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Otra guerra comercial no va a salvar a Europa: puede rematarla mientras presume de soberanía con la cadena de suministro cogida por Pekín.
LA SOBERANÍA DE CARTÓN PIEDRA
La Unión Europea vuelve a jugar a ser potencia imperial justo cuando más se le ven las costuras. El debate sobre China, que se discutirá en la cumbre europea del 18 y 19 de junio en Bruselas, no es una pelea entre España y Francia. Esa es la lectura cómoda, la de tertulia con banderitas. La disputa real es otra: diplomacia económica o seguidismo suicida de la lógica de bloques. Negociar con una potencia de la que dependes o fingir que puedes golpear la mesa sin que se te caiga encima la fábrica entera.
Los datos son brutales. El déficit comercial de la UE con China llegó a 360.000 millones de euros en 2025. En el primer trimestre, el agujero se amplió hasta casi 95.000 millones, frente a los 88.400 millones del mismo periodo anterior. China exporta más, Europa compra más y luego algunas y algunos dirigentes europeos se suben a un atril a llamar “soberanía” a depender de componentes, minerales, baterías, tecnología y manufacturas que no controlan. Europa se cree imperio, pero compra las piezas en China.
La Comisión Europea ya admitió en mayo que la relación comercial y de inversión con China “no es sostenible”. Lo sabe Bruselas, lo sabe París, lo sabe Madrid, lo sabe Berlín y lo sabe cualquier trabajador o trabajadora de una industria europea que lleva años escuchando discursos sobre autonomía estratégica mientras ve cómo se deslocaliza, se abarata, se precariza y se externaliza todo. Pero saberlo no es lo mismo que tener una estrategia. Y ahí aparece la gran estafa política de siempre: convertir el fracaso del capitalismo europeo en una llamada al combate comercial.
Francia encabeza el bloque que pide medidas más duras contra China. Macron quiere algo parecido a la Sección 301 estadounidense, ese instrumento de la Ley de Comercio de 1974 que permite investigar e imponer sanciones comerciales a países acusados de prácticas injustas. Le acompañan Polonia, Países Bajos y Bélgica; Alemania y Suecia también quieren nuevos instrumentos comerciales. El guion es conocido. Primero Europa copia la retórica de Washington. Luego copia sus herramientas. Después descubre que no tiene su músculo, ni su moneda imperial en la misma escala, ni su capacidad energética, ni su control de materias primas. Y al final paga la factura la gente de abajo.
España plantea otra vía: negociar. No por amor a Pekín, no por ingenuidad diplomática, no porque China sea una ONG con bandera roja y fábrica global. La posición española es bastante más terrenal: abrir otra guerra comercial directa cuando la UE arrastra problemas con Estados Unidos, la guerra de Ucrania sigue abierta, la guerra de Irán amenaza con desestabilizar el estrecho de Ormuz y la economía europea no está precisamente para experimentos de testosterona geopolítica, puede ser una temeridad. Una más. Y Europa ya tiene demasiadas.
OTRA GUERRA COMERCIAL LA PAGARÁ LA CLASE TRABAJADORA
El problema de fondo no es que China defienda sus intereses. El problema es que Europa ha construido durante décadas un modelo económico que exigía mano de obra barata fuera, consumo barato dentro, beneficios privados arriba y dependencia estructural en todas partes. Ahora las élites europeas descubren que la globalización que vendieron como progreso también servía para que otros acumularan poder. Qué sorpresa. Qué hallazgo. Qué manera tan cara de llegar tarde.
China ya enseñó los dientes el 4 de abril de 2025, cuando impuso controles a la exportación de tierras raras como respuesta a la ofensiva arancelaria de Donald Trump y a las tensiones por las tasas europeas a los coches eléctricos chinos. Aquello no fue un gesto simbólico. La industria europea del automóvil y otros fabricantes electrónicos avisaron de que, si el freno al suministro de minerales críticos se prolongaba, podrían tener que parar fábricas. No cerrar una rueda de prensa. Parar fábricas. Que es donde empiezan los dramas reales.
El EU Institute for Security Studies lo llamó por su nombre en un informe sobre materiales críticos: la restricción de suministros puede interrumpir la producción europea y convertirse en una trampa de deslocalización, porque Pekín puede usar licencias de exportación como presión para que empresas europeas trasladen producción de alto valor añadido a China. Bruselas lo interpreta como “coerción política”. Vale. Pero conviene añadir la otra mitad: es coerción política dentro de un mercado mundial diseñado por los mismos que ahora se hacen los ofendidos.
El G7 ha firmado una declaración para que ningún país controle más del 60% de sus importaciones de tierras raras en 2030. El mensaje va dirigido a China, que concentra el 70% de la minería global y el 90% de la capacidad de procesamiento de estos materiales. Magnífico. Europa acaba de descubrir que no se puede tener transición energética, industria tecnológica, coches eléctricos, defensa militarizada y digitalización masiva dependiendo de un único proveedor. Lo descubre en 2026, después de predicar durante años que el mercado siempre ordenaba el mundo mejor que la política.
Mientras tanto, la UE ya ha impuesto aranceles a coches eléctricos chinos, ha vetado proyectos de energías renovables con fondos europeos que incluyan piezas de China y ha lanzado un Paquete de Soberanía Tecnológica Europea para limitar el acceso de empresas de Estados Unidos y China a datos de ciudadanía europea. Algunas medidas pueden ser necesarias. Otras huelen a parche. Pero ninguna resuelve lo esencial: no hay soberanía posible si la economía está organizada para enriquecer accionistas, no para proteger sociedades.
La pregunta no es si Europa debe tragarse sin rechistar la sobreproducción china, ni si debe aceptar un déficit comercial de 360.000 millones de euros como si fuera meteorología. La pregunta es quién pagará la respuesta. Porque cada vez que las élites hablan de “defender la industria”, conviene mirar la letra pequeña: ayudas públicas para empresas privadas, recortes sociales para cuadrar presupuestos, salarios contenidos “por competitividad”, más militarización, más bloques, más propaganda y menos democracia económica.
Negociar no es rendirse. Negociar puede ser, precisamente, lo único sensato cuando enfrente hay una potencia capaz de bloquear minerales críticos y poner a temblar cadenas de suministro enteras. Lo otro, la pose dura, la épica arancelaria, el cosplay imperial de Bruselas, puede quedar muy bien en una foto. Pero la clase trabajadora europea no come fotos, no paga el alquiler con discursos y no calienta la casa con ruedas de prensa.
Europa no necesita otra guerra comercial: necesita dejar de llamar soberanía al arte de obedecer a los mercados hasta el día exacto en que los mercados le parten la cara.
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