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Mientras la derecha grita que existe una “dictadura woke”, humoristas, sindicalistas y voces incómodas siguen pasando por tribunales, perdiendo programas o chocando contra líneas editoriales impuestas.
CUANDO LOS QUE MÁS HABLAN DE CENSURA SON LOS QUE MÁS MICRÓFONOS TIENEN
Hay algo profundamente agotador en ese mantra eterno de “ya no se puede decir nada”. Lo repiten tertulianos con columnas diarias, empresarios mediáticos con altavoz permanente y opinadores profesionales que llevan años ocupando televisiones, radios y periódicos. Pobrecitos. Tan censurados que no paran de hablar.
Y ahí entró Henar Álvarez en RTVE, en la noche del 26 de mayo, para hacer algo bastante poco habitual en la televisión española: señalar la trampa. Sin rodeos. Sin pedir perdón antes de hablar. Durante su monólogo en Al cielo con ella, desmontó esa supuesta persecución ideológica que la derecha mediática lleva años vendiendo como si viviéramos en una mezcla entre Corea del Norte y una asamblea universitaria de 2014.
Lo hizo, además, conectando varios puntos incómodos. Porque mientras algunos multimillonarios con programa en prime time lloran porque “no se puede opinar”, la realidad es bastante más fea. Henar recordó la reciente salida de una de las voces más críticas del periodismo televisivo español, en referencia a los rumores sobre discrepancias editoriales dentro de una cadena. Y lanzó una frase que retrata perfectamente el nivel de cinismo que domina parte del debate público: “Suena como si Ana Rosa se quejara de que los alquileres están altos”.
La comparación duele porque funciona. Mucho.
Durante años se ha construido un relato delirante según el cual las élites mediáticas conservadoras serían víctimas de una persecución cultural. Como si quienes controlan periódicos, radios, televisiones y productoras estuvieran siendo silenciados por cuatro estudiantes feministas con cuenta de Bluesky. Mientras tanto, quienes sí han sentido el peso real de la censura, de las denuncias o de la presión judicial rara vez aparecen en esos discursos victimistas.
Porque Facu Díaz sí acabó en los juzgados. Quequé también tuvo que sentarse ante un juez por chistes políticos. Las seis de La Suiza fueron condenadas a prisión por sindicalismo antes de recibir el indulto del Gobierno. Y eso ocurrió aquí. No en Turquía. No en Hungría. Aquí.
El problema es que la palabra “censura” ha sido secuestrada por quienes jamás han dejado de tener espacio para hablar. Y cuando alguien les responde, cuando alguien cuestiona sus discursos o simplemente existe con ideas distintas, reaccionan como si les estuvieran prohibiendo respirar. No soportan la contradicción. Confunden perder monopolio cultural con persecución política.
Por eso el monólogo de Henar molestó tanto. Porque puso nombre a algo evidente: muchos de los que denuncian la “dictadura woke” lo que realmente odian es compartir el micrófono.
LA CENSURA REAL NO LLEVA PELO MORADO, LLEVA TOGA, CONSEJOS DE ADMINISTRACIÓN Y PRESIONES
Hay otro detalle importante en todo esto. La censura moderna rara vez aparece con forma de prohibición explícita. Funciona de maneras más viscosas. Más empresariales. Más elegantes. Líneas editoriales impuestas. Programas cancelados. Demandas estratégicas. Presión económica. Campañas de acoso coordinadas. Querellas constantes para desgastar a periodistas, humoristas o activistas.
Eso sí existe. Todos los días.
Henar Álvarez lo resumió de manera brillante al hablar de la demanda contra LalaChus por mostrar una estampita con la cara de la vaquilla del Grand Prix. Parece un chiste absurdo. Porque lo es. Pero ocurrió de verdad. Igual que ocurrió el intento de retirar de circulación el cómic El Niño Jesús no odia a los mariquitas. Igual que ocurrió la irrupción de la concejala del PP Noelia Díaz en un monólogo feminista durante la víspera del 8M, alegando que había personas incómodas con lo que se decía sobre el escenario.
La incomodidad se ha convertido en argumento político. Y eso es peligrosísimo.
Porque la libertad de expresión nunca fue garantizar que nadie se ofenda. Jamás significó blindar a los poderosos frente a la crítica o impedir que existan discursos opuestos. Lo que ocurre es que cierta derecha mediática lleva años intentando apropiarse del concepto para convertir cualquier cuestionamiento en una forma de persecución.
Y mientras montan ese teatro, las presiones reales siguen cayendo siempre sobre los mismos sectores: sindicalistas, artistas críticos, humoristas incómodos, periodistas que se salen del guion y movimientos sociales. Ahí sí aparecen demandas. Ahí sí aparecen campañas para cancelar actuaciones o señalar públicamente a quien molesta.
Por eso tiene fuerza la ironía de Henar cuando admite entre risas que hasta está “de acuerdo con Pablo Motos”. Porque claro que hay un problema con la libertad de expresión. Pero no tiene nada que ver con esa fantasía paranoica de la “dictadura woke”. Tiene que ver con quién puede soportar económicamente una demanda. Con quién puede perder un programa por incomodar a directivos o anunciantes. Con quién tiene detrás un imperio mediático y quién tiene solo una cuenta en redes y una abogada agotada.
La propia broma final de Henar resume el momento político y cultural mejor que muchos editoriales de mil palabras: “Tengo una demanda que me soplan la oreja y me la ha puesto el que más se queja”.
Ahí está todo. La derecha española lleva años presentándose como perseguida mientras controla buena parte de los altavoces del país, presiona desde tribunales, intoxica desde tertulias y convierte cualquier crítica en un supuesto ataque a la libertad. No quieren libertad de expresión. Quieren impunidad cultural. Quieren seguir hablando solos.
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