Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La guerra se vendió como una cruzada nuclear, pero terminó arrodillada ante lo de siempre: petróleo, gas y mercados.
LA BOMBA ERA EL PRETEXTO, ORMUZ ERA EL MIEDO
En octubre de 1973, durante la primera gran crisis del petróleo, las gasolineras de Estados Unidos tuvieron que colgar carteles de “Sorry, last car in this line” para cortar colas interminables y racionar combustible. Medio siglo después, la escena sigue explicando el mundo mejor que muchos discursos oficiales. Cuando la energía se atasca, las grandes potencias dejan de hablar de principios y empiezan a contar barriles.
Donald Trump ha vendido durante más de 100 días la guerra contra Irán como una operación inevitable para impedir que Teherán cruzara la línea nuclear. Rendición incondicional. Desmantelamiento del programa atómico. Máxima presión militar. El repertorio habitual. Mucha épica de despacho, mucho gesto imperial, mucha testosterona televisada. Pero el acuerdo cerrado ahora con los iraníes deja al descubierto una verdad bastante menos heroica: la prioridad real nunca fue la bomba, sino el estrecho de Ormuz.
Si la bomba hubiera sido el centro de todo, Washington no habría aceptado un pacto que deja vivo al régimen iraní, aplaza las negociaciones nucleares y manda el asunto del uranio enriquecido al cajón de “ya veremos”. Eso no es una victoria estratégica. Es una retirada maquillada. Una manera elegante de reconocer que la Casa Blanca podía seguir bombardeando, sí, pero no podía permitirse que el cuello energético del planeta siguiera cerrado.
Porque Ormuz no es una metáfora. Es una arteria. Por ahí pasa cerca de una quinta parte del petróleo y gas mundial. Cuando Irán lo cerró de facto, la guerra dejó de ser solo una cuestión regional y se convirtió en una amenaza directa para la economía global. El petróleo subió. El gas subió. Los mercados empezaron a sudar. Y el discurso nuclear, tan solemne en las ruedas de prensa, empezó a sonar a excusa cara.
Ahí está la obscenidad del asunto. Durante años, Occidente discutió sobre la hipotética bomba iraní como si el poder de disuasión solo pudiera esconderse bajo tierra, en instalaciones como Fordow o Natanz. Pero Teherán tenía otra herramienta. Más simple. Más inmediata. Más capitalista, si se quiere. No necesitó una bomba atómica para poner nervioso al imperio; le bastó con ponerle un tapón al planeta.
Irán demostró que podía cortar una vía vital del sistema energético mundial y mantenerla bloqueada el tiempo suficiente para alterar la lógica estratégica estadounidense. Esa fue su verdadera capacidad de presión. No el hongo nuclear imaginado en los platós. No la amenaza abstracta repetida por generales y tertulianos. El arma era Ormuz. El mensaje era claro: si nos ahogáis, también os falta el aire a vosotros.
LA PAZ LLEGÓ CUANDO EL MERCADO EMPEZÓ A TEMBLAR
Mientras los misiles seguían cayendo y la propaganda hacía su trabajo, la economía real iba enseñando las grietas. Estados Unidos empezó a tirar de su Strategic Petroleum Reserve hasta niveles no vistos desde 1983. Japón y Corea del Sur vieron caer sus inventarios. Europa empezó a notar tensión en las cadenas de suministro de combustibles refinados. No había todavía un colapso total, pero sí señales demasiado claras para quien sabe leerlas. El sistema seguía funcionando porque aún quedaban amortiguadores. Pero los amortiguadores se gastan.
Y eso es lo que el poder no cuenta. Las guerras pueden prolongarse con discursos, banderas y cadáveres ajenos. La energía barata, no. La guerra podía seguir, pero el mercado no quería pagarla. Ahí apareció la paz. No como acto moral. No como lucidez diplomática. No como respeto a la vida de las poblaciones castigadas. La paz apareció cuando el precio del crudo empezó a convertirse en una amenaza para quienes mandan de verdad.
El acuerdo es revelador: 60 días de alto el fuego, reapertura gradual de Ormuz, retirada del bloqueo naval estadounidense y permiso temporal para que Irán vuelva a vender petróleo. Ese es el orden de prioridades. Primero el flujo energético. Luego, si acaso, el uranio. Después vendrán las conversaciones con la International Atomic Energy Agency, las promesas de supervisión y las posibles fases de alivio de sanciones. Todo muy serio. Todo muy técnico. Todo después de lo importante: que el petróleo vuelva a circular.
La secuencia desmiente la propaganda. Washington lanzó su campaña de bombardeos hablando de seguridad mundial y termina aceptando un pacto que resuelve antes el comercio energético que el programa nuclear. Es decir, el relato era la bomba. El problema era el barril. La moral occidental dura exactamente hasta que sube el precio de la gasolina.
Ni siquiera el despliegue militar cambia esa lectura. Estados Unidos tenía un barco con 2.000 marines listo para invadir Irán y ahora lo ha enviado al lugar donde más preocupa China. Otra mudanza del imperio. Otra prueba de que las guerras no terminan por justicia, sino por cálculo. Se mueven los soldados como fichas. Se recoloca el miedo. Se cambia de tablero. Las víctimas, como siempre, quedan fuera del Excel.
El pacto no cierra la herida. Benjamin Netanyahu sigue golpeando a Hezbollah día sí y día también. El frente libanés puede volver a prender en cualquier momento. Irán mantiene su régimen, su influencia regional y buena parte de su capacidad de negociación. Estados Unidos e Israel tampoco han desaparecido del tablero. Lo que ha ocurrido es más crudo: tras más de 100 días de bombardeos, todos vuelven casi al punto de partida, solo que con más muertos, más ruina y más cinismo acumulado.
La conclusión política es brutal. Cuando la estabilidad del sistema energético mundial empezó a tambalearse, Washington rebajó sus máximos a mínimos. Donde había exigencia de rendición incondicional, apareció un alto el fuego. Donde había promesa de desmantelamiento nuclear, apareció reapertura de rutas marítimas. Donde había épica militar, apareció contabilidad energética.
Esto no absuelve a nadie. No convierte al régimen iraní en víctima pura ni a sus dirigentes en héroes antiimperialistas de postal. Pero sí retrata al capitalismo global con una precisión quirúrgica. Las vidas importan menos que los flujos. Las ciudades bombardeadas importan menos que las reservas. Los derechos humanos pesan menos que una ruta marítima por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo y gas mundial.
Al final, la “bomba” era el argumento político. El petróleo era el asunto real. Y cuando el crudo empezó a faltar, la paz dejó de ser una opción incómoda para convertirse en una orden del mercado.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir