Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Cuando la vivienda decide elecciones, el partido que sigue protegiendo al ladrillo pierde la mayoría social que dice representar.
LA VIVIENDA YA ESTÁ CAMBIANDO EL MAPA POLÍTICO
Zohran Mamdani acaba de ganar la alcaldía de Nueva York con una promesa sencilla y radical a la vez: frenar la subida de los alquileres. En una ciudad donde pagar 3.000 dólares mensuales es la nueva normalidad y los 2.000 son un recuerdo, su propuesta de congelar las rentas reguladas ha conectado con quienes no llegan a fin de mes, incluso con sueldos que en otros países serían un privilegio.
Días antes, en Países Bajos, el D66 de Rob Jetten se imponía con un mensaje parecido: la crisis de vivienda por delante de todo. Jetten resumió la situación con una frase brutal: hoy en su país hasta los cerdos tienen techo garantizado y las y los estudiantes ni siquiera pueden aspirar a un cuarto minúsculo. El resultado político es igual de claro: la ultraderecha de Geert Wilders, que en 2023 había ganado cabalgando sobre la mezcla de vivienda y xenofobia, queda fuera del Gobierno dos años después.
En Irlanda, Catherine Connolly arrasa con un 63% de apoyo y más de 500.000 votos de diferencia defendiendo lo mismo: que vivir con dignidad en ciudades como Dublín no puede ser un lujo. No es casual que la participación sea especialmente alta entre las y los jóvenes precarizados. Esa generación que ya ha entendido lo obvio: sin casa no hay futuro y sin futuro no hay democracia que valga.
No lo dicen solo las urnas. Lo certifican los datos. Desde 2010, el precio medio de compra de vivienda en la Unión Europea ha subido un 55% y los alquileres un 27%. En Alemania, una de cada tres personas inquilinas teme no poder pagar. Según el último Eurobarómetro urbano, el 51% de la población que vive en ciudades coloca la falta de vivienda asequible como problema número uno. Son casi 20 puntos más que quienes señalan el empleo o la calidad de los servicios públicos.
La vivienda se ha convertido en el eje material de la desigualdad contemporánea. No es un tema más en la agenda. Es el filtro que lo atraviesa todo: salarios, familia, salud mental, movilidad, natalidad, participación política.
Balakrishnan Rajagopal, relator especial de la ONU para el derecho a la vivienda, lo resume con una frase que debería estar tatuada en la sede de cada partido socialdemócrata: “La vivienda es hoy el asunto político y social más potente de Europa y de Occidente.” No lo dice un militante de base, lo dice Naciones Unidas.
El politólogo Ben Ansell, de la Universidad de Oxford, pone cifras a la sensación generacional: millones de personas no pueden alcanzar el nivel de vida que tenían sus madres y padres, aunque ahora cobren más. El motivo es claro. El ladrillo se ha tragado esa mejora de ingresos y la ha convertido en hipoteca eterna o alquiler asfixiante.
Durante años, la ultraderecha hizo negocio político con esa frustración. Con un truco simple. Dibujar una flecha falsa: poca vivienda = demasiada inmigración. Con esa ecuación tramposa han ganado poder Le Pen en Francia, AfD en Alemania, Meloni en Italia y Vox en España. Mientras tanto, los gobiernos se refugiaban en el mantra del mercado, en los beneficios de los fondos buitre y en la idea de que el problema era “complejo”. Complejo para quienes gobiernan, muy simple para quienes pagan.
Ahora, en algunos países, algo se ha roto. Cuando en Países Bajos se prohíbe comprar casa solo para especular o se plantea levantar nuevas ciudades como IJstad, con 60.000 viviendas para unas 126.000 personas, no se está “interviniendo el mercado”. Se está reconociendo que lo que había era un expolio legalizado.
Mientras tanto, los estudios comparados de expertos como Martin Vinaes Larsen muestran que hay poca relación estructural entre inmigración y precios de vivienda. Lo que presiona de verdad es el movimiento interno hacia grandes urbes, la concentración de empleo y la obsesión por convertir cada piso en un activo financiero. Lo que encarece el alquiler no son las personas migrantes, son las políticas neoliberales.
EL PSOE, ATRAPADO ENTRE EL LADRILLO Y SUS VOTANTES
Y aquí entra el PSOE. Porque todo esto no va solo de Nueva York, de Ámsterdam o de Dublín. Va de Madrid, de Barcelona y de cada ciudad donde las y los jóvenes siguen viviendo con sus madres y padres pasados los 30 años. Va de quién está sabiendo leer la coyuntura y quién sigue gestionando la vivienda como si fuera un tema sectorial.
Mientras en otros sitios la izquierda y el centro progresista se atreven a señalar el corazón del problema, el PSOE juega a la equidistancia. Un día anuncia una ley de vivienda tímida y limitada, otro día se hace fotos con promotoras, socimis y fondos de inversión. Habla de “equilibrio” entre derechos de las y los inquilinos y “seguridad jurídica” para las y los propietarios, pero evita la palabra clave: especulación.
El PSOE se comporta como si la vivienda fuese un tema técnico y no el campo de batalla central de la lucha de clases en el siglo XXI.
No faltan diagnósticos. Rajagopal lo ha repetido sin matices: estamos ante el resultado de tres décadas de políticas neoliberales que han convertido el derecho a un techo en un negocio. Los datos de Eurostat, del Eurobarómetro y de los observatorios de vivienda de media Europa dicen lo mismo que las asambleas de barrio: este modelo no da más de sí.
Lo que falla es la voluntad política. Para disputar la bandera de la vivienda a la ultraderecha hay que hacer justo lo contrario de lo que hace Vox. No sirve bajar impuestos a grandes tenedoras y grandes tenedores, ni multiplicar incentivos a fondos que prometen “vivienda asequible” con rentas de 1.200 euros al mes. Tampoco sirve aplicar topes descafeinados durante un año y en cuatro barrios.
Hace falta aceptar la premisa que las y los votantes ya han asumido: la vivienda no puede seguir tratándose como mercancía si queremos que siga existiendo como derecho.
Ahí es donde el PSOE se queda sin discurso. Si asume esa premisa, se le viene abajo medio entramado de alianzas con promotoras, constructoras y fondos que viven de convertir el sufrimiento habitacional en dividendo trimestral. Si no la asume, cede a la ultraderecha el relato del cabreo. Abascal puede mentir sobre las causas y culpar a la gente migrante, pero al menos parece hablar del problema material que aprieta en el bolsillo. El PSOE ni eso.
La paradoja es brutal: cuando la vivienda decanta elecciones en Nueva York, Países Bajos e Irlanda, el principal partido que se llama socialista en el Estado español todavía duda entre defender a las y los inquilinos o no molestar demasiado a los fondos buitre que compran paquetes de pisos públicos.
No basta con discursos contra la extrema derecha si luego se aplica su mismo manual económico con una capa de pintura socialdemócrata.
Si el PSOE no rompe con el negocio del ladrillo y no se atreve a decir alto y claro que la vivienda es un derecho que debe estar por encima del beneficio privado, lo harán otras fuerzas políticas o lo harán los propios movimientos de vivienda desde abajo. Y entonces ya no será un problema de comunicación, será un problema de supervivencia política.
Porque cuando la urna se llena de sueldos precarios, alquileres de 1.000 euros, desahucios silenciosos y vidas en pausa hasta los 35 por no poder emanciparse, no vota la ideología abstracta. Vota la llave del piso.
Si el PSOE no entiende eso, lo entenderá cuando descubra que no ha perdido solo un relato, ha perdido el derecho a llamarse de izquierdas.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Más de medio millón de personas ya han visto nuestro vídeo sobre cómo los centros de datos de la IA nos están dejando sin agua
Más de medio millón de personas han visto ya nuestro vídeo sobre el verdadero coste de los centros de datos de la inteligencia artificial. Más de medio millón. Y no lo han visto porque el asunto sea una curiosidad tecnológica ni porque les interese saber cómo funciona un servidor. Lo han visto porque cada vez más gente entiende que esa cosa aparentemente abstracta llamada IA tiene una existencia muy física: edificios gigantescos, subestaciones eléctricas, tuberías, kilómetros de cableado y millones de litros de agua desapareciendo dentro de sistemas de refrigeración.
La respuesta al vídeo confirma algo que las grandes tecnológicas preferirían seguir escondiendo detrás de anuncios llenos de palabras como innovación, progreso y futuro. La preocupación es real. La gente sabe que no estamos hablando de una nube mágica flotando sobre nuestras cabezas, sino de una industria pesada que quiere apropiarse de recursos públicos para alimentar negocios privados. Y quiere hacerlo deprisa, antes de que las comunidades entiendan qué les están plantando al lado de casa.
Nuestro vídeo reúne las advertencias de Erin Brockovich, la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, un exboxeador estadounidense, Alexandria Ocasio-Cortez y Naciones Unidas. Personas con trayectorias, ideologías y responsabilidades muy distintas. Todas están mirando hacia el mismo lugar. Todas están viendo cómo la expansión descontrolada de los centros de datos amenaza el agua, dispara el consumo eléctrico y concentra todavía más poder en manos de un puñado de corporaciones.
Xbox despide a 3.200 personas: el riesgo era de los jefes, la factura es de la plantilla
Xbox acaba de confirmar la mayor reestructuración de su historia. El 6 de julio, Asha Sharma comunicó a la plantilla que la división reducirá aproximadamente 3.200 puestos durante el año fiscal 2027, con 1.600 despidos inmediatos y cuatro estudios saliendo de Xbox hacia nueva gestión. Microsoft, en paralelo, recorta unos 4.800 empleos en total, alrededor del 2% de su plantilla global. No es una anécdota. Es una purga empresarial envuelta en lenguaje de consultora.
La frase oficial es casi una confesión: “nuestro negocio hoy no es saludable”. La dirección reconoce márgenes entre 3 y 10 veces inferiores a los de negocios comparables, una base instalada menor, costes más altos y una apuesta por Game Pass, el modelo multiplataforma y una cartera más amplia de contenidos que “no creció al ritmo esperado”. Dicho sin barniz corporativo: los jefes imaginaron una máquina de crecimiento infinito, compraron estudios, multiplicaron equipos, alargaron inversiones y ahora explican que se equivocaron. Pero quienes salen por la puerta no son quienes vendieron la fantasía. Son trabajadoras y trabajadores que hicieron exactamente lo que les dijeron.
Sony quiere matar el disco: juegos digitales para ricos y propiedad de mentira
Sony ya ha puesto fecha al entierro del formato físico. En su propia web de PlayStation avisa de que, desde enero de 2028, los nuevos juegos lanzados para PlayStation se podrán comprar en PlayStation Store y en tiendas, pero solo en formato digital. Los discos de juegos publicados antes de esa fecha seguirán funcionando, sí. Ese matiz importa. Pero el camino está marcado: el futuro que Sony quiere vender no cabe en una estantería, cabe en una cuenta, en una contraseña, en un servidor y en unas condiciones de uso que casi nadie lee porque están escritas precisamente para que casi nadie las lea.
La compañía lo presenta como adaptación al consumo. Reuters informó el 1 de julio de que Sony dejará de producir discos físicos para los nuevos lanzamientos de PlayStation desde enero de 2028, en un giro que llega después de que cerca del 80% de sus ventas completas de juegos en el año fiscal 2025 fueran digitales. La cifra parece aplastante. Lo digital ya domina. Pero una cosa es que millones de personas compren digital porque es cómodo, porque hay rebajas puntuales o porque las empresas empujan el mercado hacia ahí; otra muy distinta es convertir esa tendencia en una jaula.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir