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El silencio frente al genocidio y la claudicación ante Washington hacen insostenible su permanencia en la Comisión Europea.
LA SANGRE DE GAZA Y EL SILENCIO DE BRUSELAS
Ursula Von der Leyen llega a su discurso sobre el Estado de la Unión con las manos manchadas por la inacción. El genocidio en Gaza, televisado minuto a minuto, no ha encontrado en Bruselas una respuesta política, sino una serie de comunicados huecos y la excusa de que la Unión Europea es “el mayor donante internacional” con 170 millones de euros en ayuda humanitaria durante 2025. Es el colmo del cinismo: aportar dinero mientras se tolera que Israel borre del mapa ciudades enteras y asesine a miles de civiles.
La realidad es insoportable. Funcionarias y funcionarios europeos se han movilizado para exigir medidas de calado, hartas de la equidistancia oficial. La vicepresidenta y comisaria española de Competencia, Teresa Ribera, rompió el guion y habló de genocidio. Pero la presidenta de la Comisión eligió callar. Ese silencio no es neutralidad. Ese silencio es complicidad.
El malestar es transversal. Desde los socialistas hasta La Izquierda, pasando incluso por sectores del Partido Popular Europeo, nadie entiende la parálisis de Bruselas. “Los europeos no entienden el silencio de Europa con lo que está pasando en Gaza”, reconoció la líder socialista Iratxe García. En el Parlamento, la única unidad es la del reproche.
La indiferencia europea ante las bombas no solo erosiona la credibilidad moral de la Comisión. Coloca a la UE del lado equivocado de la historia. Cuando Ribera reclamaba una acción contundente y la ciudadanía exigía un embargo de armas, Von der Leyen respondía con donaciones paliativas que normalizan la masacre. Y así, la Unión que prometía autonomía estratégica y liderazgo global se ha convertido en una institución que observa el horror desde el palco.

TRUMP, EL COMERCIO Y LA RENDICIÓN DE EUROPA
La otra cara del fracaso es económica y geopolítica. El acuerdo firmado con Estados Unidos establece un arancel del 15% a la mayoría de importaciones europeas y obliga a Bruselas a comprar más energía y material militar a Washington. En plena recesión alemana, con un crecimiento europeo del 0,1% en el segundo trimestre, Von der Leyen entrega soberanía a cambio de migajas.
El think tank European Policy Innovation Council ha dejado al desnudo la farsa. De las 383 recomendaciones del plan Draghi para reactivar la competitividad europea, solo el 11,2% se han cumplido. Mientras tanto, Bruselas se enreda en papeles que no transforman nada. Europa planea, Estados Unidos decide.
El contraste con su primera legislatura es brutal. Entonces la Comisión presumía de autonomía energética frente a Putin, de la agenda verde y de un papel propio en la guerra de Ucrania. Hoy la agenda verde está arrasada, sustituida por un plan de rearme de 800.000 millones que ni siquiera sirve para influir en las negociaciones de paz, porque quienes dictan los tiempos son Trump y Putin.
La rendición es evidente. Valerie Hayer, líder de los liberales, calificó el acuerdo con Trump de “asimétrico” y “catastrófico para la imagen de la UE”. Manon Aubry, desde La Izquierda, señaló que el pacto consolida a Europa como un socio menor. Los socialistas remarcan que la Comisión no ha sido capaz ni de abordar el problema de la vivienda en Europa, con miles de familias expulsadas del mercado por la especulación. Y hasta el Partido Popular Europeo se distancia, preocupado por el marco financiero y la política agraria.
Ni siquiera el último acuerdo con Mercosur ha servido de cortina de humo. Sus indefiniciones sobre el clima y la agricultura irritan a los eurodiputados, convencidos de que Von der Leyen no tiene estrategia. El diagnóstico se repite en cada bancada: falta liderazgo, falta visión, falta Europa.
El Parlamento Europeo se prepara para un discurso sin apoyos sólidos, en el que ni conservadores, ni liberales, ni socialistas le ofrecen un respaldo cerrado. Su permanencia en el cargo ya no depende de los resultados, porque no hay resultados. Depende de cuánto tiempo pueda sostener la farsa de un liderazgo inexistente.
Von der Leyen es culpable. Culpable de la indiferencia ante el genocidio en Gaza. Culpable de firmar la rendición de Europa frente a Trump. Culpable de convertir a la Comisión en un aparato sin alma ni rumbo. Y un cargo culpable solo tiene un destino: la dimisión.
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