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Elon Musk ya no vende solo coches, cohetes o satélites. Vende una idea mucho más peligrosa: que la infraestructura crítica del futuro puede depender del capricho de un multimillonario.
EL CAPITALISMO DEL COHETE Y LA PROMESA
Elon Musk ha entendido mejor que nadie una verdad obscena del capitalismo contemporáneo: ya no hace falta demostrar que una empresa funciona, basta con convencer al mercado de que algún día será imprescindible. La rentabilidad puede esperar. Las pérdidas se maquillan con épica. Los agujeros contables se tapan con cohetes, frases grandilocuentes y promesas de futuro. Y los inversores, encantados, compran el relato como si compraran un billete de lotería hacia Marte.
La salida a bolsa de SpaceX este junio fue una escena perfecta de esa época. Durante sus primeros días en los parqués, la compañía espacial de Musk llegó a superar en cotización a Amazon, una de las máquinas de hacer dinero más grandes de la historia. El contraste es brutal. Amazon ingresó el año pasado 625.000 millones de euros y obtuvo alrededor de 68.000 millones de beneficio neto. SpaceX facturó unos 17.000 millones de euros y registró pérdidas netas de 4.250 millones. En cualquier economía mínimamente racional, la comparación provocaría sonrojo. En esta, provoca euforia bursátil.
Porque SpaceX no se valora por lo que es. Se valora por lo que promete ser. Y lo que promete no es pequeño: convertirse en una de las empresas que sostengan la infraestructura básica de la inteligencia artificial. Igual que Amazon se convirtió en una columna vertebral de Internet mediante su nube, su logística y su dominio comercial, SpaceX aspira a ocupar una posición parecida en la siguiente fase tecnológica. Satélites, conectividad global, centros de datos masivos, modelos de lenguaje, cómputo orbital. El menú completo del nuevo feudalismo digital.
No es casualidad que SpaceX aparezca dentro de los llamados MANGOS, el acrónimo que agrupa a Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX como el nuevo bloque de empresas llamadas a dominar la IA. De todas ellas, SpaceX es quizá la más extraña. No nació como laboratorio de inteligencia artificial. No es la compañía con el modelo más usado. Grok, el sistema asociado al universo empresarial de Musk, es avanzado, sí, pero está lejos de tener la penetración de ChatGPT, Gemini o Claude, y arrastra polémicas constantes. Aun así, SpaceX representa como pocas la esencia de este nuevo poder: estar donde pasan las infraestructuras.
La inteligencia artificial no vive en una nube mágica. Necesita chips, energía, agua, cables, servidores, satélites, permisos, suelo, contratos públicos y acceso a datos. Necesita territorio. Necesita Estado. Necesita una economía entera reorganizada alrededor de sus exigencias. Musk quiere colocar una parte de esa maquinaria fuera del planeta. Lo dice sin pestañear. En los últimos meses ha insistido en que, en cinco años, habrá más IA en órbita que en la Tierra, y que la forma “racional” de escalar el cómputo de IA es trasladarlo a un lugar con energía abundante y espacio.
Suena a delirio. Puede que lo sea. El historial de Musk está lleno de promesas que parecían inevitables cuando salían de su boca y acabaron convertidas en humo, desde el hyperloop hasta algunos anuncios imposibles sobre conducción autónoma. Pero el error sería reírse y pasar página. Con Musk conviene distinguir entre la fantasía y la infraestructura. La fantasía sirve para inflar valoraciones. La infraestructura sirve para mandar.
Y SpaceX ya manda demasiado.
STARLINK, GUERRA Y EL BOTÓN PRIVADO
El negocio rentable de SpaceX no son los sueños marcianos. Es Starlink, su red de comunicación por satélite. Ahí está el corazón político del asunto. No en la postal del cohete despegando, no en la retórica de la humanidad multiplanetaria, no en la pose de visionario perseguido por burócratas. Está en una red capaz de conectar territorios, ejércitos, empresas, administraciones y zonas de conflicto. Una red privada. Controlada por un magnate. Dependiente de sus decisiones.
La prueba más dura ya se produjo en Ucrania. Musk frenó un contraataque ucraniano que pudo cambiar el curso de la guerra con Rusia mediante el control de Starlink. Esa frase debería pesar como una losa en cualquier democracia. Un empresario privado, no elegido por nadie, con capacidad para condicionar una operación militar en una guerra europea. No es una anécdota tecnológica. Es una mutación del poder.
Durante décadas se nos dijo que privatizar era ganar eficiencia. Que lo público era lento, pesado, caro. Que el mercado resolvería mejor las necesidades comunes. Ahora vemos el resultado: infraestructuras críticas de comunicación, defensa, datos e inteligencia artificial en manos de personas cuya legitimidad procede de una cuenta bancaria. El viejo Estado social se desmonta por ineficiente y el nuevo Estado privatizado se entrega a multimillonarios con acceso directo a presidentes, generales y mercados financieros.
SpaceX encaja en ese modelo con precisión quirúrgica. Se presenta como empresa innovadora, pero depende de contratos, permisos, regulación, lanzamientos, espectro radioeléctrico y relaciones estratégicas con gobiernos. No es un garaje contra el sistema. Es una corporación construida en diálogo permanente con el poder público. La diferencia es que el beneficio se privatiza y la dependencia se socializa. Si funciona, Musk se hace más rico. Si falla, los Estados corren a evitar el desastre porque ya dependen de él.
Ese es el verdadero problema de los tecnoligarcas. No que sean ricos. El problema es que están convirtiendo su riqueza en soberanía. Musk no quiere solo competir en un mercado. Quiere fijar las condiciones materiales de la comunicación, la movilidad, la defensa, el espacio y la IA. Quiere decidir qué se conecta, dónde se conecta y bajo qué reglas. Quiere ser empresario, proveedor, árbitro y actor político. Todo a la vez.
La fortuna personal atribuida a Musk ronda los 850.000 millones de euros. SpaceX, fundada en 2002, cotiza en torno a 1,75 billones de euros. Son cifras que ya no describen riqueza, sino una forma de poder que se escapa del lenguaje habitual. Porque una democracia puede regular a una empresa. Pero cuando una empresa controla una infraestructura que la democracia necesita para funcionar, la relación se invierte. Ya no es el poder público el que pone límites. Es el magnate quien negocia desde la amenaza implícita de apagar, retirar, encarecer o condicionar un servicio esencial.
La inteligencia artificial agrava esta dependencia. Si el futuro del cómputo, de los centros de datos y de las redes orbitales queda atrapado en empresas como SpaceX, la próxima década puede estar marcada por una pregunta insoportable: quién manda realmente. El parlamento o la plataforma. Las y los ciudadanos o el accionariado. La ley o el contrato privado. La soberanía popular o el botón de apagado.
Musk ha cultivado durante años la imagen del genio insoportable, del provocador que rompe normas porque ve más lejos que el resto. Esa caricatura le ha servido. Desvía la atención. Mientras el debate público se entretiene con sus exabruptos, sus memes, sus broncas y su narcisismo, sus empresas ocupan posiciones cada vez más delicadas. Coches, baterías, redes sociales, satélites, cohetes, IA. Demasiados sectores. Demasiada concentración. Demasiado silencio institucional.
Y conviene decirlo claro: no hay nada emancipador en que el futuro dependa de un multimillonario. No hay revolución tecnológica cuando las llaves están en manos privadas. No hay progreso si la comunicación de un país, el cómputo de una inteligencia artificial o la capacidad de operar en una guerra pueden quedar sometidas al humor, la ideología o los intereses de una sola persona.
SpaceX resume el peligro de los MANGOS mejor que ninguna otra compañía. No es solo una empresa espacial. Es una pieza central del nuevo capitalismo de infraestructuras, ese que no necesita gobernar formalmente porque le basta con ser indispensable. Musk no quiere llegar a Marte: quiere que la Tierra tenga que pedirle permiso para funcionar.
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Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOS —Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.
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