz de una niña palestina de 5 años que pidió ayuda durante horas antes de ser asesinada por el ejército israelí en Gaza.
El filme, dirigido por la cineasta tunecina Kaouther Ben Hania, mezcla documental y ficción para reconstruir uno de los episodios más brutales del genocidio en Gaza. La película incorpora las grabaciones reales de la llamada telefónica de Hind con la Media Luna Roja Palestina y escenas dramatizadas que muestran a las y los operadores intentando salvarle la vida mientras el ejército israelí cercaba la zona.
No hay reconstrucción heroica ni épica redentora. Hay una niña sola, rodeada de cadáveres, pidiendo a gritos a su madre y suplicando que alguien la rescate. Esa es la materia prima del relato. Y eso es lo que convierte esta nominación en un gesto político que incomoda.
Ben Hania lo dijo con claridad tras conocerse la nominación: “Esta nominación pertenece primero a Hind. A su voz. A lo que nunca debió ocurrir y ocurrió”. No es una frase promocional. Es una acusación directa al orden internacional que permitió y justificó su asesinato.
UN CRIMEN DOCUMENTADO, UNA MEMORIA QUE NO SE BORRA
Hind Rajab viajaba por la ciudad de Gaza con seis familiares cuando su coche fue interceptado por tanques israelíes. En el ataque murieron todas las personas adultas que la acompañaban, incluida su prima Layan Hamada, de 15 años. Hind sobrevivió inicialmente. Durante horas permaneció atrapada en el vehículo, rodeada por los cuerpos de su familia, hablando por teléfono con las y los operadores de emergencia que, impotentes, intentaban conseguir un corredor seguro.
Las grabaciones son conocidas. No son interpretaciones. No son recreaciones. Son pruebas. En ellas se escucha a una niña preguntando si alguien va a venir, pidiendo ver a su madre, rezando con quienes al otro lado de la línea sabían que enviar una ambulancia podía suponer otra muerte más.
Finalmente, Hind también fue asesinada. Investigaciones posteriores determinaron que un tanque israelí disparó 335 balas contra el coche. La ambulancia enviada para rescatarla fue igualmente atacada. Los equipos de rescate también fueron asesinados. No hubo combate. No hubo intercambio de fuego. Hubo una ejecución.
Hind tendría hoy 7 años. Se ha convertido en un símbolo global porque su muerte no fue un daño colateral, sino un crimen documentado, grabado, escuchado en tiempo real por medio mundo. Una prueba sonora del genocidio.
Cuando la película se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Venecia en septiembre de 2025, recibió la ovación más larga de la historia del certamen: 23 minutos. No por su valor técnico, sino porque obligó a la audiencia a escuchar lo que muchos gobiernos llevan más de un año intentando silenciar.
La nominación al Oscar se produce en un contexto de normalización del horror. Mientras se habla de reconstrucción, estabilidad y diplomacia, más de 17.000 niñas y niños palestinos han sido asesinados en Gaza en 15 meses, según datos recogidos por organizaciones internacionales y agencias de la ONU. Hind no es una excepción. Es un ejemplo extremo de una violencia sistemática.
EL CINE COMO PRUEBA FRENTE A LA IMPUNIDAD
Ben Hania ha explicado que decidió hacer la película tras escuchar la llamada por primera vez. En una entrevista con Democracy Now!, planteó la pregunta central que atraviesa el filme: qué significa contar historias cuando lo impensable está ocurriendo en tiempo real. Su respuesta no fue estética. Fue ética.
La película no busca cerrar heridas. Las mantiene abiertas. Porque el problema no es la falta de relatos, sino la impunidad. El cine aquí no actúa como consuelo, sino como archivo. Como constancia. Como recordatorio de que hay crímenes que no prescriben por cansancio mediático.
No es la primera vez que la violencia israelí contra la población palestina llega a los Oscar. En 2025, el documental No Other Land ganó el premio a Mejor Documental. La película, codirigida por cineastas palestinos e israelíes, mostraba la destrucción sistemática de Masafer Yatta, en Cisjordania ocupada, y la resistencia de sus habitantes.
La reacción fue inmediata. Tras el premio, se intensificaron los ataques de colonos y del ejército israelí contra la comunidad. La casa del codirector Basel Adra fue asaltada. El cineasta Hamdan Ballal fue secuestrado y golpeado. El activista Awdah Hathaleen fue asesinado. El mensaje fue claro: contar la verdad tiene consecuencias.
La nominación de The Voice of Hind Rajab se inscribe en esa misma lógica. Cada reconocimiento internacional provoca una reacción violenta sobre el terreno, como si la industria cultural fuese una amenaza real para un proyecto basado en el borrado y la deshumanización.
El cine no detiene bombas. Pero deja constancia. Y esa constancia es peligrosa para quienes necesitan que el mundo olvide. La voz de Hind no fue silenciada cuando cayó el teléfono. Sigue resonando ahora en la alfombra roja, en las salas de cine y en una nominación que el poder preferiría no haber visto jamás.
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