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Un grupo ultra ha intentado construir un Estado paralelo sin impuestos, vacunas ni democracia. Alemania lo ha prohibido, pero el virus autoritario sigue activo.
Se hacen llamar el Reino de Alemania, pero ni son un reino, ni representan a Alemania, ni respetan los fundamentos mínimos de la convivencia democrática. El Gobierno federal ha decidido ilegalizar este delirio organizado, una estructura paralela con más de 6.000 adeptos que rechazaban el orden constitucional, se inventaban documentos de identidad y promovían el odio bajo la coartada de la «libertad». En total, 25.000 personas forman parte del movimiento ‘Reichsbürger’, de los cuales esta secta es la facción más numerosa.
Su objetivo: crear un Estado dentro del Estado, regido por leyes “eternas” y con un “rey” autoproclamado, Peter Fitzek, al que han detenido esta semana.
No es un mal chiste. Es una amenaza real. Según el Ministerio del Interior alemán, la organización se dedicaba a falsificar documentación oficial, emitir pasaportes propios, incitar al odio y lavar dinero mediante sistemas financieros opacos y una moneda ilegal, el llamado «marco electrónico». Entre sus principios fundacionales: negar el Holocausto, propagar teorías conspirativas sobre “élites judías satánicas” y reclamar territorios de Polonia, Rusia, Lituania o Chequia como si aún estuviésemos en 1937.
Sus miembros defendían que las vacunas eran un mecanismo de control poblacional, que los impuestos eran una forma de esclavitud y que los y las alemanas estaban siendo “sustituidos” en su propia tierra.
Nada nuevo bajo el sol. La ultraderecha sigue explotando el miedo, el racismo y el descrédito de las instituciones para crear estructuras paralelas que parecen de ciencia ficción, pero que tienen financiación, propiedades y presencia digital. En 2023, la Autoridad Federal de Supervisión Financiera ya alertó sobre los negocios turbios del grupo. Ahora, tras el operativo, se han intervenido tres propiedades, dinero en efectivo, documentos falsos, discos duros, vehículos y hasta maquinaria agrícola.
DE LA CONSPIRANOIA A LA VIOLENCIA ORGANIZADA
El Reino de Alemania es una parte visible del engranaje conspiranoico que alimenta a la ultraderecha global. Lo que comenzó con negacionismo pandémico y obsesión por el “gran reinicio” ha terminado en una maquinaria sectaria, antisistema y profundamente antisemita. En su imaginario, el Estado alemán es ilegítimo, los políticos son “títeres satánicos” y las vacunas, un plan genocida.
Defienden curas alternativas, expulsan a las personas vacunadas de su sistema de salud paralelo y garantizan que su ciudadanía ficticia “protege” frente a la educación obligatoria, los servicios sociales o la ley.
Quieren volver a un mundo en blanco y negro, donde las leyes se basan en “la creación”, los impuestos son optativos y el poder recae en un rey iluminado que se cree enviado por una misión divina. Lo llaman «soberanía», pero es puro autoritarismo disfrazado de libertad. Un total desprecio por los consensos democráticos que construyeron la Alemania de posguerra.
Y no están solos. En 2022, miembros vinculados al movimiento ‘Reichsbürger’ participaron en un intento de golpe de Estado, desarticulado a tiempo por la policía alemana.
Estos delirios no son inocuos. La desinformación y el odio no se quedan en el teclado. Pasan a la calle, contaminan la esfera pública, radicalizan a sectores sociales golpeados por la desigualdad o la desafección. Así lo reconocía la propia Oficina Federal para la Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia que ha hecho seguimiento del caso y alerta de su peligrosidad creciente.
Mientras la ultraderecha se victimiza, acumula propiedades, difunde bulos y construye estructuras paralelas para destruir el sistema desde dentro.
Y lo hacen con el mismo patrón: victimismo nacionalista, exaltación religiosa, obsesión con la pureza racial, negacionismo científico, mitos de “identidad robada” y nostalgia de imperios que nunca fueron lo que dicen. En otras palabras: el pack completo del fascismo del siglo XXI.
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