Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Las terapias de conversión no son un debate moral, son violencia contra personas LGTBI con cobertura familiar, religiosa o empresarial.
La derecha ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer cuando se habla de derechos LGTBI: disfrazar la violencia de libertad. La Comisión de Igualdad del Congreso aprobó el 17 de junio el dictamen de la ley para castigar penalmente las falsas terapias de conversión, esas prácticas que no curan nada porque no hay nada que curar. La norma sigue ahora hacia el pleno y plantea penas de prisión de seis meses a dos años para quien aplique métodos destinados a “modificar, reprimir, eliminar o negar” la orientación sexual o la identidad de una persona. También incorpora multas de 8 a 24 meses.
Y aquí llega la escena conocida. PP y Vox votaron en contra.
No votaron contra una ocurrencia. No votaron contra una extravagancia legislativa. Votaron contra una norma que pretende llevar al artículo 173 del Código Penal, el de las torturas y delitos contra la integridad moral, prácticas que ya están consideradas una infracción administrativa muy grave por la Ley Trans de 2023, con sanciones de hasta 150.000 euros. Es decir, el Estado ya reconoce que esto no es “acompañamiento”, ni “ayuda”, ni “libertad educativa”. Lo que se discute ahora es si basta con una multa o si quien se lucra, organiza o ejecuta estas prácticas debe responder penalmente.
NO ES LIBERTAD, ES VIOLENCIA ORGANIZADA
Hay que decirlo sin rodeos. Las terapias de conversión son tortura con factura. Tortura psicológica, muchas veces también física, envuelta en lenguaje de consulta, retiro espiritual, grupo de apoyo, coaching emocional o acompañamiento familiar. El truco siempre es el mismo: primero se declara que una persona está rota, desviada o enferma; después se le ofrece una salida que en realidad es una condena. Te prometen ayuda mientras te arrancan el derecho a existir sin pedir perdón.
Ese es el corazón del asunto. No estamos ante un debate moral. No se está discutiendo si una familia puede educar a sus hijos e hijas, ni si una iglesia puede tener sus creencias, ni si alguien puede buscar apoyo emocional. Se discute si el Estado va a permitir que familias, iglesias, negocios o supuestos profesionales intenten “corregir” identidades y orientaciones sexuales. Se discute si una persona LGTBI puede ser tratada como un error a reparar.
La ley incorpora una enmienda importante: el consentimiento de la víctima será independiente para que estas prácticas puedan ser perseguidas penalmente. Y esto molesta mucho a la derecha. Claro que molesta. Porque su coartada favorita siempre ha sido esa: “si consiente, no hay problema”. Como si una persona adolescente enviada por su familia a un retiro para “dejar de ser quien es” estuviera negociando en igualdad de condiciones. Como si la culpa, la amenaza, la dependencia económica, el chantaje religioso o el miedo a quedarse en la calle fueran libertad.
No todo consentimiento es libre cuando se fabrica dentro del miedo.
El diputado socialista Víctor Gutiérrez lo resumió con claridad: estas prácticas se han adaptado y se disfrazan de consultas, grupos de acompañamiento o retiros espirituales. No es una anécdota. Es una industria moral del daño. Un mercado de la vergüenza. Un negocio que cobra por hacer creer a una persona que su deseo, su identidad o su cuerpo son una avería.
LA DERECHA Y SU VIEJA COARTADA: PROTEGER AL AGRESOR
El PP ha elegido esconderse detrás de la “seguridad jurídica”. Dice que comparte el principio básico de que nadie debe ser sometido a prácticas coercitivas que atenten contra su integridad física o moral, pero vota en contra del dictamen. Traducción: condenamos la violencia siempre que no tengamos que cerrar la puerta legal por la que entra la violencia. Es una especialidad de la casa.
Los populares, que en su momento votaron a favor de la toma en consideración de la ley, quieren mantener vivas sus enmiendas en el pleno. Entre otras cosas, pretenden sustituir “identidad de género” por “identidad sexual” y añadir la coerción como elemento clave. Parece técnico. No lo es. La técnica también puede ser ideología con corbata. Si se exige probar coerción de una manera estrecha, se deja fuera buena parte de las dinámicas reales: presión familiar, dependencia económica, autoridad religiosa, manipulación emocional, miedo, aislamiento. Todo eso no siempre deja marcas visibles. Pero rompe.
Vox, como era previsible, fue más directo. Dice estar contra las terapias de conversión solo cuando son “forzadas e impuestas”, acusa al Gobierno de “imponer su ideología a golpe de Código Penal” y defiende “la libertad y el derecho de los padres para velar por sus hijos”. Ahí está la frase. La de siempre. La patria potestad convertida en permiso para aplastar. La familia usada como frontera contra los derechos. La libertad reducida a que el fuerte pueda moldear al vulnerable.
Y conviene no tragarse el marco. No hay libertad en someter a una persona LGTBI a un proceso destinado a negar quién es. No hay libertad en meterle miedo. No hay libertad en enseñarle que su vida será aceptable solo si se mutila por dentro. No hay libertad en convertir la diversidad en pecado, patología o problema familiar.
Los socios del Gobierno han señalado otra cuestión clave: la reforma es necesaria, pero incompleta. ERC, Sumar, Compromís y EH Bildu han reclamado medidas más amplias, como ayudas económicas y alternativa habitacional para las víctimas. Tienen razón. Porque meter una conducta en el Código Penal puede frenar al agresor, pero no paga el alquiler de quien decide denunciar y se queda sin familia, sin casa y sin red. La violencia contra las personas LGTBI no acaba cuando se redacta un delito. A veces empieza otra batalla: sobrevivir después.
Bel Pozueta, de EH Bildu, recordó que Naciones Unidas ha calificado estas prácticas como tortura. Y ese dato debería bastar para pinchar el globo hipócrita de PP y Vox. Porque si hablamos de tortura, no hablamos de sensibilidad religiosa, ni de pluralismo educativo, ni de libertad de conciencia. Hablamos de derechos humanos. De integridad moral. De vidas concretas.
El pleno podrá modificar la norma. El debate seguirá. PP y Vox intentarán vestir su negativa con tecnicismos, alarmas sobre la libertad y la palabra “ideología” repetida como un rosario. Pero el fondo está desnudo. Frente a una práctica que busca quebrar a personas LGTBI para hacerlas encajar en una moral ajena, han elegido mirar hacia el lado de quienes corrigen, no hacia el lado de quienes sobreviven.
Cuando llaman libertad al derecho a destruirte, lo que están defendiendo no es libertad: es impunidad.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Mohamadou Diawara murió de un disparo en una comisaría y ahora la Audiencia exige investigar lo que el juzgado quiso cerrar
Mohamadou Diawara tenía 22 años, un trastorno mental diagnosticado y una vida que terminó el 24 de julio de 2025 dentro de unas dependencias policiales de Montornès del Vallès, en Barcelona. Murió por un disparo efectuado por un agente de la Policía Local después de entrar en comisaría con un cuchillo. Esa es la versión básica. La que cabe en un titular. La que suele servir para cerrar rápido el cajón cuando la víctima es joven, racializada, pobre o vulnerable.
Pero una muerte en comisaría no se archiva como quien firma una multa. No debería. Porque cuando una persona muere por el uso de fuerza letal a manos de agentes del Estado, lo mínimo exigible no es confianza ciega. Es investigación. Es prueba. Es reconstrucción. Es verdad material. El Estado no puede disparar, perder la grabación clave porque una cámara estaba estropeada y luego pedir fe.
Europa se cree imperio, pero compra las piezas en China
La Unión Europea vuelve a jugar a ser potencia imperial justo cuando más se le ven las costuras. El debate sobre China, que se discutirá en la cumbre europea del 18 y 19 de junio en Bruselas, no es una pelea entre España y Francia. Esa es la lectura cómoda, la de tertulia con banderitas. La disputa real es otra: diplomacia económica o seguidismo suicida de la lógica de bloques. Negociar con una potencia de la que dependes o fingir que puedes golpear la mesa sin que se te caiga encima la fábrica entera.
Los datos son brutales. El déficit comercial de la UE con China llegó a 360.000 millones de euros en 2025. En el primer trimestre, el agujero se amplió hasta casi 95.000 millones, frente a los 88.400 millones del mismo periodo anterior. China exporta más, Europa compra más y luego algunas y algunos dirigentes europeos se suben a un atril a llamar “soberanía” a depender de componentes, minerales, baterías, tecnología y manufacturas que no controlan. Europa se cree imperio, pero compra las piezas en China.
La gran derrota de Trump y la propaganda: explicamos uno por uno los 14 puntos del acuerdo de paz
El Gobierno de Donald Trump ha decidido enseñar su versión del acuerdo con Irán antes de que Teherán diga oficialmente esta boca es mía. Lo hizo el 17 de junio, a través de un alto cargo de la Administración estadounidense, que recitó en rueda de prensa los 14 puntos del Memorando de Entendimiento con el que Washington pretende presentar el final de la guerra como una victoria de la diplomacia. Qué casualidad. Primero se bloquea, se amenaza, se asfixia, se coloca al mundo al borde de una crisis energética y luego se comparece con tono solemne para decir que se ha evitado el desastre.
El acuerdo debe ratificarse presencialmente este viernes en Suiza, es decir, el 19 de junio, y hasta ahora Irán no se ha pronunciado oficialmente sobre la publicación estadounidense. Ese silencio importa. Importa porque no estamos ante un tratado cerrado, limpio y firmado con luz natural, sino ante un texto provisional, difundido desde la Casa Blanca, con versiones previas filtradas por Bloomberg y CNN que, según el propio relato periodístico, coinciden en lo esencial pero difieren en detalles. La paz, cuando la narra solo una de las partes, también puede ser propaganda.
Vídeo | Estrenamos reportaje contra la guerra cultural de la ultraderecha
Spanish Revolution estrena la primera parte del reportaje “¿Puede la ULTRADERECHA ganar la BATALLA CULTURAL?”, presentado por Patricia Salvador. Y la pregunta no es menor. Tampoco es una provocación para redes. Es una advertencia política en mitad de una época en la que la extrema derecha ya no necesita presentarse siempre con el uniforme completo. A veces le basta con hablar de “libertad”, “familia”, “patria”, “seguridad” o “sentido común” mientras va vaciando esas palabras de contenido democrático.
Vídeo | Más de 30.000 personas ya han visto el #ReportajeSR sobre cómo Israel está cambiando las reglas del mundo
El nuevo trabajo de Reportajes SR, con Olga Rodríguez, analiza por qué lo que ocurre en Gaza no es solo una tragedia palestina, sino una advertencia global sobre la impunidad, el derecho internacional y la ley del más fuerte. Más de 30.000 personas han visto…
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir