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Un multimillonario no necesita presentarse a unas elecciones para condicionar una democracia: le basta con comprar sus micrófonos, sus editoriales, sus pantallas y hasta sus cines.
UNA RED DE MEDIOS AL SERVICIO DE UNA AGENDA
En Francia ya no basta con hablar de Vincent Bolloré como un empresario. Sería demasiado amable. Demasiado limpio. Lo que se ha construido alrededor de su apellido es una estructura de poder con tentáculos en la televisión, la radio, la prensa, la edición, la producción audiovisual y la distribución cultural. Lo llaman “galaxia Bolloré” o “imperio Bolloré” porque la palabra empresa se queda ridículamente pequeña para describir una maquinaria capaz de ocupar cada vez más espacio en el debate público francés.
Bolloré procede de una familia enriquecida durante más de dos siglos en el negocio del papel, incluida la famosa B de OCB. Entró en el grupo familiar a principios de los años 80, cuando atravesaba una crisis, y lo convirtió en algo mucho más ambicioso. Primero transporte y logística. Luego publicidad. Finalmente, el territorio decisivo: los medios. Porque el dinero manda, sí. Pero el dinero que controla relatos manda más.
A principios de la pasada década se hizo con el control de Vivendi, matriz de Canal+, como accionista mayoritario. Ahí empezó el salto grande. Desde entonces, su influencia no ha dejado de crecer hasta controlar o participar en más de 50 medios de comunicación, entre televisiones, radios, revistas, webs de información y entretenimiento. No es pluralismo. Es acumulación. Y cuando la información se acumula en pocas manos, la democracia empieza a hablar con voz de propietario.
El método se repite con una precisión casi industrial. Compra empresas conocidas, muchas veces debilitadas económicamente. Cambia directivos. Coloca perfiles fieles. Modifica la línea editorial. Y las redacciones quedan sometidas a una limpieza por desgaste: despidos, dimisiones, presión interna, miedo. Pasó con I-Télé en 2016, transformada después en CNews, hoy uno de los altavoces más visibles de la ofensiva ideológica del grupo.
La línea editorial no es precisamente misteriosa. Inseguridad. Inmigración. Ataques constantes a la izquierda. Defensa de una identidad francesa cerrada, cristiana, hostil a lo extranjero y especialmente obsesionada con señalar al islam como cuerpo extraño. No estamos ante medios conservadores que opinan: estamos ante una infraestructura política que fabrica clima social. Alexis Lévrier, profesor de la Universidad de Reims y especialista en historia de los medios, lo resume con crudeza: en los últimos 10 años, el proyecto de Bolloré apunta a la conquista del poder ideológico, cultural y religioso.
Bolloré cree que para gobernar hay que derribar la hegemonía cultural de la izquierda. La Nouvelle Droite ya lo intentó antes, pero sin los recursos del magnate. Aquí está la diferencia obscena: la ultraderecha intelectual soñaba con disputar ideas; Bolloré puede comprar las fábricas que las producen.
CUANDO LA CULTURA SE CONVIERTE EN BOTÍN
La ofensiva no se limita a los platós. Sería ingenuo pensarlo. Desde 2020, Vivendi entró en el capital de Lagardère aprovechando la caída del precio de las acciones durante la pandemia de covid-19. Compró participaciones del fondo Amber Capital y logró lanzar una oferta pública de adquisición. El resultado fue el control de un grupo que incluye Hachette, la principal editorial francesa, Europe 1 y Le Journal du dimanche.
El patrón volvió a aparecer. Mano dura, giro editorial, sustituciones. Le Journal du dimanche vivió una huelga de 40 días de su redacción tras la compra, pero el poder político miró demasiado tiempo hacia otro lado. Emmanuel Macron prometió actuar. Según Lévrier, no hizo nada. Se habló de una ley para proteger a las redacciones ante nombramientos impuestos desde la propiedad. No llegó. También se anunció una gran ley sobre medios tras los Estados Generales de la Información. Tampoco llegó a la Asamblea Nacional. Qué sorpresa: cuando hay que incomodar a los grandes magnates, la valentía institucional suele perder cobertura.
Bolloré se retiró oficialmente en 2022, pero nadie en Francia parece creer que haya dejado de mover los hilos. Sus hijos y colaboradores fieles mantienen la maquinaria. Y esa maquinaria no solo produce mensajes. También controla canales de distribución. Posee Relay, presente en estaciones de tren y aeropuertos de toda Francia. Es decir: no solo influye en qué se publica, sino también en qué llega a las manos de las y los lectores.
El salto al cine completa el círculo. En octubre de 2025, Canal+, que ya controlaba Studio Canal, adquirió el 34% de UGC, la tercera red de cines más grande de Francia, con intención de comprarla por completo en los próximos años. La alarma fue inmediata. Un colectivo de 600 profesionales del sector denunció en Libération, coincidiendo con Cannes, el riesgo de una “toma de control fascista” del imaginario colectivo. Después, las firmas subieron hasta 3.400. No era una pataleta cultural. Era una advertencia.
La respuesta del grupo fue reveladora. Maxime Saada, presidente del consejo de administración de Canal+ y vicepresidente de Lagardère, anunció al día siguiente su intención de vetar a las y los firmantes en todas las producciones del grupo. Ahí está la pedagogía del poder privado: quien critica al dueño, desaparece del escaparate. Lo llaman mercado. Se parece bastante a una lista negra.
En el mundo editorial ocurrió algo parecido. La destitución de Olivier Nora al frente de Grasset & Fasquelle y su sustitución por un fiel de Bolloré provocó un terremoto. 250 autoras y autores abandonaron la casa, entre ellos Virginie Despentes, Bernard-Henri Lévy y Pascal Bruckner. Despentes habló de “depredación”. La palabra es dura, pero encaja. Porque esto no va de competir con ideas. Va de comprar espacios, domesticar voces y vaciar instituciones culturales desde dentro.
El 13 de mayo, en el Théâtre de la Concorde de París, se celebraron los Estados generales de autoras y autores para buscar formas de preservar la independencia de las y los creadores. Llegan tarde, pero llegan. Francia mira ya a las presidenciales de 2027 con una pregunta incómoda: qué pasa cuando la extrema derecha no necesita ganar primero las urnas porque antes ha ganado televisiones, radios, editoriales, kioscos y salas de cine.
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