Si ni un genocidio basta para que Europa rompa relaciones con Israel… ¿qué crimen tendría que cometer?
La Comisión Europea ha decidido que frente a un genocidio basta con mover los labios. No las manos. No la conciencia. Solo los labios, para articular comunicados vacíos mientras la artillería israelí convierte la capital de Gaza en ceniza. Pese a que una comisión independiente de la Organización de las Naciones Unidas ha concluido que Israel está cometiendo un genocidio —y que la Convención sobre el Genocidio obliga a todos los Estados a prevenirlo y castigarlo—, Bruselas apenas se atreve a proponer unos aranceles de 227 millones de euros y la suspensión de 20 millones en cooperación. Una limosna burocrática para lavar las manos manchadas de sangre.
El contraste entre la magnitud del crimen y la tibieza europea es obsceno. Las exportaciones israelíes a la UE alcanzaron 15.900 millones en 2024. Y la respuesta de Europa, ante bombardeos diarios, hambrunas planificadas y un bloqueo total de ayuda humanitaria, es multar con el equivalente a lo que Israel factura en un par de días. Como si el exterminio de un pueblo pudiera sancionarse con céntimos. Como si el genocidio fuese un exceso administrativo.
Genocidio con recibo
El informe de la Comisión Independiente de Investigación de la ONU es cristalino: Israel ha cometido cuatro de los cinco actos que definen el crimen de genocidio. Asesinatos masivos, daños físicos y mentales graves, condiciones de vida calculadas para destruir a la población gazatí y medidas destinadas a impedir nacimientos. No lo dicen militantes, lo dicen juristas internacionales. Lo dicen organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y B’Tselem. Lo dice la realidad, con sus hospitales derrumbados, sus escuelas pulverizadas y sus niños traumatizados que ya no pueden hablar, dormir ni imaginar un futuro.
Y sin embargo, la Comisión Europea se aferra a una excusa jurídica: que los tribunales internacionales aún no han dictado sentencia definitiva. Como si la obligación de prevenir solo naciera cuando ya es demasiado tarde. Como si los tratados internacionales fueran un sudoku y no un compromiso moral. Como si esperar al veredicto mientras se masacra a una población no fuese también complicidad.
Europa sin alma
La presidenta de la comisión de expertos de la ONU, Navi Pillay, lo dijo sin rodeos: cuando hay evidencias claras de genocidio, la inacción es complicidad. Pero Europa prefiere hablar de “preocupación” y “equilibrio”, como si el exterminio de un pueblo pudiera compensarse con tecnicismos. Mientras, gobiernos como los de Alemania, Italia, Austria o Hungría se preparan para bloquear las ya débiles sanciones propuestas, como bloquearon hace dos meses la suspensión de la cooperación científica con Israel.
Europa se hunde en su propia cobardía. Porque si permitir un genocidio no basta para romper relaciones, ¿qué crimen podría bastar? Si ni siquiera ante el hambre planificada, los bombardeos indiscriminados y los cementerios de niños Europa es capaz de defender el derecho internacional, ¿qué autoridad le queda para hablar de derechos humanos? Ninguna.
Cada día que pasa sin que actúe, la credibilidad de la comunidad internacional se erosiona como los edificios de Gaza: bajo los golpes, bajo la impunidad, bajo nuestra vergüenza compartida.
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