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El pacto entre Estados Unidos e Irán nace bajo fuego israelí, con civiles libaneses intentando volver a sus casas y un Netanyahu decidido a convertir cualquier alto el fuego en papel mojado.
UN ALTO EL FUEGO BAJO LOS PROYECTILES ISRAELÍES
El acuerdo anunciado entre Estados Unidos e Irán tenía que abrir una rendija. No una paz justa, no una solución profunda, no el fin de la maquinaria de guerra que lleva décadas triturando Oriente Medio, pero al menos una pausa. Un freno. Algo parecido a respirar. Sin embargo, Benjamin Netanyahu ha decidido recordar al mundo quién manda cuando el militarismo se siente impune: Israel ha seguido atacando Líbano incluso después del anuncio del pacto.
Este lunes 15 de junio, el Ejército israelí volvió a bombardear el sur libanés mientras cientos de civiles intentaban regresar a sus hogares tras los ataques del fin de semana. No hablamos de una abstracción diplomática. Hablamos de personas volviendo a pueblos golpeados por la guerra, de familias buscando paredes, coches, puertas, restos de una vida. Y en medio de ese retorno, un dron israelí atacó un vehículo y mató al menos a una persona, según la Agencia Nacional de Noticias libanesa.
Ese es el verdadero rostro de la paz tutelada por potencias que negocian con una mano y permiten bombardear con la otra. El alto el fuego se firma arriba mientras abajo siguen cayendo proyectiles. Luego vendrán los comunicados, las ruedas de prensa, las frases de equilibrio. Pero el dato es brutal: la misión de Naciones Unidas en Líbano registró más de 130 lanzamientos de proyectiles desde Israel hacia el sur del país desde que se anunció el acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán. Del lado de Hizbulá, según explicó este lunes Stéphane Dujarric, portavoz del secretario general de la ONU, no se notificaron proyectiles durante el intervalo observado.
La Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano, la UNIFIL, detectó entre las 21:00 del domingo y las 13:00 del lunes un descenso de la violencia, sí. Pero ese descenso incluyó todavía 133 proyectiles y dos ataques aéreos atribuidos a las Fuerzas de Defensa de Israel. Conviene repetirlo porque la propaganda suele convertir la realidad en niebla: 133 proyectiles y dos ataques aéreos israelíes, frente a cero proyectiles notificados de Hizbulá o de actores no estatales durante ese periodo.
Después, por la tarde, la milicia chií anunció el lanzamiento de misiles contra territorio israelí como respuesta a los ataques perpetrados desde la firma del acuerdo. Y ahí vuelve a funcionar el viejo truco. Primero se bombardea. Luego se espera la respuesta. Después se vende la respuesta como origen de todo. El manual es antiguo, pero sigue sirviendo porque demasiados gobiernos occidentales fingen no leerlo.
Netanyahu no tiene incentivos reales para parar. Prometió a la población israelí acabar con el régimen de Teherán, pero los ayatolás siguen en el poder. No logró imponer esa fotografía de victoria total que tanto necesita para sostenerse políticamente. Así que desplaza el golpe hacia Hizbulá, el aliado iraní en Líbano. Cuando no puede vender una victoria estratégica, fabrica una guerra periférica. Y si esa guerra arrasa vidas libanesas, se archiva como daño colateral. Siempre la misma contabilidad moral del poder.
WASHINGTON CAMBIA EL RELATO PARA TAPAR A SU ALIADO
La parte más obscena no es solo el desacato de Netanyahu. Es el giro verbal de Estados Unidos para salvarlo. Según Irán y Pakistán, el acuerdo incluía el cese de hostilidades también en territorio libanés. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, mediador de las conversaciones, lo dijo con claridad al anunciar la paz: ambas partes declaraban la terminación inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido Líbano.
Ahora Washington dice otra cosa. Un alto cargo de la Administración Trump, bajo anonimato, ha sostenido ante medios estadounidenses que “la retirada no es una condición del acuerdo” y que el pacto “es un alto el fuego”, pero “no un alto el fuego unilateral”. Traducción política: si Israel no cumple, se redefine el acuerdo para que parezca que sí cumple. Si Líbano estaba dentro, se le saca. Si la retirada incomoda, se dice que no era condición. Si Netanyahu bombardea, se llama defensa. Si Hizbulá responde, se llama amenaza.
La frase del alto cargo estadounidense es una obra maestra del cinismo diplomático. Afirma que si Irán no puede controlar a Hizbulá y Hizbulá ataca a Israel, Israel tendrá derecho a responder. Pero el problema inmediato, según los datos de la ONU, es que Israel ya estaba atacando. Con cifras. Con horas. Con proyectiles. Con muertos. La pregunta no es si Israel tiene derecho a defenderse. La pregunta es por qué su violencia preventiva siempre recibe cobertura jurídica, mediática y política antes incluso de ser examinada.
Trump, mientras tanto, aparece atrapado entre la pose imperial y la incapacidad de disciplinar a su propio aliado. Según la información publicada, el republicano ha pasado de las buenas palabras a los reproches personales contra Netanyahu, al que habría llamado “hombre sin juicio” y “jodidamente loco”. Incluso ha sugerido que, de no ser por él, estaría en la cárcel. Es una escena grotesca: dos dirigentes de derechas, aliados hasta la médula, reprochándose los escombros que su propia política ha ayudado a producir.
Desde Francia, durante la cumbre del G7, Trump dijo que quiere ver si puede “arreglar el tema de Líbano” porque parece que “nunca va a terminar”. También abrió la puerta a hablar con Hizbulá. Como si el incendio hubiera aparecido por generación espontánea. Como si Estados Unidos no llevara décadas regando la región con armas, vetos, impunidad y doctrina de fuerza. La guerra “nunca termina” cuando se convierte en negocio, frontera ideológica y herramienta de supervivencia para dirigentes acorralados.
Netanyahu, lejos de acatar nada, ha afirmado este mismo 15 de junio que el Ejército israelí permanecerá en las llamadas “zonas de seguridad” dentro de territorio libanés “el tiempo necesario”. Esa expresión debería helar la sangre. “Zonas de seguridad” suele significar ocupación con nombre administrativo. “Tiempo necesario” suele significar hasta que convenga políticamente. El lenguaje militar siempre intenta limpiar lo que la realidad ensucia: tropas extranjeras dentro de otro país, civiles bajo amenaza y un acuerdo convertido en decoración diplomática.
Aquí no hay ingenuidad posible. Si el acuerdo depende de que Netanyahu acepte límites, el acuerdo nace herido. Si Estados Unidos permite que Israel siga atacando Líbano mientras cambia la interpretación del pacto, la paz queda subordinada al privilegio del aliado. Y si la comunidad internacional vuelve a tratar la soberanía libanesa como una variable secundaria, habrá aprendido poco y olvidado demasiado.
Porque esto no va solo de una discrepancia entre Trump y Netanyahu. Va de un orden mundial donde algunos Estados pueden bombardear, ocupar, reinterpretar acuerdos y seguir sentados en la mesa como si fueran garantes de estabilidad. Va de una diplomacia que pide calma a las víctimas y comprensión para los agresores. Va de una prensa que convierte 133 proyectiles y dos ataques aéreos en “tensión” y no en lo que son: una amenaza directa contra cualquier posibilidad de paz.
El viernes se supone que ambas partes rubricarán la paz. Pero este lunes 15 de junio, en el sur de Líbano, la paz ya estaba siendo puesta a prueba bajo fuego israelí. Y Netanyahu ha respondido como responde siempre el poder cuando sabe que no pagará precio: bombardeando primero y explicando después.
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