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Cuando el genocidio avanza y la cultura duda, tomar partido deja de ser un gesto simbólico y se convierte en una obligación política.
El Palau Sant Jordi de Barcelona volvió a llenarse la noche del 29 de enero. No para una gira internacional ni para una alfombra roja, sino para un concierto político. Un acto explícitamente solidario con el pueblo palestino, organizado por ActxPalestine, que reunió a más de veinte artistas bajo una consigna clara: defender los derechos humanos frente al exterminio en Gaza. Y entonces ocurrió lo inesperado. Rosalía apareció por sorpresa.
No estaba en el cartel. No había sido anunciada. No había campaña previa. Subió al escenario y cantó La perla. Y antes de hacerlo dejó una frase medida, sobria, imposible de malinterpretar: “Hoy, especialmente, es un honor estar en este escenario”. No fue un discurso largo. No hizo falta. En un contexto donde cada silencio pesa toneladas, la presencia fue el mensaje.
Hoy, la cantante Rosalía ha aparecido por sorpresa en el concierto en solidaridad con el pueblo de Palestina en Barcelona. pic.twitter.com/F6NazowTU5
— Fonsi Loaiza (@FonsiLoaiza) January 29, 2026
CULTURA POP ANTE EL GENOCIDIO
El concierto, que arrancó a las 20:00 horas, no era un evento cultural neutro. Estaba organizado por ActxPalestine, una plataforma que agrupa a las principales entidades palestinas de derechos humanos y que ya había impulsado iniciativas como el partido Catalunya–Palestina celebrado en el Estadi Lluís Companys. También es continuidad directa de la Global Summud Flotilla, que zarpó desde Barcelona rumbo a Gaza y fue interceptada por Israel, como tantas otras misiones civiles bloqueadas por la fuerza militar.
En ese marco, la cultura dejó de ser entretenimiento para convertirse en altavoz político. Amaia, Morad, Fermín Muguruza, Oques Grasses, Ana Tijoux, Lluís Llach, Bad Gyal, Clara Peya, La Zowi, Guillem Gisbert, Mushka y otras muchas voces subieron al escenario. También lo hicieron artistas palestinos como Zeyne o Lina Makoul, recordando que Palestina no es un concepto abstracto, sino una comunidad viva a la que se intenta borrar a diario.
Todos los beneficios del concierto irán destinados al Palestinian Performing Arts Network, una red que financia proyectos culturales en distintos territorios palestinos. Cultura para sobrevivir, no para blanquear conciencias. Cultura como resistencia, no como escaparate.
En un momento en el que grandes festivales, multinacionales del entretenimiento y plataformas globales prefieren mirar hacia otro lado para no incomodar a patrocinadores, este concierto fue una anomalía necesaria. Un espacio donde no se pidió equidistancia ni se rebajó el lenguaje. Donde Gaza no fue llamada “conflicto” y donde la violencia no se presentó como un mal inevitable, sino como una política sostenida en el tiempo.
CUANDO EL SILENCIO TAMBIÉN ES POSICIÓN
La aparición de Rosalía no puede leerse fuera del contexto que la rodea. El verano pasado, el diseñador Miguel Adrover rechazó vestirla públicamente por no haberse posicionado de forma explícita a favor de Palestina. La polémica fue inmediata. Rosalía respondió entonces en redes sociales con una frase que buscaba cerrar el debate sin abrir grietas: “El hecho de no haber usado mi plataforma de forma alineada con expectativas ajenas no significa en absoluto que no condene lo que está pasando en Palestina”.
Aquella respuesta fue interpretada de muchas maneras. Para algunas, insuficiente. Para otras, prudente. Lo que dejó claro es algo incómodo para la industria cultural: el silencio ya no es neutral. En un escenario de genocidio retransmitido en tiempo real, no posicionarse también es una forma de posicionarse.
Por eso su presencia en el Palau Sant Jordi tiene una carga política evidente, aunque no venga acompañada de consignas ni de proclamas. Subir a ese escenario concreto, en ese concierto concreto, organizado por quienes llevan años denunciando crímenes de guerra, no es un gesto vacío. Es una toma de posición tardía para algunos, pero posición al fin y al cabo.
El cartel del concierto fue descrito por la propia organización como intergeneracional, capaz de reunir a públicos muy distintos bajo una causa común. Abel González, responsable de dirección artística de Primavera Sound y encargado de la contratación, lo explicó con claridad: “Gente de edades muy diversas podrá reconocerse en los músicos que actúan”. Reconocerse y, quizá, preguntarse por qué durante tanto tiempo la industria cultural ha preferido no mirar.
Porque mientras Gaza es arrasada, no todas y todos pueden permitirse el lujo del matiz, ni del cálculo de marca, ni de la ambigüedad estética. La cultura también decide de qué lado de la historia quiere estar. Y anoche, en Barcelona, Palestina no fue un telón de fondo, sino el centro del escenario.
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