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EL ESTADO ISRAELÍ CONTRA LA SOLIDARIDAD INTERNACIONAL
Para entender la magnitud de las flotillas que zarpan rumbo a Gaza basta observar la reacción furibunda del Gobierno israelí. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, ha calificado de “terroristas” a las y los voluntarios de la actual Flotilla de la Solidaridad Global, advirtiendo que serán tratados como tales. Nombrar como terrorismo la desobediencia civil pacífica revela hasta qué punto el Estado israelí necesita criminalizar cualquier gesto de solidaridad.
La definición no es gratuita. Según una investigación de The Guardian, de las 6.000 personas palestinas encarceladas en Gaza durante los primeros 19 meses del genocidio, todas fueron recluidas bajo la figura de “combatientes ilegales”. Esa etiqueta jurídica permite mantenerlas presas indefinidamente. Entre quienes sufren este destino no hay ejércitos ni milicias, sino enfermeras y enfermeros, maestras y maestros, periodistas, funcionariado civil y hasta niñas y niños. Extender la misma clasificación a activistas internacionales que intentan romper el bloqueo deja clara la intención: borrar la frontera entre la resistencia armada y la solidaridad no violenta para justificar cualquier represión.
No es una obsesión nueva. En 2008, cuando el movimiento Free Gaza consiguió que la primera embarcación llegara a la costa, Israel montó en cólera. Las y los activistas que regresaron a sus países actuaron como embajadores incómodos, desnudando el asedio ante sus comunidades. En 2010, la represión fue letal: en el asalto al Mavi Marmara, los comandos israelíes asesinaron a 10 activistas. Fue un mensaje nítido: ninguna injerencia civil, aunque viniera de reconocidas organizaciones occidentales, sería tolerada.
Desde entonces, el patrón se repite. Activistas tratados como criminales, barcos retenidos, cargamentos requisados, vidas amenazadas. Ni un solo soldado israelí ha respondido ante un tribunal por esa violencia. Sin embargo, las flotillas siguieron intentándolo en 2011, 2015 y 2018. Su progresiva reducción no fue consecuencia de falta de interés, sino del bloqueo diplomático: países europeos coordinados con Israel hicieron todo lo posible para impedir que zarparan.
SOLIDARIDAD GLOBAL FRENTE A LA IMPUNIDAD
El escenario ha cambiado. Con el genocidio en curso, la solidaridad hacia Palestina ha desbordado calles y parlamentos en Europa. Gobiernos como el de España han dado su respaldo a la Flotilla Global, que partió de Barcelona y se unirá con otras embarcaciones a lo largo del Mediterráneo. Sus bodegas cargan medicinas, alimentos y esperanza, aunque la probabilidad de ser interceptadas y confiscadas supera con creces la de alcanzar Gaza.
La realidad reciente es contundente: en mayo, drones atacaron la Flotilla de la Conciencia cerca de Malta. En junio y julio, las embarcaciones Madleen y Handala fueron apresadas. Antes de la captura de la Madleen, el ministro de Defensa Israel Katz insultó a Greta Thunberg, quien se había sumado a la misión, tildándola de “antisemita” y amenazando: “no llegaréis a Gaza”. Un Estado con uno de los ejércitos más poderosos del planeta temblando ante una adolescente con un megáfono.
Esa furia revela el miedo profundo. Las flotillas no pueden romper solas el asedio ni alimentar a dos millones de personas, pero son una grieta en el relato oficial. Israel sabe que la mayor parte del activismo por Palestina en el mundo no procede de cancillerías ni embajadas, sino de la sociedad civil organizada. Ahí entran las campañas de boicot, la presión económica, los litigios en tribunales internacionales, los vetos culturales y académicos, y las mareas humanas que llenan plazas de medio planeta.
Las flotillas son, en este contexto, un gesto radical de coherencia. Mujeres y hombres que deciden enfrentarse a uno de los ejércitos más armados del mundo con un barco de madera y unas cuantas cajas de suministros. Hacen lo que gobiernos e instituciones internacionales deberían hacer y no hacen: desafiar un crimen en directo.
Ben-Gvir y Katz, con su lenguaje de guerra contra civiles, no hacen sino reconocer la potencia política de estos actos. Cuanto más los criminalizan, más evidente queda que la solidaridad es un arma peligrosa para la impunidad.
La victoria final será del pueblo palestino, de su sumud (resistencia), de su capacidad de sobrevivir al hambre y a las bombas. Pero nadie debe subestimar la fuerza de un movimiento global que ya ha empezado a aislar a Israel en el tablero internacional. La Flotilla por Gaza es una pieza más de ese proceso. Y aunque Israel logre detener barcos, nunca podrá hundir una idea que navega en millones de conciencias.
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