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La guerra con EEUU deja a Teherán ante una evidencia brutal: Washington no negocia la paz, administra la amenaza.
LA GUERRA COMO ESCUELA DEL PODER
Más de 100 días de guerra no pasan gratis por un país. No pasan por sus calles, por sus cuerpos, por sus cárceles, por sus hospitales, ni por los despachos donde las élites deciden cuánto dolor puede soportar la gente antes de llamar estabilidad a la obediencia. Irán sale ahora del choque con EEUU con una pregunta encima de la mesa: qué han aprendido sus nuevos dirigentes. La respuesta, por ahora, no invita a celebrar nada. Los primeros indicios apuntan a un liderazgo más autoritario, más pegado a la Guardia Revolucionaria y más dispuesto a mirar hacia China como tabla de salvación.
La pregunta nuclear sigue ahí, claro. Si las negociaciones entre Teherán y Washington acaban en un acuerdo verificable que impida el desarrollo de un arma nuclear, Oriente Medio puede entrar en otra fase. Pero reducirlo todo al expediente atómico es una trampa cómoda. Lo que está en juego no es solo una centrifugadora. Es el modelo de poder que va a imponerse sobre millones de personas iraníes después de la guerra.
El 22 de junio, con actualización a las 05:30 del 23 de junio, el análisis ya señalaba el corazón del problema: los nuevos dirigentes iraníes se han formado a toda prisa, bajo fuego, y ahora deben decidir si siguen instalados en la cruzada ideológica o si aceptan una dosis de pragmatismo. Traducido: si administran el país como fortaleza sitiada o como Estado que necesita aliviar a una población machacada.
Mojtaba Jameneí, líder supremo e hijo de Ali Jameneí, ha aparecido poco. Esa invisibilidad crea un vacío raro, casi un interregno. El jueves, publicó una carta en la que decía haberse opuesto al acuerdo en un primer momento, aunque terminó cediendo ante el presidente Masoud Pezeshkian tras recibir garantías de que no se aceptaría nada si EEUU exigía demasiado. Jugada vieja. La de siempre. Colocarse por encima de la negociación para poder bendecirla si sale bien y lavarse las manos si sale mal.
Eso también es poder. Poder religioso, poder político y poder burocrático. El poder de no mancharse nunca.
Trump, mientras tanto, hizo lo que Trump sabe hacer: insultar, amenazar y luego fingir que estaba desplegando una estrategia. El 12 de junio calificó a los dirigentes iraníes de “gente muy deshonrosa” y dijo que no actuaban de buena fe. John Ratcliffe, director de la CIA, habría advertido de una brecha entre lo que Teherán decía en público y lo que sostenía en privado. El relato era claro: Irán podía dilatar el acuerdo o fabricar en secreto un arma nuclear. La sospecha como política exterior. Otra vez.
Pero el problema es que EEUU ya no manda como antes. El estrecho de Ormuz se ha convertido en una lección geográfica contra la arrogancia tecnológica. Payam Fazlinejad lo formuló con crudeza: a veces la geografía se venga de la tecnología. Irán ha entendido que los estrechos, los pasos, los cuellos del comercio mundial y la energía pueden disuadir tanto como un misil. O más.
La ciudadanía, sin embargo, no vive dentro de una metáfora estratégica. Vive con inflación, miedo, cansancio y una normalidad rota. Fazlinejad lo reconoció ante Pezeshkian: el país no puede permitirse otro error de cálculo y necesita recuperar estabilidad. La gente no quiere ser peón eterno de una partida entre élites armadas, sacerdotes políticos y matones imperiales. Quiere vivir.
CHINA, LA GUARDIA REVOLUCIONARIA Y EL PRECIO DE LA NORMALIDAD
Trump pasó del desprecio al halago con la facilidad de quien confunde diplomacia con espectáculo. En la cumbre del G7 en Évian-les-Bains habló de los líderes iraníes como “el grupo más racional” con el que había tratado jamás. J.D. Vance fue más lejos: dijo que EEUU nunca había estado tan cerca de altos cargos iraníes, incluso de sectores vinculados al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, y que dentro del sistema se reconocía como un error la forma de tratar con EEUU durante 47 años.
Suena bonito. Suena demasiado bonito. Porque dentro de Irán la batalla no parece haber sido exactamente esa. El Frente Paydari, línea dura vinculada a Saeed Jalili, ha denunciado el acuerdo como una catástrofe. Sus figuras lo han llevado a la calle, a la televisión y al Parlamento. Han acusado al equipo negociador de traicionar la revolución y al mártir Ali Jameneí. El aparato mediático estatal Irib, dirigido en buena parte por Vahid Jalili, hermano de Saeed Jalili, ha dado altavoz a esa ofensiva. Según sus críticos, funciona como una Fox News iraní. Sin pluralismo. Sin aire. Sin vergüenza.
La pelea recuerda al acuerdo nuclear de 2015, cuando Javad Zarif fue señalado durante años por pactar con el “Gran Satán”. Luego llegó Trump y en 2018 se retiró unilateralmente de aquel acuerdo. Ahí dejó sin suelo político a quienes defendían abrir Irán al mercado occidental. Es difícil vender confianza cuando la otra parte firma, rompe y encima exige aplausos. Estados Unidos convirtió su propia palabra en papel mojado y después se sorprendió de que nadie quisiera beber de ese vaso.
Aun así, todo indica que los sectores más duros han retrocedido. No por bondad. No por conversión democrática. Han perdido una batalla interna de poder. Mohammad Bagher Ghalibaf, reelegido presidente del Parlamento y procedente de la Guardia Revolucionaria, aparece como uno de los grandes beneficiados. Pidió incluso una votación en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional. De manera poco habitual, también votaron miembros del ejército. Solo una persona se opuso. Probablemente Jalili.
Ghalibaf defendió la negociación con una frase que resume el giro: el objetivo era aliviar la presión y el fuego sobre la población. Preguntó si eso se habría logrado simplemente lanzando un misil. La respuesta era obvia. No. Incluso quienes hablan desde la cultura del combatiente saben que una economía exhausta no se arregla con épica militar. El hambre no obedece consignas. La inflación no se derrota con comunicados.
Ahí entra China. Ghalibaf fue nombrado en mayo enviado especial a Pekín y ha dejado claro que Irán no quiere repetir el error de tratar a China como una moneda de cambio frente a Occidente. En enero de 2016, Xi Jinping visitó Teherán, justo cuando se firmaba el Plan de Acción Integral Conjunto. Irán y China rubricaron una asociación estratégica integral, pero los contratos acabaron en manos europeas. Pekín lo interpretó como un desaire. Ahora, con las sanciones estadounidenses activadas desde 2018, la inversión china se vuelve deseable y a la vez difícil.
La paradoja es cruel. Irán busca aire económico, pero lo busca dentro de un tablero donde EEUU sanciona, Europa calcula, China cobra influencia y la población paga la factura. Las y los ciudadanos que creyeron a Trump cuando prometió que “la ayuda está en camino” se sienten abandonados. En taxis, tiendas y conversaciones privadas, muchos dicen que nadie está contento con el acuerdo. No querían un Xi iraní. No querían un Putin iraní. No querían otro patriarca armado decidiendo el futuro con una mano en la bandera y otra en el miedo.
La guerra ha enseñado a la nueva cúpula iraní que EEUU ya no puede imponer solo el orden mundial. Pero también puede haberle enseñado algo peor: que el autoritarismo sobrevive si se disfraza de defensa nacional. Y cuando un régimen aprende eso, la paz deja de ser paz y se convierte en una jaula con himno.
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