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El hombre que humilla activistas maniatados, reparte rifles y celebra sogas representa hoy el rostro más brutal del Gobierno de Netanyahu.
El vídeo dura apenas unos segundos. Suficiente. Itamar Ben Gvir aparece sonriendo ante decenas de activistas de la Flotilla retenidos en Israel, muchos de ellos maniatados y arrodillados con la frente contra el suelo. “Bienvenidos a Israel, somos los dueños”, les dice mientras agita una bandera israelí. Detrás, agentes uniformados zarandean a algunos detenidos. La escena no la filtró ningún medio enemigo ni una organización de derechos humanos. La difundió él mismo, orgulloso. Como quien enseña un trofeo.
La secuencia provocó una crisis diplomática inmediata y reabrió una pregunta incómoda: cuánto más puede degradarse un Gobierno que ya normalizó el supremacismo, la humillación pública y el castigo colectivo como herramientas políticas. Porque Ben Gvir no es un marginal descontrolado. Es el ministro de Seguridad Nacional de Israel. Un hombre clave para sostener el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu. Y también el símbolo más obsceno de una radicalización que ya ni intenta disimularse.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la brutalidad del personaje. Es la naturalidad. La puesta en escena. El hecho de que un ministro pueda grabarse vejando activistas internacionales y seguir en el cargo. Que pueda humillar, amenazar y celebrar el sufrimiento humano sin que el aparato estatal se resquebraje. O peor: mientras buena parte del aparato le ríe la gracia.
DEL KAHANISMO RACISTA AL CORAZÓN DEL GOBIERNO ISRAELÍ
Ben Gvir lleva años diciendo exactamente quién es. El problema nunca fue la falta de avisos. El problema fue la impunidad.
Nacido en 1976, criado políticamente en el movimiento ultraderechista Kach —ilegalizado en Israel en 1994 por racista y terrorista—, el actual ministro hizo carrera agitando odio contra palestinos, celebrando la violencia y dinamitando cualquier posibilidad de convivencia. Durante años fue visto como un extremista demasiado tóxico incluso para ciertos sectores conservadores israelíes. Hoy ocupa uno de los ministerios más poderosos del país. Así funciona la ventana de Overton cuando el miedo, el militarismo y el nacionalismo religioso se convierten en combustible electoral.
En otoño de 1995, poco antes del asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin, Ben Gvir apareció en televisión exhibiendo el emblema robado del coche de Rabin y lanzando una amenaza apenas velada. Años después sigue actuando igual. Solo que ahora lo hace desde el Estado.
Tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, el ministro aprovechó el trauma colectivo y el deseo de venganza para impulsar aún más políticas represivas contra la población palestina. Ha defendido expulsiones masivas, ha hablado abiertamente de “aniquilación” y ha convertido la deshumanización en discurso institucional. Sin rodeos. Sin maquillaje diplomático.
Y mientras tanto, gobiernos occidentales continúan hablando de “la única democracia de Oriente Medio”.
Ben Gvir lidera desde 2019 el partido Otzma Yehudit (“Poder Judío”), que obtuvo seis escaños en las elecciones de 2022 y entró en el Gobierno de coalición con Netanyahu. Desde entonces ha ido acumulando competencias sobre policía, cárceles y seguridad interior. Más poder para alguien que jamás ocultó su obsesión supremacista.
España y otros países ya lo han sancionado junto al ministro ultraderechista Bezalel Smotrich. Pero las sanciones simbólicas sirven de poco cuando la maquinaria diplomática y económica sigue funcionando con normalidad.
LA SOGA, LAS ARMAS Y LA NORMALIZACIÓN DE LA CRUELDAD
Hay algo especialmente perturbador en Ben Gvir. No oculta la violencia. La estetiza.
La soga se convirtió en uno de sus símbolos políticos favoritos. Durante el debate parlamentario sobre la pena de muerte para palestinos acusados de “terrorismo”, apareció luciendo un pin dorado con forma de horca en la solapa. Cuando el Parlamento aprobó la ley en marzo, lo celebró con champán y brindis públicos deseando “ejecutar al mayor número posible de terroristas”.
Hace unas semanas, para su cumpleaños número 50, su esposa le regaló una tarta decorada también con una soga. Él subió orgulloso el vídeo a Instagram. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, calificó aquellas imágenes de “despreciables”. Y lo son. Porque no hablamos de humor negro. Hablamos de un ministro glorificando ejecuciones públicas mientras dirige cuerpos armados del Estado.
La lógica del castigo atraviesa toda su política. En las cárceles israelíes redujo comida, duchas y electricidad para presos palestinos. Cerró panaderías penitenciarias y luego publicó vídeos burlándose mientras comía pan frente a cámara. En septiembre de 2025, el Tribunal Supremo israelí dictaminó que los presos palestinos ni siquiera recibían alimento suficiente para garantizar “un nivel básico de existencia”.
Actualmente hay 9.400 presos palestinos en cárceles israelíes. Entre ellos, 360 menores y 3.376 personas en detención administrativa, encarceladas indefinidamente sin juicio. Datos de la ONG Addameer. Cifras brutales que demasiados gobiernos europeos ya observan como si fueran paisaje burocrático.
Y luego están las armas. El ministro convirtió el reparto masivo de rifles en una política de Estado. Primero fueron 10.000 rifles distribuidos entre civiles y colonos tras el inicio de la guerra contra Gaza. Después habló de 120.000 armas. Licencias facilitadas por vivir en determinadas ciudades judías. Más armas. Más tensión. Más impunidad armada. Incluso el diario israelí Haaretz advirtió de que “el próximo desastre es solo cuestión de tiempo”.
Todo esto ocurre mientras Ben Gvir sigue entrando escoltado en la Explanada de las Mezquitas, desplegando banderas israelíes y provocando deliberadamente a millones de musulmanes y palestinos. La última vez fue el 14 de mayo. Otra chispa más sobre un polvorín permanente.
Y aun así sigue ahí. Sonriendo ante las cámaras. Agitando banderas frente a personas arrodilladas. Porque cuando la crueldad deja de ser un escándalo y se convierte en espectáculo político, el problema ya no es solo Ben Gvir. El problema es el mundo que decidió acostumbrarse.
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