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La amenaza de convertir Canadá en el «51º Estado» desata una ola de dignidad
Hasta hace apenas cinco meses, el Partido Liberal de Canadá estaba sentenciado a una derrota histórica. Las encuestas de diciembre de 2024 dibujaban un panorama desolador tras el desgaste de una década bajo el mandato de Justin Trudeau, ahogado por la crisis de precios y el desencanto popular. Sin embargo, el único capaz de resucitar a los liberales no fue su carismático sucesor Mark Carney, sino un incendiario de Washington: Donald Trump, que a base de insultos, amenazas de anexión y una brutal guerra comercial, reavivó un sentimiento de soberanía que dio un vuelco a la historia.
El 28 de abril de 2025, los liberales se impusieron en las elecciones federales, consiguiendo más escaños que los conservadores en la Cámara de los Comunes. Aunque aún no se confirma si tendrán mayoría absoluta —necesitan 172 de los 343 escaños—, el dato irrefutable es que evitaron la catástrofe anunciada. «Estábamos muertos y enterrados en diciembre. Hoy formaremos gobierno», reconoció el exministro de Justicia David Lametti en declaraciones a CTV.
La clave de este giro no fue un programa electoral, sino una humillación nacional. Trump, incapaz de ocultar su arrogancia imperialista, propuso abiertamente que Canadá fuera «el 51º estado» de Estados Unidos, como recogió AP News. Además, lanzó una ola de aranceles devastadores contra el vecino del norte, atacando su soberanía económica y provocando la mayor ruptura comercial entre ambos países desde 1988.
La respuesta de las y los canadienses fue contundente: un récord de 7,3 millones de votos emitidos de forma anticipada, demostrando que el desprecio gringo sólo había conseguido unir a un pueblo harto de ser tratado como colonia. Campañas espontáneas como «Elbows Up for Canada» movilizaron a miles en las fronteras y en las redes sociales, rechazando la compra de productos estadounidenses y cancelando viajes al sur.
EL «TRUMPISMO» CANADIENSE SE ESTRELLA Y AUMENTA LA INCERTIDUMBRE POLÍTICA
La derrota del conservador Pierre Poilievre confirma el fracaso del «trumpismo» made in Ottawa. Tras meses de imitar los discursos de odio y resentimiento que catapultaron a Trump en 2016, Poilievre vio cómo su imagen se desplomaba a medida que el propio Trump convertía las elecciones canadienses en un plebiscito sobre el dominio estadounidense. Como apuntó el historiador Robert Bothwell, «los liberales deberían pagarle a Trump», porque sus bravuconadas sellaron la suerte de los conservadores.
El castigo no fue menor: la ultraconservadora opción de Poilievre alienó al electorado moderado, mientras el bloque progresista —aunque erosionado— resistió. No obstante, la jornada también dejó graves secuelas. El Nuevo Partido Democrático (NDP), dirigido por Jagmeet Singh, sufrió un descalabro que lo dejó al borde de la irrelevancia. Singh anunció su dimisión tras ocho años al frente, tal como recogieron medios como CBC News.
Esto abre un escenario de inestabilidad. Si Carney no logra una mayoría absoluta, deberá pactar con fuerzas menores como el soberanista Bloc Québécois, que quedó tercero. Una ironía cruel: la amenaza de integración forzosa con EE.UU. ha fortalecido también las ansias de secesión en Québec.
En cuanto a los desafíos inmediatos, el panorama es desalentador: una inflación que devora salarios, aranceles que asfixian exportaciones (el 75% de las ventas canadienses tienen como destino EE.UU.) y un ataque frontal a sectores como la automoción, donde Trump pretende forzar la relocalización hacia el sur, como detalló The Globe and Mail.
Frente a ello, Carney prometió medidas paliativas: que cada dólar recaudado en contraaranceles será destinado directamente a trabajadoras y trabajadores perjudicados, mantener el programa de atención dental, reducir impuestos a la clase media, controlar la inmigración para garantizar su sostenibilidad y reforzar la financiación de la CBC, el medio público atacado sistemáticamente por las derechas.
«Los estadounidenses quieren rompernos para poder poseernos. No son sólo palabras. Es lo que está en juego», advirtió Carney ante la mirada incrédula de quienes aún confiaban en el «vecino amable».
Hoy, Canadá sigue en pie. Mañana, la batalla continuará en cada aduana, en cada supermercado, en cada voto.
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