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Cuando un menor disfrazado se convierte en enemigo público, es que el sistema ha decidido distraerte de quien realmente te roba la vida.
Esto que vemos no es una anécdota. Es un síntoma. Un niño acosado en una plaza, rodeado por una turba que graba, ríe y humilla. Un menor con una máscara de gato, convertido en espectáculo. Puede que necesite acompañamiento, puede que esté experimentando, puede que solo esté jugando. Lo único seguro es que no estaba dañando a nadie.
Y sin embargo lo acorralan. Otros niños y niñas. También adultos. Lo registran con sus móviles. Lo suben a redes. Buscan su ración de likes. Así opera la violencia colectiva: nadie se reconoce agresor, pero la suma de todas y todos construye el linchamiento. La masa diluye la culpa y multiplica el daño.
El fenómeno tiene nombre: “therians”. Un término que circula por foros de internet desde hace décadas, vinculado a juegos identitarios y fantasía juvenil. No es nuevo. No es masivo. No es un movimiento político. Es, en la mayoría de los casos, una práctica marginal y lúdica. Pero el sistema sabe convertir lo minúsculo en amenaza.
Lo hace siempre igual. Amplifica. Deforma. Exagera. Y convierte una rareza en apocalipsis cultural.
EL ENGAÑO COMO ESTRATEGIA POLÍTICA
No es casualidad que este supuesto “boom” haya ocupado horas de tertulias. Programas como Espejo Público han dedicado más minutos a debatir sobre jóvenes con orejas de gato que a conflictos internacionales o escándalos de poder. La jerarquía informativa es una decisión política.
Mientras se señala a adolescentes disfrazados, se silencian asuntos incómodos. Mientras se caricaturiza a menores, se evita hablar de las élites económicas que especulan con la vivienda, precarizan el empleo y blindan sus privilegios fiscales. Mientras se ridiculiza a una minoría, se difumina el foco sobre redes de abuso que durante años contaron con complicidades en las altas esferas.
En 2021, en Estados Unidos, sectores republicanos difundieron el bulo de que las políticas “woke” obligarían a instalar cajas de arena en colegios para menores que “se creían gatos”. Era falso. No había normativa alguna. No existían esos casos generalizados. Pero el rumor cumplió su función: fabricar indignación moral. El miedo siempre es más rentable que la verdad.
Hoy el guion se repite. Se mezcla a los therians con la infancia trans. Se habla de “paguitas”. Se sugiere decadencia civilizatoria. Se construye la figura de la “minoría grotesca” que amenaza el orden. Es una técnica vieja: inventar un enemigo cultural para evitar que la clase trabajadora mire hacia arriba.
Porque resulta más sencillo enfadarse con un adolescente con máscara que con un fondo de inversión que encarece el alquiler. Es más cómodo burlarse de una quedada juvenil que cuestionar un sistema económico que condena a millones a la precariedad. La indignación dirigida es una herramienta de control social.
LA INDUSTRIA DE LA DISTRACCIÓN
El “caso therian” no estalla por generación espontánea. Se fabrica. Se viraliza. Se editorializa. Se monetiza. Las redes amplifican. Los pseudomedios incendian. Las televisiones legitiman. Y el algoritmo hace el resto.
Da igual que el número real de personas que se identifiquen como therians sea insignificante. Da igual que muchas y muchos lo vivan como un juego o una expresión creativa. Lo relevante es el relato. Y el relato necesita exageración.
En las quedadas que se han difundido, apenas aparecían personas que realmente se definieran así. Había adolescentes confundidos, curiosos, oportunistas y cámaras buscando contenido. Pero el titular ya estaba escrito. El enemigo cultural ya estaba construido.
El objetivo no es describir la realidad. Es moldearla.
Mientras tanto, la juventud sigue creciendo en un contexto de alquileres imposibles, salarios bajos y crisis climática. Según datos del mercado inmobiliario, el precio del alquiler en España ha aumentado más de un 40% en la última década. La precariedad laboral afecta de manera estructural a las y los jóvenes. Pero el debate público se desplaza hacia una máscara de gato.
El capitalismo tardío necesita entretenimiento constante. Necesita polarización. Necesita que la rabia se dirija hacia abajo o hacia los lados, nunca hacia arriba. Por eso se construyen guerras culturales. Por eso se exageran fenómenos marginales. Por eso se ridiculiza a quienes no encajan.
No es un error. Es una estrategia.
Y lo más inquietante no es solo la maquinaria mediática. Es la normalización social. Personas que probablemente se consideran críticas con el poder se muestran más escandalizadas por una subcultura juvenil que por las dinámicas de acumulación obscena de la élite global. Ahí reside la eficacia del engaño.
El abuelo lo llamaría tocomocho. Hoy podríamos llamarlo distracción algorítmica. Una versión 3.0 del viejo truco: entretener al público mientras se consolida el saqueo.
Cada vez que la conversación pública gira en torno a una minoría caricaturizada, alguien respira tranquilo en un despacho. Cada vez que una plaza se convierte en escenario de linchamiento, se fortalece el mensaje de que desviarse de la norma tiene castigo. Cada vez que un niño es humillado por jugar a ser gato, se envía una señal disciplinadora al resto.
No se trata de orejas ni de colas. Se trata de control.
El sistema no teme a los disfraces. Teme a la conciencia. Por eso necesita que estemos ocupadas y ocupados señalándonos entre iguales, mientras quienes concentran el poder siguen acumulándolo sin resistencia.
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