Carlos Mazón lleva un año intentando convencernos de que en la mayor tragedia climática de su comunidad no vio nada, no oyó nada, no dijo nada y, básicamente, no existió… salvo para elegir postre. Y ahora, después de una comparecencia que fue más un casting para “político que se incrimina solo” que una sesión de control, la pregunta vuelve: ¿puede acabar en la cárcel?
Las mentiras del móvil en la mochila, la desaparición durante 37 minutos críticos, la retirada absurda de escoltas, el jersey místico a 21 grados y el caos del ES-Alert dibujan un patrón: Mazón no gestionó la emergencia, la evitó. Si mintió bajo juramento, si ocultó información, si inventó llamadas o si bloqueó el envío de una alerta que podía salvar vidas, hablamos de delitos reales. Y lo más irónico es que no lo hunde la oposición, lo hunde él mismo: cada versión nueva lo acerca un paso más no a la verdad, sino al banquillo.
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