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“Los milmillonarios tecnológicos saben que sus negocios están llevando al mundo al colapso y quieren usar la tecnología para huir del resto de nosotros”. Quien asegura esto no es ningún conspiranoico, sino uno de los 10 intelectuales más influyentes del mundo según el MIT y uno de los gurús tecnológicos de Silicon Valley: Douglas Rushkoff. Lo mismo opina el hombre más rico del planeta, Elon Musk, quien tiene muy claro que el colapso de nuestro planeta es solo cuestión de tiempo: «Hay un 100% de posibilidades de extinción masiva de todas las especies», aseguró el año pasado.
Y como ellos, muchos otros milmillonarios que llevan años preparándose para lo que consideran inevitable, ya sea construyendo mega-búnkeres de lujo, preparando islas desiertas con su propio ejército, soñando con dejar atrás el planeta Tierra para vivir en el espacio o incluso con abandonar su propio cuerpo. «Tienen la fantasía de ir a Marte, a una isla, bajo tierra o de cargar su cerebro en un ordenador. Piensan así, juegan así, fantasean así», asegura Rushkoff. Cualquier cosa menos renunciar a seguir aumentando sus obscenas fortunas para lograr evitar ese colapso que ellos mismos fomentaron. No se lo plantean porque simplemente creen que el resto de la humanidad no vale la pena. «Se ven como dioses y a nosotros como insectos», asegura Rushkoff, quien lleva años indagando en los alocados planes de esta reducida élite económica supremacista para escapar del apocalipsis social y climático que ellos mismos han contribuido a crear.
Uno de los negocios de lujo más en auge en la última década es precisamente la fabricación y venta de búnkeres de lujo para milmillonarios. Construidos a prueba de todo y con todas las comodidades del mundo exterior, o al menos eso es lo que venden a estos escapistas de la realidad por precios desorbitados, y fuera del alcance del 99,9% de la población mundial. Aunque parezca difícil de creer, su demanda es tan alta que es difícil conseguir uno a día de hoy. Lo mismo sucede con las islas privadas en venta, que han sido el objeto de deseo de esta élite económica desde la pandemia.

Otro modo rocambolesco de intentar escapar de la realidad para esta élite económica son los viajes al espacio. Se trata de una competición donde el tamaño del cohete es lo más importante para los participantes, entre los que destacan los propietarios de dos de las compañías más poderosas del planeta: Tesla y Amazon. Para Rushkoff, las motivaciones para competir en esta carrera de autos locos espaciales de los directivos de estas compañías son diferentes : «Para Elon Musk es un plan de huida, es optimista sobre su capacidad de hacer cosas increíbles en vida… En cambio, para Bezos ir a Marte es una manera de probar que su modelo de capitalismo extractivo funciona para todos».
Pero hay más. No sabemos muy bien que extraños pensamientos y paranoias habrá dentro de la cabeza de Elon Musk, pero tal y como asegura Rushkoff, otra de las motivaciones que le mueven a la carrera espacial es el miedo a que la Inteligencia Artificial se vuelva en su contra: «Su miedo a una futura represalia resulta palpable, y tan vívido como una película de Terminator (…) Musk ha explicado que una de las razones por las que quería colonizar Marte era para ‘que tengamos un refugio si la IA se rebela y se vuelve contra la humanidad'».

En el libro que acaba de publicar sobre este tema, Rushkoff deja muy claro que todas estas «soluciones» a las que se aferran los milmillonarios no son más que parches que no podrán contener la realidad: «No pueden aislarse en comunidades tan pequeñas. Es lo que intenté explicarles: la única forma de escapar a esa catástrofe que temen es evitar que suceda. Pero no están siguiendo ese camino». Y no siguen ese camino porque se sienten seres superiores, y la solución pasa por cooperar con el resto de la población mundial, redistribuir su riqueza y cambiar el modelo económico y de organización social que ha permitido que un 1% de la población mundial acapare tantas riquezas como el 80% del resto de seres humanos más pobres. Y eso simplemente no es una opción para ellos. Antes morir solos en un búnker bajo tierra que sentirse como un humano cualquiera.

Y por eso se aferran a las soluciones tecnológicas para evitar el colapso, al igual que muchos insectos aspirantes a dioses. Sin embargo, cada vez se hace más evidente que estas soluciones tecnológicas no servirán de nada si no vienen acompañadas de cambios mucho más profundos en nuestra sociedad. El propio Rushkoff lo deja claro:
“Sentía la necesidad de hacernos conscientes de que estamos al final de una historia de seiscientos años, que comenzó en el Renacimiento cuando decidimos que la ciencia podría controlar la naturaleza y que el dinero podría controlar a la gente. Eso ya no está funcionando. El tecnosolucionismo no nos va sacar de aquí porque se basa en los mismos problemas. Ellos piensan en construir una máquina que vaya en la parte trasera de un camión y capture el carbono. O que cada uno tenga su propia impresora 3D para reducir los desperdicios. Pero esas máquinas se basan en las mismas tierras raras que se extraen en África por niños en condiciones penosas. O en plástico y por tanto petróleo”
Estos milmillonarios han sido educados en la ley del más fuerte, la competitividad y el egoísmo. Y han triunfado (económicamente hablando) porque son el fiel reflejo del sistema capitalista en el que vivimos, donde lo único que importa es seguir creciendo y generar beneficios, a costa de lo que sea. Da igual dejar cadáveres por el camino, abandonar a los débiles a su suerte, explotar a todo el que se deje o sobrepasar los límites biofísicos del planeta. Lo importante es seguir acumulando beneficios. El retrato que hace Rushkoff de esta élite a la que conoce de cerca es contundente: «Es muy difícil imaginarse lo tontos que son». Inmorales, con la mentalidad de un adolescente, sometidos a drogas psicotrópicas y obsesionados con el fin del mundo. Así son los líderes mundiales del capitalismo.
Estas personas tan ricas económicamente como pobres en humanidad creen realmente que no hay suficiente riqueza para todos en el mundo. Según Rushkoff: «Creen que vivimos en un mundo sin alma, donde todo es material y donde el capitalismo y la competencia son la única forma de sobrevivir. No entienden la colaboración, no entienden la camaradería y la solidaridad».
Y por esta misma razón es por la que es prácticamente imposible que se pueda encontrar la solución a la crisis climática desde dentro de este sistema depredador, ya que esta solución implica obligatoriamente la redistribución de la riqueza, la solidaridad y el decrecimiento en el consumo, medidas que son antagónicas a la propia esencia del capitalismo. Como asegura Rushkoff, «ser humano no va de una supervivencia o escapada individual. Es un deporte de equipo. Sea cual sea el futuro de los humanos, será conjunto«.
Para que las energías renovables proporcionen la mayor parte de nuestra energía, tendríamos que multiplicar por veinte la eólica y la solar. Pero no hay suficientes tierras raras en el planeta para construir un sistema energético así y reemplazarlo luego cada dos décadas. Sustituir la mayoría de nuestras industrias del carbón y del petróleo por otras eléctricas agotaría toda nuestra energía y recursos de golpe, incrementando enormemente las emisiones y la degradación medioambiental a corto plazo. También podría acrecentar la desigualdad energética al desviar energía y recursos a la reconstrucción del propio sector energético. Resulta imposible quebrantar las leyes básicas de la física. La única respuesta real, una respuesta verdaderamente simple que ni los filantrocapitalistas ni los ecotecnólogos quieren oír, es que tenemos que reducir nuestro consumo de energía de forma radical. El decrecimiento es la única forma infalible de reducir la huella de carbono de la humanidad. También nos daría el tiempo necesario para realizar la transición a tecnologías con un menor consumo energético. En lugar de plantearnos si es mejor que compremos un coche eléctrico, de gasolina o híbrido, quedémonos con el que tenemos. Mejor aún: empecemos a compartir el coche, a ir andando al trabajo, a trabajar desde casa o a trabajar menos.
Fragmento de ‘La supervivencia de los más ricos‘ (Capitán Swing), de Douglas Rushkoff.
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