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Un papa puede hablar de migrantes, pobreza y paz. Eso no convierte al Estado en sacristía ni borra los privilegios de una institución que sigue intacta.
SIETE MINUTOS DE APLAUSOS Y UN ESTADO DE RODILLAS
El paso de León XIV por España ha dejado una imagen difícil de digerir: siete minutos de aplausos en el Congreso de los Diputados tras el sermón del pontífice. Siete minutos. No en una basílica, no en una plaza vaticana, no en un acto privado de creyentes. En la sede de la soberanía popular. Allí donde deberían hablar las leyes comunes, no los dogmas. Solo Podemos y BNG rechazaron la presencia de un líder religioso en ese espacio. El resto, de derecha y de izquierda, se puso a batir palmas como si la aconfesionalidad del Estado fuera un adorno constitucional para domingos sin misa.
La escena no vino sola. El miércoles 10 de junio, hasta 14 ministros del Gobierno, con Pedro Sánchez y Yolanda Díaz al frente, participaron en un acto religioso en la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí y la bendición de la Torre de Jesucristo. Después, Sánchez acompañó al papa en Canarias, en el muelle de la vergüenza de Arguineguín, donde se hacinaron miles de personas migrantes en condiciones infames. Todo muy emotivo. Todo muy simbólico. Todo muy útil para fabricar una postal amable mientras el aparato institucional se entregaba al espectáculo.
Y el 12 de junio, León XIV subió al avión del rey de España, cedido por Felipe VI, para regresar a Roma desde Tenerife. La metáfora venía ya servida. Monarquía, Vaticano, Gobierno y medios públicos formando una misma coreografía. La España aconfesional convertida durante unos días en una monarquía católica con iluminación televisiva.
Conviene no hacer trampas. León XIV ha dicho cosas necesarias sobre migraciones, desigualdad, pobreza y paz. Ha incomodado a una derecha que invoca el cristianismo para perseguir pobres, señalar personas migrantes y bendecir fronteras. Gabriel Rufián lo resumió con ironía: estamos tan mal que hay que celebrar que al papa le preocupe más el fascismo que a Felipe González. Y algo de verdad hay ahí. El problema es qué hacemos con esa verdad. Porque una cosa es usar una frase del papa para desnudar la hipocresía de los cristianos de pulsera y otra muy distinta es convertir al jefe del Vaticano en referencia moral de la izquierda.
La politóloga Anna López lo ha explicado con precisión: León XIV seduce a parte de la izquierda sin mover un centímetro la doctrina de la Iglesia porque ha cambiado las prioridades del debate. Habla más de migraciones, pobreza y desigualdad que de las guerras culturales. Eso descoloca a la derecha identitaria. Sí. Pero la doctrina sigue donde estaba. La Iglesia no ha cambiado en aborto, eutanasia, género, derechos LGTBIQ+ ni igualdad real dentro de su propia estructura. No hay sacerdocio femenino. No hay ruptura con el poder patriarcal. No hay democracia interna digna de ese nombre. Hay una institución milenaria haciendo política con un lenguaje más inteligente que el de sus adversarios.
Y funciona. Funciona porque la extrema derecha ha degradado tanto el lenguaje público que decir “empatía” parece revolucionario. Funciona porque Javier Milei puede atacar la justicia social con gesto de mesías liberticida y Ayuso puede disparar contra la igualdad sin despeinarse. Funciona porque una parte del conservadurismo ha dejado tan al descubierto su brutalidad que el viejo humanismo cristiano parece una barricada. Pero no lo es. Puede servir para frenar la deshumanización. No para sustituir un proyecto emancipador.
LA IGLESIA NO HA VUELTO: NUNCA SE FUE DEL TODO
Europa Laica ha puesto el dedo donde más duele. Según José Antonio Naz, quizá el papa no haya logrado el objetivo de ampliar la comunidad católica, pero sí algo más relevante: recuperar el Estado católico. Lo llamó “el gran golazo”. Y es difícil discutirlo viendo el despliegue institucional, la pleitesía política y la televisión pública funcionando como aparato de propaganda vaticana con dinero de toda la ciudadanía. Sin apenas espacio para quienes no son papistas. Sin apenas pudor.
Hungria Panadero, directora de la Fundació Ferrer i Guàrdia, lo ha planteado desde la laicidad: la visita ha exhibido la persistente ambigüedad entre religión e instituciones públicas. El catolicismo sigue marcando calendario, escuela concertada, patrimonio, ceremonial y relato cultural. Y todo eso ocurre en un país donde la pluralidad religiosa y no religiosa exige otra cosa: neutralidad. No hostilidad a la fe. Neutralidad democrática. Algo tan básico que parece subversivo. Panadero apunta una tarea concreta: desarrollar el artículo 16 de la Constitución y derogar los Acuerdos con el Vaticano. Ahí está la pelea. No en aplaudir mejor o peor al papa.
También hay que mirar el terreno social. Mar Griera, catedrática de Sociología de la Religión en la Universitat Autònoma de Barcelona, lo ha trabajado en Después del monopolio católico: religión, espiritualidad y ateísmo en la España contemporánea. Sus datos ayudan a entender el momento: un 26% de quienes dicen pertenecer a una religión no se consideran personas espirituales ni interesadas en lo sagrado. La religión opera como marca cultural, como memoria, como identidad. Al mismo tiempo, un 40% de las y los agnósticos cree en algún tipo de realidad espiritual o fuerza vital, un 16% en el poder de la naturaleza y la madre tierra, un 40% de la población cree mucho o bastante en las energías, un 21% en la astrología y un 15% en la videncia. No es que España vuelva en masa a misa. Es que lo espiritual se ha fragmentado, se ha privatizado, se ha vuelto mercancía, consuelo y búsqueda de sentido en medio del desastre.
Ahí entra el Vaticano. En una época de soledad, precariedad, pantallas, guerras y crisis climática, aparece una institución vieja diciendo palabras grandes: dignidad, paz, comunidad, pobres, migrantes. Palabras que la política profesional ha vaciado a fuerza de marketing. León XIV hereda el capital político de Francisco, sostiene una línea social con documentos como Dilexi te y busca ocupar el hueco que deja una izquierda muchas veces sin lenguaje propio, sin fábricas intelectuales vivas, sin músculo cultural fuera de la universidad y las redes. Diego Alejandro Mauro lo resume con dureza: las fábricas intelectuales de esas izquierdas están en crisis, aunque en Marx haya herramientas para pensar la inteligencia artificial y la economía de hoy.
Esa es la derrota más incómoda. Que una parte de la izquierda necesite al papa para decir lo que debería decir sola. Que tenga que refugiarse en la autoridad moral del Vaticano para defender a las personas migrantes, criticar el capitalismo salvaje o hablar de paz. León XIV ha realizado más de 400 llamamientos a la paz en un año de pontificado, según Juan Cejudo, miembro de colectivos cristianos de base. Bien. Que se escuchen. Pero la izquierda no puede subcontratar su brújula ética a una institución que acumula poder, privilegios, bienes y silencios.
Porque la Iglesia española sigue teniendo cuentas pendientes. Cejudo recuerda los más de 100.000 bienes inmatriculados, el escándalo de los abusos sexuales de clérigos y los abusos de poder, la marginación de curas casados, colectivos LGTBIQ+, mujeres presbíteras, teólogas y teólogos críticos, y comunidades de base. La postal del papa abrazando personas migrantes no borra esa montaña. La palabra “paz” no borra la jerarquía. La sonrisa pastoral no deroga el Concordato.
La derecha queda retratada cuando se enfada porque el papa pide humanidad. Pero la izquierda queda retratada cuando olvida que la laicidad no es una manía anticlerical, sino una condición democrática. Un Estado que se arrodilla ante una sotana no está siendo plural: está enseñando quién manda cuando se apagan los focos.
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