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Dos familias entierran a sus hijas mientras el sistema se lava las manos.
LA INVESTIGACIÓN QUE LLEGA TARDE Y MAL
Tres días. Ese es el tiempo que ha pasado desde que los cuerpos de Sharit (16 años) y Rosmed (15 años) aparecieron sin vida en el parque de la Concordia, en Jaén. Tres días en los que la Policía Nacional pasó de señalar el suicidio como hipótesis principal a admitir que todas las líneas siguen abiertas. Un giro que no habla de prudencia, sino de improvisación. Cuando se trata de menores, el margen de error debería ser cero. Aquí no lo fue.
El domingo, sin autopsias completas ni análisis profundos, se lanzó un comunicado en el que ya se afirmaba que ambas se habían quitado la vida. Mientras tanto, los allegados escuchaban esa versión y miraban a su alrededor preguntándose cómo encajaba con todo lo que sabían. La precipitación institucional frente al duelo de dos familias resulta insoportable.
El padre de Sharit lo dijo sin rodeos. “Quieren montar el suicidio perfecto, cuando es el homicidio perfecto.” Su frase atraviesa cualquier silencio. En un país donde la palabra oficial tiende a imponerse sobre la experiencia vivida de las familias trabajadoras, esa frase no es una acusación ligera. Es un grito.
La Subdelegación del Gobierno admite ahora la “gran complejidad” del caso. Antes no la vio. La Policía sostiene que no hay signos de violencia externa. Las familias responden: “Mi hija estaba ilusionada con su FP, jamás se quitaría la vida.” Las administraciones piden tiempo, pero el tiempo perdido ya no lo devuelve nadie.
DOS MENORES, DOS HISTORIAS Y DEMASIADOS SILENCIOS
La Consejería de Desarrollo Educativo reconoce que había un protocolo de riesgo por autolesiones activado en dos institutos por los que pasó Sharit. Ese documento pretende detectar señales de alarma, articular apoyos, coordinar tutorías y psicólogos. Es un recurso valioso. Pero también es una señal clara de que había alertas.
El contraste duele. Frente a eso, la Policía insiste en que “no ha existido acoso ni ha habido protocolos al respecto”. Una negación que choca con los testimonios del entorno de las menores. Compañeras y compañeros que aseguran que sí hubo bullying. Profesores que describen a Sharit como una estudiante tímida, brillante, impecable. Una adolescente que encontraba en su módulo de Peluquería una vía de futuro. Nada en su perfil apunta a un final buscado.
La historia de Rosmed tampoco es sencilla. Tres cambios de centro en dos años. Abandono escolar en septiembre. Un mensaje de despedida a Sharit encontrado en el móvil. Un mensaje enviado cuando supuestamente estaban juntas. Demasiadas piezas que no encajan. Demasiadas instituciones que prefieren encajarlas a martillazos antes que admitir que fallaron.
Mientras tanto, cientos de personas llenaron el lunes la plaza del Ayuntamiento de Jaén. Padres, madres, docentes, jóvenes. Dos comunidades enteras abrazando el dolor de dos familias colombianas que solo piden lo mínimo: verdad, justicia y respeto.
Quien se acerque a esa concentración verá a un hermano mayor levantando una pancarta negra. “Justicia para Sharit.” Ninguna institución tiene derecho a mirar hacia otro lado cuando alguien sostiene una pancarta así.
Las y los estudiantes del San Juan Bosco guardaron dos minutos de silencio. Después, entraron con psicólogos al aula. Es un parche emocional necesario, pero llega cuando el daño ya es irreversible. Un protocolo después del desastre.
La comunidad colombiana de Jaén también intervino. Reclamaron algo tan básico como más seguridad en el parque. Cuando las familias migrantes exigen lo obvio y la administración responde con comunicados confusos, el mensaje implícito se vuelve insoportable: algunas vidas parecen valer menos.
Las versiones oficiales siguen girando, pero las incógnitas permanecen intactas. ¿Por qué dos menores desaparecen y nadie activa una búsqueda urgente? ¿Por qué se habló de suicidio sin tener confirmaciones forenses? ¿Por qué se niegan indicios que docentes y alumnado sí vieron? ¿Por qué se insiste en la ausencia de acoso cuando uno de los entornos apunta en la dirección contraria? ¿A quién protege ese relato?
Hoy, las familias solo tienen claro que sus hijas no volverán. Y que vivirán mientras tanto con una sospecha que nadie ha logrado desmontar. Una sospecha que señala al vacío institucional como escenario del desastre.
Porque en este país, cuando una menor muere, el sistema suele pedir paciencia. Las familias, en cambio, lo único que piden es que no les vuelvan a mentir.
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