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En tres años, el partido ultra ha perdido 7,3 millones, casi la mitad de sus afiliados de pago y ha desviado 10,9 millones a la fundación personalista de su líder
EL NEGOCIO DE LA ULTRADERECHA
Mientras los sondeos lo inflan, la realidad económica de Vox es un páramo. El partido de Santiago Abascal, que presume de patriotismo y austeridad, acumula pérdidas de 7,3 millones de euros entre 2022 y 2024. La caída es imparable: 1,9 millones en 2022, 2,6 en 2023 y 2,7 en 2024. En solo tres años, su patrimonio neto se ha desplomado un 68,5%, de 11,8 millones a apenas 3,7.
En el mismo periodo, el PP engordó sus cuentas en 24 millones y el PSOE, pese a perder gobiernos autonómicos y municipales, cerró 2024 con un superávit de 1,3 millones. Vox, en cambio, no deja de sangrar. La paradoja es evidente: crece en las encuestas, pero se hunde en sus finanzas.
La explicación está en su modelo de partido: clientelar, endeudado y con una fuga constante de recursos hacia una estructura paralela. La fundación Disenso, controlada directamente por Abascal, ha recibido en cinco años 10,9 millones de euros, más que todas las pérdidas acumuladas del partido. Dinero de los militantes y de las arcas públicas reconvertido en la maquinaria propagandística personal del caudillo ultra.
Mientras tanto, la militancia abandona el barco. Vox declara 65.615 afiliados en 2024, pero menos de la mitad paga sus cuotas. Los ingresos por afiliación han pasado de 5,1 millones en 2021 a 3,7 en 2024, una caída del 26,5%. La fuga es tan grande que hoy las cuotas aportan casi lo mismo que las transferencias de sus grupos parlamentarios. El 82% de los ingresos del partido procede del Estado, justo esas subvenciones que prometen eliminar para los demás.
LOS PRÉSTAMOS DE ORBÁN Y LA CAJA DE ABASCAL
La otra pata de esta ruina está en los créditos. Vox se ha financiado con préstamos del banco húngaro MBH, controlado por el Gobierno de Viktor Orbán, a intereses entre el 11% y el 15%. En 2023 recibió 6,5 millones de euros, por los que pagó más de un millón en intereses. En 2024 sumó otro crédito de 7 millones, del que aún debía más de dos. Mientras tanto, bancos españoles ofrecían condiciones mucho más baratas (6,2% al 8,4%), pero Vox prefirió endeudarse con el ultranacionalismo húngaro.
El resultado es grotesco: el partido que se presenta como salvador de la patria depende de un banco extranjero y exige que el Estado español asuma los intereses de esa operación ruinosa. Patriotismo de saldo y deuda al mejor postor.
La situación empeora con las sanciones. El Tribunal de Cuentas multó a Vox con 862.496 euros por financiación ilegal entre 2018 y 2020: 400.000 euros en efectivo ingresados en cajeros automáticos, de origen desconocido. Otra multa de 233.324 euros cayó por donaciones finalistas, prohibidas por ley. El partido lo niega, pero las sanciones están ahí y las ha recurrido ante el Supremo.
Y, mientras tanto, la dirección engorda sus sueldos. En 2024, la partida destinada a retribuir a los altos cargos subió a 662.685 euros, con menos dirigentes que el año anterior. Traducido: cada uno cobra un 23% más. Todo mientras se recortan gastos de gestión, se pierden elecciones ruinosas (como las gallegas, con un agujero de 585.793 euros) y se reduce la transparencia en las cuentas, ocultando quién cobra qué.
La guinda es Disenso, la fundación privada de Abascal. Allí se han desviado 2,5 millones cada año entre 2021 y 2023, 2 millones en 2024 y otro millón en el primer semestre de 2025. La opacidad es total: no hay mecanismos democráticos de control, el patronato se elige por cooptación y Abascal es patrón vitalicio. El dinero fluye, el partido se vacía y los militantes desertan.
El patriotismo de Vox se mide en euros fugados, multas por financiación ilegal y deudas con bancos de gobiernos autoritarios.
Ni el ruido mediático ni las encuestas tapan la evidencia: Vox es un cascarón cada vez más vacío, sostenido por las arcas públicas que dicen querer dinamitar y por una militancia que huye mientras el líder asegura su caja personal.
El discurso de regeneración se ha convertido en un negocio privado. La ultraderecha, otra vez, predicando moral mientras saquea recursos colectivos.
Vox no se financia con banderas. Se financia con dinero público, multas por corrupción y préstamos de Orbán.
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