Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La caída del líder ultra revela hasta qué punto la extrema derecha estuvo dispuesta a dinamitar la democracia
EL GOLPISTA QUE CREYÓ ESTAR POR ENCIMA DEL ESTADO
El 25 de noviembre, Jair Bolsonaro inició el cumplimiento de los 27 años de prisión que le impuso el Tribunal Supremo Federal por orquestar un golpe de Estado. Lo hace en las dependencias de la Superintendencia de la Policía Federal en Brasilia, el mismo lugar en el que llevaba prisión preventiva desde el sábado anterior, cuando intentó sabotear su tobillera electrónica con una soldadora casera. La escena, grotesca y violenta, es un símbolo de su caída: el expresidente que se creía intocable reducido a la torpeza de un fugitivo improvisado.
La defensa del exmandatario renunció a seguir apelando. Tenían de plazo hasta el lunes 25 de noviembre, pero el Supremo ya había rechazado por unanimidad sus primeros recursos. No había margen. No había argumento. No había escapatoria.
La ultraderecha brasileña, que gobernó entre 2019 y 2022, ha perdido a su líder más ruidoso. Y lo pierde no por persecución política, como gritan sus seguidores, sino porque las pruebas sobre la trama golpista fueron devastadoras. El juicio —uno de los más exhaustivos de la historia democrática brasileña— dejó al descubierto un plan milimetrado para sabotear las elecciones, manipular a los militares y sostener en el poder a un presidente derrotado en las urnas. Nada de esto es opinable. Está documentado en la sentencia.
Lo que sí es opinable, y necesario decir, es que Bolsonaro no cayó solo: cae el mito de la impunidad del machismo, el militarismo y la política del odio en América Latina.
EL PLAN PARA ANIQUILAR LA DEMOCRACIA
La condena por golpe de Estado se limita a una frase jurídica. Pero lo que había detrás era una maquinaria de violencia. La investigación destapó un plan para asesinar a Lula da Silva y a otras autoridades, una trama que desembocó en el violento asalto del 8 de enero de 2023 contra las sedes del Gobierno, el Parlamento y el Tribunal Supremo. Una jornada que Brasil vivió con un déjà vu sombrío: hordas bolsonaristas arrasando las instituciones como si la democracia fuera una escenografía desmontable.
El 8 de enero no fue un arrebato. Fue el resultado de meses de reuniones, conspiraciones, filtraciones militares, agitadores digitales y un líder que, desde agosto de 2022, ya preparaba el terreno para negar su derrota. Las y los fiscales del caso lo dejaron claro: el expresidente no improvisó. Ejecutó un guion. Y ese guion incluía dinamitar el orden constitucional si el pueblo votaba en su contra.
Mientras tanto, Bolsonaro acumulaba episodios que mostraban su desprecio por la legalidad. Su prisión domiciliaria, impuesta desde agosto de 2025, fue un coladero de incumplimientos: reuniones prohibidas, llamadas con cómplices, violación de medidas cautelares. El intento de romper la tobillera era solo la culminación de una conducta antidemocrática sostenida.
En paralelo, su defensa trató de exhibirlo como un hombre enfermo, de 70 años, debilitado por una depresión, episodios de ansiedad y secuelas de la puñalada de 2018. Pero los jueces fueron claros: los problemas de salud no borran los delitos ni disculpan un intento de destrucción institucional.
La defensa pedirá ahora prisión domiciliaria por razones “humanitarias”. Un clásico. Pero la justicia brasileña sabe que Bolsonaro no es un anciano desvalido. Es el rostro de un proyecto autoritario que ya demostró que puede volver a intentarlo si se le permite.
La democracia brasileña no podía permitirse ese lujo.
EL PESO DE LA JUSTICIA EN TIEMPOS DE ODIO
El Supremo actuó con cautela y contundencia. No porque Bolsonaro fuera expresidente, sino porque era el artífice de la amenaza más seria contra el sistema brasileño desde la dictadura militar. La sentencia —con sus 27 años de cárcel— es un mensaje para la región: quien atente contra la soberanía popular debe enfrentarse a las consecuencias, sea un soldado, un empresario, un agitador o un jefe de Estado.
Mientras tanto, su base ultra seguirá gritando persecución. La narrativa del mártir es un combustible potente. Pero aquí no hay épica, ni romanticismo, ni sacrificio. Hay un hombre que intentó destruir la democracia para no perder el poder. Un hombre que creyó que los militares serían su guardia privada. Un hombre que facilitó el asalto a las instituciones y que soñó con hacer de Brasil una réplica tropical de las pesadillas trumpistas.
Es el primer día de su condena. Y es también el primer día en el que la democracia brasileña respira un poco mejor.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir