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Rodríguez Uribes rompe el silencio cómplice y pide al olimpismo internacional que actúe como lo hizo con Rusia y Sudáfrica.
EL DEPORTE NO ES UNA ISLA
El pasado domingo, la última etapa de la Vuelta ciclista a España no terminó en la línea de meta, sino en la calle. Cien mil personas cortaron la Gran Vía de Madrid para recordar que la barbarie no se puede blanquear con pedales ni medallas. La foto de la protesta contra la participación del Israel-Premier Tech fue mucho más potente que cualquier podio amañado para propaganda.
La respuesta llegó rápido. La Unión Ciclista Internacional (UCI) acusó al presidente Pedro Sánchez de respaldar acciones que «obstaculizaron» la carrera y de «expresar su admiración hacia los manifestantes». El Gobierno no se echó atrás. Al contrario. El Consejo Superior de Deportes, con José Manuel Rodríguez Uribes al frente, salió a contestar con dureza: «No estamos hablando de un conflicto menor. Estamos hablando de un genocidio, como reconoce Naciones Unidas. El deporte tiene que remover conciencias».
El mensaje no fue retórico. Uribes anunció que España presionará en todos los foros internacionales, desde la Unión Europea hasta el Comité Olímpico Internacional (COI), para que se tomen medidas idénticas a las que ya se aplicaron contra Rusia tras la invasión de Ucrania. Si el olimpismo fue capaz de expulsar a Rusia y si el rugby internacional cerró la puerta al apartheid sudafricano, no hay justificación alguna para mantener a Israel en las competiciones mientras arrasa Gaza.
LA EXIGENCIA DE UNA RESPUESTA GLOBAL
Las cifras son incontestables: más de 250.000 personas expulsadas de sus hogares, 1.500 edificios residenciales arrasados en un solo mes y un cuarto de la población exterminada en Gaza. Uribes recordó que no se trata de una disputa regional, sino de un crimen de lesa humanidad. Y que el deporte, como la cultura, no puede actuar como si la sangre no manchara los estadios.
El presidente del CSD fue tajante: pedirá que todas las federaciones deportivas españolas empujen al Comité Olímpico Español y que este, a su vez, presione en el COI. “Solo pedimos que se haga lo mismo. Lo mismo que hicimos con Rusia. Lo mismo que hicimos con Sudáfrica. Lo mismo que se debe hacer ahora con Israel”, señaló.
La iniciativa no quedó aislada. El portavoz socialista en el Congreso, Patxi López, reclamó extender el veto a todas las competiciones, incluido el Mundial de Fútbol de 2026 que organizarán Estados Unidos, Canadá y México. Y socios de Gobierno como Sumar apoyaron abiertamente esta línea.
El COI, sin embargo, reaccionó con su habitual equidistancia. Recordó que tanto el Comité Olímpico de Israel como el de Palestina cumplen con la Carta Olímpica y que en París 2024 sus atletas convivieron «pacíficamente» en la Villa Olímpica. Una respuesta burocrática, aséptica y cómoda que ignora que mientras se habla de convivencia, se siguen bombardeando escuelas, hospitales y campos de refugiados.
El contraste es obsceno. El deporte internacional fue capaz de reaccionar con contundencia frente a Rusia en cuestión de días. Frente al apartheid, hubo un boicot que marcó generaciones. Hoy, ante el genocidio televisado en Gaza, muchos prefieren cerrar los ojos.
España ha roto la omertá del olimpismo y ha dicho lo obvio: no puede haber normalidad deportiva con un Estado genocida.
El deporte debe dejar de ser un cómplice pasivo y convertirse en un altavoz incómodo. Si no lo hace, quedará inscrito para siempre en el mismo lugar que quienes pusieron medallas en Berlín 1936.
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