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Cómo la estrategia de Feijóo queda atada de pies y manos por el poder interno de Ayuso, aunque la rodeen los escándalos.
Javier F. Ferrero
EL DISCURSO DE LA INDIGNACIÓN COMO ESCUDO DE LA IMPOTENCIA
Cada vez que la Justicia estrecha el cerco sobre el entorno de Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo mira a otra parte y grita «Sánchez».
Este 29 de mayo, la jueza ha procesado al novio de Ayuso por fraude fiscal y falsificación documental. Un fraude de 350.951 euros, relacionado con los casi dos millones que ganó en una sola operación de compraventa de mascarillas durante la pandemia. Pero en lugar de exigir explicaciones internas, el presidente del Partido Popular ha comparecido ante la prensa —sin admitir preguntas— para anunciar una manifestación contra el Gobierno el 8 de junio. El lema: “Mafia o democracia”. No es sátira, es estrategia de desgaste.
Feijóo ha vuelto a poner el ventilador sin tocar el enchufe de su propia casa. Ha pedido el apoyo de los grupos parlamentarios para una moción de censura que él mismo reconoce que no puede ganar. Ha acusado al PSOE de extorsionar a la Guardia Civil, a fiscales, a periodistas. Ha dicho que hay vídeos sexuales como herramienta de chantaje. Y ha señalado a Pedro Sánchez como el «capo» de una mafia institucional. Todo esto el mismo día que se confirma que uno de los pilares de su poder territorial, Ayuso, tiene la corrupción sentada en su sofá.
Pero su indignación tiene medida. No denuncia a Ayuso, la protege. Porque sin ella, no tiene partido.
EL AYUSISMO COMO PODER FÁCTICO Y EL LIDERAZGO AUSENTE
Feijóo ha diseñado su carrera como un tecnócrata gallego que no rompe un plato, pero gobierna sin ruido. Sin embargo, desde que aterrizó en Madrid, todo su proyecto se sostiene sobre una renuncia constante: la de enfrentarse a Ayuso. Y eso tiene un precio.
En las últimas 72 horas ha pasado de decir que no veía sentido a una movilización social, a convocar una manifestación. ¿Qué ha cambiado? ¿Ha estallado un escándalo institucional nuevo? Sí. Pero no en el PSOE, sino en el PP. El procesamiento del novio de Ayuso ha sido el detonante que ha empujado a Feijóo a montar ruido. No para frenar la decadencia, sino para tapar su olor.
Porque no hay mayor señal de debilidad que intentar liderar un país sin poder liderar tu propio partido. Y en el PP, Ayuso no solo marca la línea política, sino que acapara los focos, la calle y el relato. Cuando Madrid tiembla, Génova obedece. Aunque tiemble por escándalos de corrupción, comisiones, negligencias o pelotazos. La consigna es clara: no se toca a la reina del tablero.
Feijóo, sin embargo, intenta hacer equilibrio sobre esa cuerda floja: un discurso institucional cuando la prensa pregunta, y un mitin de Vox cuando hay que tapar la mugre interna. Hoy llama al PSOE «organización criminal», pero no dice una sola palabra sobre los delitos atribuidos a su compañera de filas y su círculo íntimo.
Y si no hay moción de censura, no es porque no quiera, es porque no le dan los números ni el valor. Volver a perderla, como en el intento de Tamames, solo consolidaría la presidencia de Sánchez. Feijóo lo sabe, por eso juega al postureo parlamentario sin la voluntad real de asumir el coste político de sus bravatas.
Mientras tanto, su partido se radicaliza, su discurso se incendia, y su liderazgo se desvanece. Porque no hay proyecto cuando solo se sobrevive en la reacción.
La decadencia del PP no empieza en el Gobierno. Empieza en su cobardía para mirarse al espejo.
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