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Medio siglo después de su proclamación, el pueblo saharaui sigue reclamando autodeterminación frente a una ocupación contra la que la comunidad internacional se ha mostrado cobarde.
27 de febrero de 1976. Hace 50 años, en medio del desierto y en condiciones de absoluta adversidad, el Frente Polisario proclamaba la creación de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) como expresión política de un pueblo que había sufrido colonización, expulsión y abandono diplomático. Medio siglo después, la RASD continúa siendo un símbolo de dignidad, pero también —y sobre todo— una advertencia brutal sobre cómo los intereses geopolíticos y económicos aplastan el derecho a la autodeterminación.
Durante los últimos 50 años, la causa saharaui ha sido una de las grandes injusticias sin resolver del mapa global. Desde su surgimiento frente al final de la presencia colonial española, la RASD —liderada por hombres y mujeres saharauis— ha exigido el derecho a decidir su futuro. Sin embargo, a día de hoy, la población saharaui sigue desposeída de su territorio por la ocupación marroquí, y la comunidad internacional ha sido incapaz —porque no ha querido— imponer mecanismos efectivos para garantizar ese derecho básico.
MEDIO SIGLO DE OCUPACIÓN Y NEGACIÓN
La proclamación de la RASD no fue un acto burocrático o simbólico; fue una declaración de soberanía en condiciones de resistencia. Cientos de miles de saharauis se vieron forzades a abandonar sus hogares ante la entrada de fuerzas marroquíes apoyadas por potencias europeas. En cuestión de días, ciudades completas quedaron vacías, familias quedaron divididas y la esperanza de una vida propia fue marchitada por la lógica brutal de los intereses imperialistas y neocoloniales.
Desde entonces, a pesar de las resoluciones de organismos internacionales —incluidas numerosas resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas que instan a un referéndum de autodeterminación—, nunca se ha celebrado el referéndum prometido. La ocupación persiste en la mayor parte del territorio saharaui, el muro construido por Marruecos divide comunidades y controla el acceso a recursos naturales vitales como fosfatos y pesquerías. Mientras tanto, las potencias occidentales han priorizado acuerdos económicos y alianzas estratégicas por encima de cualquier exigencia de justicia.
En este aniversario número 50, los saharauis siguen reclamando no solo el reconocimiento de su estado, sino el fin de una ocupación que atraviesa generaciones. Familias que nacieron en campamentos de refugiados en Tindouf (Argelia) siguen sin poder volver a sus tierras, sin recibir atención medianamente adecuada y sin acceso pleno a derechos fundamentales.
La RASD administra solo una franja conocida como “territorios liberados”, limitada y asediada. El resto permanece bajo control marroquí, que continúa con políticas de represión, detenciones arbitrarias y restricción de libertades fundamentales. Personas defensoras de derechos humanos saharauis han sido encarceladas y torturadas por expresar demandas legítimas de autodeterminación y por denunciar la explotación de recursos por parte de empresas extranjeras.
RECONOCIMIENTO INTERNACIONAL: EFÍMERO Y FRAGMENTADO
Durante estos 50 años, la RASD ha experimentado fases de reconocimiento internacional que fluctuaron con los vientos de la diplomacia global. En la década de los 1980 y principios de los 1990, decenas de países reconocieron formalmente la república saharaui y la RASD llegó a ser miembro de pleno derecho de la Unión Africana. Sin embargo, a lo largo de los años muchos de esos estados retiraron ese reconocimiento bajo presión política y acuerdos económicos con Marruecos.
Este retroceso es una clara muestra de que en la arena internacional los derechos de los pueblos a menudo se subordinan a los intereses estatales y a la lógica del capital. La situación saharaui evidencia cómo los mecanismos multilaterales que debieran proteger los derechos de los pueblos y hacer cumplir las resoluciones internacionales son, de facto, incapaces de actuar cuando las grandes potencias tienen intereses contrapuestos.
En Europa, varios Estados han oscilado entre reconocer a la RASD y volver a respaldar la posición marroquí, especialmente cuando se trata del control de recursos naturales o de asegurar mercados y acuerdos comerciales favorables. Estas decisiones, en apariencia técnicas, tienen consecuencias humanas directas: refuerzan un statu quo de ocupación, impunidad y dolor permanente.
50 AÑOS DESPUÉS: RESISTENCIA, MEMORIA Y DIGNIDAD
Los saharauis y saharauis no solo han soportado medio siglo de exilio, ocupación y represión; han construido una identidad política firme en torno a la resistencia no solo armada sino cultural y social. En los campamentos de refugiados, en la diáspora y dentro del propio Sáhara Occidental, la lucha se expresa en forma de educación, de memoria histórica, de transmisión de valores comunitarios y de persistencia colectiva.
Las instituciones de la RASD —aunque limitadas en su alcance territorial— han funcionado como estructuras de cohesión. Escuelas, espacios culturales, medios de comunicación y sistemas de representación mantienen viva la idea de libertad. Cada aniversario no es una simple celebración; es una reafirmación de un proyecto político vivo que sigue reclamando justicia histórica, el fin de la ocupación y el derecho a decidir.
Este 50º aniversario viene acompañado de movilizaciones sociales y diplomáticas, claras denuncias ante instancias internacionales, y una solidaridad que se extiende por organizaciones sociales, movimientos de derechos humanos y gobiernos progresistas de distintos continentes. Aun así, las expectativas de una solución definitiva siguen enfrentadas a los intereses geoestratégicos que perpetúan la situación actual.
Las generaciones saharauis que hoy caminan por las dunas del desierto, que estudian en los campamentos o que viven desplazadas en distintos países del mundo llevan consigo la memoria de décadas de lucha. Esa memoria no es solo un recuerdo; es un compromiso político, un reclamo de justicia y una resistencia activa frente a la lógica de dominación que ha prevalecido desde hace más de 50 años.
Este medio siglo de existencia de la RASD no puede leerse como un fracaso ni como una pausa indefinida. Es, más bien, una llamada constante de atención: la autodeterminación no es una oferta diplomática negociable, sino un derecho humano que no puede relegarse por intereses económicos o alianzas estratégicas.
UN ANIVERSARIO DE MEMORIA Y RECLAMO
En este aniversario de 50 años, la República Saharaui no sólo celebra su proclamación; reclama, de manera urgente y persistente, el cumplimiento de los compromisos internacionales, el cese de la ocupación marroquí, el respeto a los derechos humanos de su pueblo y la realización de un verdadero proceso de autodeterminación bajo supervisión imparcial y vinculante.
27 de febrero de 2026 se inscribe en la historia no como el cierre de un ciclo, sino como un recordatorio de que la lucha saharaui continúa, con dignidad y determinación, frente a un orden mundial que todavía prioriza intereses sobre justicia.
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