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La política de sanciones de Trump amenaza la soberanía económica venezolana y evidencia la sumisión europea frente a EE UU
El imperialismo estadounidense, ahora en manos nuevamente de Donald Trump, vuelve a demostrar sin pudor su estrategia agresiva contra Venezuela, cancelando los permisos que permitían a petroleras internacionales exportar crudo venezolano. Entre las empresas afectadas destaca la española Repsol, que en 2024 extrajo una media diaria de 67 millones de barriles en colaboración con PDVSA, la petrolera estatal venezolana. Con una exposición patrimonial de 504 millones de euros en Venezuela, Repsol observa cómo sus negocios en el país latinoamericano vuelven a convertirse en una pieza más del chantaje económico impuesto por Washington.
LA HIPOCRESÍA DE LAS SANCIONES IMPERIALISTAS
El Gobierno estadounidense, bajo la Administración Trump, notificó recientemente la revocación de permisos para que petroleras extranjeras puedan operar en Venezuela, en un nuevo intento por doblegar al gobierno de Nicolás Maduro. La política de presión económica aplicada desde Washington no hace más que profundizar la crisis humanitaria que, paradójicamente, EE UU dice combatir. Desde 2023, con Joe Biden, Repsol y otras empresas petroleras como Eni (Italia), Reliance Industries (India) y Maurel&Prom (Francia) habían conseguido licencias especiales que les permitían seguir operando en el país caribeño, pese a las sanciones generalizadas.
Repsol incrementó notablemente sus importaciones de crudo venezolano en 2024, llegando a recibir más de tres millones de toneladas, duplicando la cantidad del año anterior. Esta cifra coloca a 2024 como uno de los años con mayor recepción de petróleo venezolano en las últimas dos décadas, equiparándose con niveles registrados en 2015, 2014 y 2006. Ahora, con la vuelta de Trump al poder, la compañía se enfrenta a un panorama incierto. Esta medida también golpea al gigante estadounidense Chevron, que tendrá hasta el 27 de mayo para cerrar definitivamente sus operaciones en suelo venezolano.
La medida no es casual ni inocente. En febrero de 2025, Venezuela exportó un promedio diario de 910.000 barriles de crudo y combustible, superando los 867.000 barriles diarios exportados en enero del mismo año. La reacción estadounidense, en lugar de aliviar el drama de la población venezolana, apuesta nuevamente por ahogar económicamente al país, forzando su aislamiento y poniendo en riesgo el sustento de millones de personas.
UNA EUROPA SERVIL Y COMPLACIENTE ANTE EL PODER DE EE UU
La decisión de Trump expone, además, la debilidad y sumisión europea frente a la política exterior estadounidense. Europa, representada por empresas como Repsol y Eni, se ha convertido en rehén de una estrategia neocolonial que busca doblegar a los países latinoamericanos mediante la coerción económica. Las petroleras afectadas se han visto forzadas a aceptar silenciosamente el nuevo orden impuesto por Washington, mostrando así la incapacidad europea para desarrollar una política exterior independiente y digna frente a la presión norteamericana.
Las declaraciones de Eni, que asegura «operar en total cumplimiento de las sanciones internacionales», revelan cómo las corporaciones europeas no cuestionan la legalidad ni la ética de estas sanciones, sino que más bien buscan cómo acomodarse a ellas. Repsol, dirigida por Josu Jon Imaz, refleja esta misma realidad al admitir explícitamente en sus informes financieros la incertidumbre causada por la política estadounidense. La compañía española tiene plazo hasta finales de mayo para liquidar sus operaciones en Venezuela, otra humillante concesión a los dictados de Trump.
El presidente estadounidense ha ido aún más lejos, imponiendo recientemente un arancel del 25% a cualquier país que compre petróleo venezolano. España, Italia y Francia se ven ahora obligadas a pagar las consecuencias económicas de alinearse dócilmente a la política de sanciones de EE UU. Esto no solo afecta a las compañías petroleras, sino también a la ciudadanía europea, que indirectamente paga el precio de la sumisión de sus gobiernos ante Washington.
Trump intensifica su cruzada política al acusar al régimen de Maduro de enviar criminales y miembros de bandas violentas como el Tren de Aragua a EE UU, fomentando así una narrativa xenófoba y criminalizadora hacia la población migrante venezolana. Esta retórica profundiza el sufrimiento de casi ocho millones de personas que han abandonado Venezuela en los últimos doce años huyendo de la represión y crisis económica, víctimas directas de políticas como las aplicadas desde Washington.
Mientras Europa calla y obedece, Venezuela sigue siendo víctima de una guerra económica silenciosa y devastadora, dirigida desde los despachos de la Casa Blanca. Trump regresa y con él vuelve el garrote económico del imperialismo. Y, una vez más, Europa demuestra ser un actor débil e irrelevante, incapaz de desafiar la hegemonía estadounidense y defender la soberanía económica de sus empresas y pueblos.
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