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La guerra entra en su tercera semana y desmonta una de las grandes mentiras del poder: que se puede bombardear un país y esperar que su gente haga el trabajo sucio
LA GUERRA COMO EXPERIMENTO FALLIDO DE INGENIERÍA POLÍTICA
La escena se repite con una precisión casi obscena. Bombas cayendo, edificios destruidos, civiles atrapados entre escombros y, en paralelo, discursos grandilocuentes prometiendo “liberación”. Esta vez ha sido en Irán, donde Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva con una apuesta tan ambiciosa como cínica: provocar una rebelión interna que derribase al régimen desde dentro.
La operación no era improvisada. A mediados de enero de 2026, el jefe del Mossad, David Barnea, presentó a Benjamin Netanyahu un plan claro: en cuestión de días, la presión militar externa se combinaría con acciones de inteligencia para activar a la oposición iraní y desencadenar disturbios masivos. La hipótesis era sencilla en su formulación y brutal en sus implicaciones: bombardear primero, esperar después a que la población hiciera el resto.
Donald Trump compró el relato. Lo verbalizó sin matices al inicio del conflicto: “Tomad vuestro gobierno”. Antes, eso sí, recomendaba buscar refugio de las bombas. La contradicción no es accidental, es estructural. Se pide a un pueblo que se levante mientras se le somete a una campaña de destrucción aérea.
Tres semanas después, la realidad es otra. No hay rebelión. No hay colapso. El régimen iraní sigue en pie. Debilitado, sí. Pero intacto en su estructura de poder.
Los propios servicios de inteligencia de Estados Unidos e Israel lo han reconocido. Las evaluaciones internas concluyen que el miedo a la represión, la capacidad de control del aparato estatal y la lógica de supervivencia de la población han frenado cualquier intento de levantamiento masivo.
No hacía falta ser un experto para preverlo. De hecho, muchas y muchos analistas ya lo hicieron. Altos cargos estadounidenses advertían antes del inicio de la guerra que la probabilidad de una revuelta popular era baja. La lógica es casi de sentido común: nadie sale a protestar mientras caen misiles sobre su ciudad.
Pero la guerra contemporánea no se guía por el sentido común, sino por narrativas útiles al poder.
CUANDO LA REALIDAD DESMONTA EL RELATO DE LA “LIBERACIÓN”
Lo que está ocurriendo en Irán no es una anomalía. Es un patrón. La idea de que se pueden provocar revoluciones desde el exterior forma parte del imaginario imperial desde hace décadas, y ha fracasado una y otra vez.
El propio Mossad lo sabía. Durante años, bajo la dirección de Yossi Cohen (hasta 2021), la agencia israelí llegó a la conclusión de que fomentar una insurrección interna era inviable. Los cálculos eran claros: el número de personas necesarias para poner en jaque al régimen superaba con creces la capacidad real de movilización existente desde la revolución de 1979.
Aun así, en 2026, se decidió volver a intentarlo. No porque las condiciones hubieran cambiado de forma sustancial, sino porque la lógica política exigía un relato de victoria rápida.
El resultado es el esperado. El régimen no solo no ha caído, sino que se ha atrincherado y ha intensificado el conflicto, respondiendo con ataques a bases militares, infraestructuras energéticas y rutas estratégicas en el Golfo Pérsico.
Mientras tanto, la población civil queda atrapada entre dos fuerzas que no la representan. Por un lado, un gobierno autoritario que reprime cualquier disidencia. Por otro, una ofensiva externa que instrumentaliza ese sufrimiento como palanca política.
Un exfuncionario estadounidense lo resumía con crudeza: “Una gran parte de la población no quiere morir oponiéndose al régimen”. No es apoyo. Es supervivencia.
Otro dato clave: incluso en momentos de protestas masivas, como las registradas en los últimos años, el régimen iraní ha demostrado una capacidad brutal para sofocar cualquier levantamiento. Miles de personas han sido asesinadas en esas represiones. Pensar que esa maquinaria se desmoronaría bajo bombas extranjeras no es ingenuidad, es propaganda.
El plan incluía incluso la posibilidad de utilizar milicias kurdas como fuerza proxy. Una estrategia clásica de desestabilización regional. Pero ni siquiera ahí hay consenso. Turquía ha advertido contra esa opción. Y líderes kurdos han señalado que una incursión externa podría reforzar el nacionalismo iraní en lugar de debilitarlo.
La paradoja es evidente. Las intervenciones diseñadas para fragmentar pueden terminar cohesionando al enemigo.
Netanyahu lo ha reconocido parcialmente: “No se pueden hacer revoluciones desde el aire”. La frase llega tarde. Y llega después de haber construido toda una estrategia sobre esa premisa.
Porque el problema no es táctico. Es político. Se insiste en la ficción de que la violencia externa puede producir democratización interna, cuando la historia reciente demuestra exactamente lo contrario.
Irak, Libia, Afganistán. La lista no es corta. Estados devastados, sociedades fragmentadas y ninguna democracia real consolidada tras la intervención militar.
Lo que está en juego en Irán no es solo una guerra más. Es la persistencia de un modelo. Uno que convierte a las poblaciones en piezas de ajedrez. Uno que confunde cambio político con destrucción militar.
Mientras tanto, las y los ciudadanos iraníes siguen haciendo lo que cualquier población bajo ataque haría: intentar sobrevivir.
Y esa es la grieta que el poder no quiere reconocer. Que no hay revolución posible bajo las bombas. Que no hay libertad que nazca del fuego aéreo.
Porque lo que se vende como liberación suele ser, en realidad, otra forma de dominación disfrazada de esperanza.
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