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El relevo de Àngels Barceló no es solo un cambio de micrófono: es otro episodio de poder empresarial, presiones internas y palabras bonitas sobre independencia mientras la plantilla mira de reojo a Prisa.
EL RELEVO QUE LLEGA ENTRE PALABRAS GRANDES Y RUIDO INTERNO
La Cadena SER ya tiene sustituto para Àngels Barceló en Hoy por hoy. Será Aimar Bretos, hasta ahora al frente de Hora 25, quien asuma el principal programa de las mañanas radiofónicas a partir del 31 de agosto, en horario de 6:00 a 12:20. El anuncio llegó el 28 de mayo, con la maquinaria de comunicación de la cadena funcionando a pleno rendimiento para presentar el movimiento como una transición ordenada, casi solemne, casi familiar. Todo muy limpio. Todo muy institucional. Demasiado limpio para lo que se venía respirando dentro.
Bretos vuelve a un espacio que ya conocía, porque fue número dos de Pepa Bueno antes de saltar a las noches. También llega después de haber dado el paso a la televisión con La noche de Aimar, en laSexta, los miércoles. Currículum no le falta. Voz tampoco. Oficio, menos aún. Pero el problema aquí no es Bretos. El problema es el relato de normalidad con el que se quiere tapar una salida que ha provocado un terremoto interno.
El periodista vasco habló de Iñaki Gabilondo, de los 40 años de Hoy por Hoy, de Carles Francino, Pepa Bueno y Àngels Barceló. Prometió periodismo, honestidad, independencia y ganas. El catálogo completo de palabras nobles que todo gran grupo mediático recita cuando necesita que nadie mire demasiado al fondo. Independencia. Esa palabra. Tan bonita en antena. Tan incómoda en los despachos.
Porque la salida de Barceló no ocurre en el vacío. La periodista abandona la SER tras 21 años en la emisora y 7 años al frente del programa matinal. No hablamos de una colaboradora de paso ni de una voz decorativa. Hablamos de una profesional que dirigía el buque insignia de la cadena. Y cuando alguien así sale entre versiones cruzadas, malestar público de compañeras y compañeros, comunicados sindicales y comentarios internos, venderlo como un simple relevo profesional resulta, como mínimo, una falta de respeto a la inteligencia de la audiencia.
No hace falta ser de la SER ni de Prisa para notar que algo huele mal. Muy mal. Carles Francino lo dijo con una frase medida pero devastadora: no era el mejor día en la historia de la cadena. Mara Torres fue más directa al señalar que la SER no debía permitirse perder a alguien como Barceló. Cuando las y los profesionales de una casa hablan así, no están comentando una agenda de recursos humanos. Están dejando constancia de una herida.
LA PLURALIDAD COMO COARTADA Y LA INDEPENDENCIA COMO DECORADO
Según publicó elDiario.es, fuentes de la redacción apuntaron a que la dirección de Prisa exigía a Barceló “más pluralidad” en la tertulia del programa. Sin aclarar, claro, si esa supuesta pluralidad significaba más voces conservadoras. Ahí está el truco. La palabra “pluralidad” se usa muchas veces como una llave inglesa: sirve para ajustar, presionar, desplazar y disciplinar. Suena democrática, pero puede funcionar como orden de mando. A veces no se pide pluralidad: se exige obediencia editorial con perfume liberal.
El asunto se enmarca, según esa misma información, en un enfrentamiento entre diferentes profesionales de la SER y el director de contenidos, Fran Llorente, agravado por la autonomía de Barceló al frente del programa estrella. Y esa es la clave. La autonomía. Porque los grandes medios hablan mucho de libertad de prensa, pero suelen tolerarla mejor cuando no incomoda a quienes pagan, mandan o reparten sillones. La independencia queda preciosa en una promo. En una estructura empresarial, pesa.
Las trabajadoras y trabajadores de la cadena, a través de CCOO, emitieron un comunicado negando que les constara un giro ideológico o injerencias, y defendieron la profesionalidad de la plantilla. Tiene sentido. La plantilla protege su trabajo, su credibilidad y su dignidad frente al ruido externo. Pero una cosa es defender a las y los periodistas de acusaciones interesadas y otra cerrar los ojos ante el poder real de las empresas mediáticas. Una redacción puede ser profesional y, al mismo tiempo, estar sometida a tensiones de propiedad, dirección y negocio. Las dos cosas pueden ser verdad.
Bretos, en su despedida de Hora 25, recordó que entró en la SER hace 18 años, habló de orgullo, nervios, aprendizaje y pertenencia. Todo eso puede ser sincero. Seguramente lo es. Pero la sinceridad individual no borra el marco colectivo. El relevo en Hoy por hoy llega después de una salida que ha removido a la cadena y ha dejado una pregunta incómoda sobre la mesa: quién decide realmente el tono de una radio cuando el periodismo choca con los intereses del grupo.
Porque aquí no se discute si Aimar Bretos sabe hacer radio. La sabe hacer. No se discute si tiene derecho a asumir el mayor reto de su carrera. Lo tiene. Lo que se discute es otra cosa. Mucho más vieja. Mucho más fea. Se discute la capacidad de los grandes grupos para envolver decisiones de poder en palabras nobles. Se discute el uso de la “pluralidad” como presión. Se discute esa costumbre tan española de pedir equilibrio solo cuando el poder siente que el micrófono no le acaricia lo suficiente.
El 31 de agosto, Bretos arrancará una nueva etapa en Hoy por hoy. La SER intentará que la audiencia desayune normalidad. Prisa intentará que el relato cierre. La plantilla seguirá haciendo radio con el oficio que siempre ha sostenido a los medios incluso cuando sus cúpulas los zarandean. Y Àngels Barceló será ya una ausencia demasiado grande como para esconderla debajo de una promo.
A lo que llaman relevo natural quizá haya que llamarlo por su nombre: una operación de poder con música de sintonía y olor a despacho.
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Porque cuando una periodista sale así, cuando compañeras y compañeros lamentan públicamente las formas, cuando la plantilla tiene que defender su profesionalidad, la palabra independencia empieza a sonar menos a principio y más a decorado.
A lo que llaman relevo quizá haya que llamarlo por su nombre: una operación de despacho con música de sintonía.
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