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Abelardo De La Espriella no representa una simple alternancia conservadora: representa el regreso del autoritarismo de mercado, con saludo militar impostado, megacárceles, fracking y bendición trumpista.
EL TIGRE NO VIENE A GOBERNAR: VIENE A DISCIPLINAR
Colombia acaba de asomarse a una etapa peligrosísima. No a un giro moderado. No a una corrección de rumbo. A una entrada de la ultraderecha por la puerta grande, con estética de salvador nacional, discurso de guerra interna y programa económico hecho a medida de quienes siempre confunden patria con propiedad privada. Abelardo De La Espriella, abogado, empresario, millonario, cantante de vallenato, ciudadano de Colombia, Estados Unidos e Italia, se proclama vencedor tras la segunda vuelta del 21 de junio, según el preconteo. Tiene 47 años, cuatro hijos, barba de catálogo, relojes de lujo y un apodo construido para el mitin: “El Tigre”.
Conviene decirlo sin anestesia: esto no es derecha clásica, es ultraderecha latinoamericana con perfume caro y agenda de castigo social.
La victoria, por ahora, nace de un margen mínimo. Con el 99,99% de los votos contados, De La Espriella obtiene 12.956.941 votos, el 49,66%, frente a Iván Cepeda, que suma 12.691.709 votos, el 48,70%. La diferencia es de 0,96 puntos, unos 250.830 votos. Una grieta, no un mandato arrollador. Una ventaja estrechísima en un país partido casi por la mitad. Y aun así, ya se vende como refundación nacional. Ya sabemos cómo funciona esto: ganan por un suspiro y gobiernan como si hubieran recibido una escritura de propiedad sobre el país entero.
Cepeda ha impugnado 33.000 mesas, el 27% de las 122.020 instaladas. Gustavo Petro pidió esperar el escrutinio oficial. Ese dato importa, porque el preconteo no es el cierre jurídico del proceso. Pero el bloque ultraderechista internacional no ha esperado ni medio minuto. Donald Trump celebró. Marco Rubio felicitó. Santiago Abascal aplaudió. Javier Milei, el liberticida argentino, también. José Antonio Kast, Flávio Bolsonaro, María Corina Machado. Toda la familia política de la motosierra, el muro, la cárcel y el negocio ha entendido perfectamente lo que ha pasado en Colombia.
Y lo que ha pasado es grave.
De La Espriella no ha ganado con un proyecto de reconciliación nacional. Ha ganado prometiendo mano dura. Ha ganado señalando el miedo. Ha ganado ofreciendo una “Seguridad Democrática 2.0”, heredera del imaginario uribista de 2002-2010, con drones, inteligencia artificial, militarización y un Plan Colombia recalentado para una época que ya aprendió a maquillar la represión con tecnología. Dice que quiere recuperar el control territorial en 90 días. Como si un país atravesado por décadas de guerra, abandono estatal, narcoeconomía y desigualdad pudiera arreglarse con una orden, una bota y una rueda de prensa.
Su receta es brutal: fin de la política de paz total de Petro, operaciones militares directas, persecución a grupos armados, endurecimiento penal, reducción de beneficios para reincidentes y construcción de 10 megacárceles al estilo Bukele. No lo llama guerra social, claro. Lo llama orden. Siempre lo llaman orden.
El espejo salvadoreño está ahí, aunque él niegue imitar a Nayib Bukele. Bukele ha encerrado a más de 90.000 personas bajo un modelo aplaudido por quienes no preguntan por garantías, torturas, detenciones arbitrarias o desaparición del Estado de derecho mientras las víctimas sean pobres. Es la fantasía punitiva perfecta: encerrar masivamente para que la clase media duerma tranquila y las élites sigan contando dividendos. La cárcel como espectáculo. La prisión como campaña permanente. El miedo como programa de gobierno.
De La Espriella usó un saludo militar durante la campaña pese a no haber servido en el Ejército. Es un detalle casi grotesco, pero revelador. El militarismo de escaparate tiene eso: ama los uniformes, no las trincheras. Ama el gesto, no el coste humano. Ama mandar a otros a la guerra desde una tarima llena de focos.
MERCADO PARA LOS RICOS, FUSILES PARA LOS POBRES
La ultraderecha rara vez llega solo con porra. Llega también con una calculadora. Y De La Espriella trae las dos cosas. Quiere reducir el Estado en un 40%, ampliar la base tributaria, fusionar o eliminar entidades, recortar burocracia y aplicar un ajuste inicial de unos 70 billones de pesos. Dicho en lenguaje menos amable: menos Estado social, más Estado policial. Menos protección pública, más disciplina de mercado. Menos derechos garantizados, más promesas de eficiencia para quienes ya tienen asegurada la vida.
Su programa promete un crecimiento anual del PIB del 7%, reducción de impuestos al sector empresarial y “libertades tributarias”. El viejo cuento. La misma estampita neoliberal: se le bajan las cargas al capital, se le exige sacrificio a la mayoría, se llama inversión a la concentración de riqueza y se llama irresponsabilidad a cualquier intento de redistribuir. Luego, cuando la desigualdad estalla, aparece la policía para limpiar la consecuencia política del saqueo económico.
También quiere reactivar la exploración petrolera, permitir el fracking y casi duplicar la producción hasta 1,3 millones de barriles diarios. En plena crisis climática, Colombia puede pasar de discutir transición ecológica a perforar territorios como si el planeta fuera una finca heredada. Habla de soberanía energética, pero la fórmula huele a extractivismo de toda la vida: agua en riesgo, comunidades presionadas, territorios sacrificados y beneficios privados empaquetados como interés nacional.
La parte agraria tampoco es menor. Su plan contempla destruir 330.000 hectáreas de coca mediante fumigación aérea, erradicación manual y persecución de capitales narcos. Otra vez la vieja guerra contra las drogas, esa maquinaria perfecta para castigar campesinas y campesinos mientras las rutas financieras del narcotráfico sobreviven con traje, banco y abogado. Colombia ya conoce demasiado bien esa película. La fumigación no cae sobre las mansiones. Cae sobre territorios empobrecidos.
Y aquí entra el otro personaje: el empresario de sí mismo.
De La Espriella asegura haber financiado su propia campaña y sostiene que su movimiento, “Defensores de la Patria”, creció sin apoyo de partidos ni grupos empresariales. Reuters no pudo verificar de forma independiente esa afirmación. La Silla Vacía investigó su universo empresarial y encontró 35 empresas relacionadas con él en Colombia, Panamá y Estados Unidos, con presencia directa suya o de su familia en 15. En Colombia, identificó al menos 7 empresas vinculadas a sus intereses. Cinco reportaron ingresos por 16.130 millones de pesos en 2024, pero el balance no era precisamente la leyenda dorada del rey Midas que vende su propaganda.
La firma De La Espriella Lawyers fue la más rentable: concentró 406 de los 419 millones de ganancias después de impuestos. Mientras tanto, Dominio De La Espriella, la empresa del licor, perdió 552 millones de pesos, y De La Espriella Style perdió 26 millones. Su ron siguió dando pérdidas y cerró operación en Estados Unidos. También cerró el restaurante Místico en Coral Gables, Miami. Mucho brillo, sí. Pero bajo el brillo aparecen deudas, sociedades disueltas, negocios con saldos rojos y preguntas que su campaña prefirió no responder.
Su carrera como abogado añade otra incomodidad. Defendió a Alex Saab, acusado en Estados Unidos de lavar dinero para Nicolás Maduro. También ha representado a personas vinculadas a escándalos de corrupción, desfalcos financieros y paramilitares de derechas. Él sostiene que esas relaciones profesionales no implican complicidad ni delito. Jurídicamente, puede alegarlo. Políticamente, el paisaje es bastante menos limpio que su puesta en escena.
Colombia entra ahora en un túnel donde la ultraderecha intentará convertir una victoria mínima en permiso para arrasar. Asumiría el poder el 7 de agosto, con minoría en el Congreso y un país movilizado, herido, polarizado. Frente a él estarán las organizaciones sociales, las comunidades indígenas y afrodescendientes, las campesinas y campesinos, las defensoras y defensores de derechos humanos, las y los sindicalistas, el movimiento ambientalista, la juventud popular y una izquierda que perdió por menos de 1 punto, no una sociedad que haya desaparecido.
No viene un tigre. Viene una alianza entre cárcel, petróleo, élites y Washington con ganas de revancha.
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