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De Silicon Valley a los gobiernos: el poder desmedido de las grandes tecnológicas
Por Javier F. Ferrero
CONTROL: Un grupo de magnates tecnológicos, encabezado por figuras como Elon Musk, Jeff Bezos o Mark Zuckerberg, ha dado un paso más allá de la influencia tradicional. Ya no hablamos de presionar gobiernos para obtener ventajas fiscales, sino de infiltrarse en las estructuras estatales y superponerse al poder público. No es casualidad que en la toma de posesión de Donald Trump, estos líderes estuvieran en primera fila, por delante incluso del gabinete presidencial. Ha nacido la tecnocasta.
NARRATIVA: El caso de Musk es paradigmático. Su fortuna, que asciende a 415.000 millones de dólares, no proviene de una innovación superior, sino de una narrativa bien construida para inflar el valor de sus empresas más allá de su capacidad real. Tesla, por ejemplo, vende menos y ofrece productos inferiores a sus competidores chinos, pero gracias a la especulación y al capital riesgo, Musk ha logrado amasar una fortuna que lo coloca como el hombre más rico del mundo. La especulación y el capital riesgo han hecho de Musk el hombre más rico del mundo, pero también el más peligroso.
SISTEMA: La derogación de la Ley Glass-Steagall en 1999 permitió que el capital financiero creciera sin control, allanando el camino para que los fondos de inversión se conviertan en los verdaderos motores del ascenso de esta élite. Las criptodivisas, vinculadas a la especulación y la deuda estadounidense, son otra pieza clave en este tablero. Ya no es solo cuestión de dinero, sino de controlar sectores estratégicos como la industria aeroespacial, los datos o la cultura. Lo quieren todo.
POLÍTICA: El ascenso de Trump al poder no es solo una muestra de la polarización política, sino de cómo la tecnocasta utiliza el sistema electoral como herramienta para legitimar su dominio. Musk, quien donó 200 millones de dólares a la campaña de Trump, recuperó su «inversión» con creces: en solo días tras la victoria republicana, incrementó su fortuna en 26.500 millones de dólares. Este es un asalto estratégico al poder político y económico que no tiene precedentes en la historia reciente.
IMAGEN: El poderío de esta nueva oligarquía no se limita al ámbito económico. Han colonizado sectores clave como la defensa, la automoción, el análisis de datos y la industria cultural. Desde el control de la información hasta la hegemonía cultural, su influencia permea todos los aspectos de la vida cotidiana. La imagen de Musk realizando un saludo fascista durante la fiesta de investidura de Trump no fue un desliz, sino una provocación calculada: demostrar que pueden transgredir cualquier norma social sin sufrir consecuencias.
VASALLAJE: El caso de España es igualmente preocupante. Mientras Donald Trump incluye a nuestro país en los BRICS por ignorancia o malicia, líderes como Isabel Díaz Ayuso no dudan en aprovechar la confusión para alimentar su propia narrativa trumpista, reforzando el servilismo frente al poder estadounidense. Este fenómeno no es exclusivo de Ayuso: es el resultado de una estrategia global para socavar los principios democráticos y reemplazarlos por un modelo censitario donde el poder se concentra en manos de unos pocos.
AMBICIÓN: El objetivo final no es simplemente acumular riqueza o influencia política. No. Esta tecnocasta tiene un plan más ambicioso: fagocitar las estructuras sociales mismas y sustituir los ideales de igualdad, libertad y fraternidad por un modelo que beneficie exclusivamente a la élite económica. Peter Thiel, otra figura clave de este movimiento, ha sido uno de los principales arquitectos ideológicos de esta radicalización.
DOMINIO: La estrategia está más que clara: tomar el control de sectores esenciales para el funcionamiento de la sociedad, erosionar las instituciones públicas y consolidar un sistema donde las decisiones ya no se tomen en función del bienestar común, sino de los intereses privados. Ya no hablamos de democracia, sino de una plutocracia global que se rige por los principios del mercado y no por los derechos humanos.
DESTRUCCIÓN: El peligro no radica únicamente en su poder económico, sino en su capacidad para moldear las ideas y valores de la sociedad. Estos oligarcas del siglo XXI no buscan solo cuatro años más en la Casa Blanca; su ambición es mucho mayor: reconfigurar las bases mismas de la organización social y acabar con la capacidad del Estado para proteger a las mayorías.
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Movimiento de placas continentales o atemporalidad de la Pangea.
Como espacio intelectual promotor de un sesgo cultural, el inicio de su prominencia ha sido remontado a las élites del Renacimiento, convirtiéndose en un conjunto de teorías sociales universalistas y evolucionistas que defendían un papel de liderazgo de Europa para conquistar el mundo.[1]
El eurocentrismo (como otras formas de etnocentrismo) ha sido considerado un prejuicio cognitivo y cultural, que supone la existencia de experiencias históricas lineales movidas por esquemas culturales fijos, correspondientes a los provistos por la historia europea, considerando a las trayectorias no europeas como formaciones incompletas o deformadas.[2]