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Hace unos días falleció a los 78 años el cronista que desmontó la Transición y habló sin miedo de Juan Carlos
Hace unos días murió Gregorio Morán, a los 78 años. No fue un periodista cómodo. Tampoco quiso serlo. Nacido en 1947 en Oviedo, militante antifranquista, exiliado en 1968 en París por pertenecer al Partido Comunista, Morán dedicó su carrera a una tarea que en España suele pagarse cara: desarmar el relato oficial.
Escribió sobre la Transición cuando todavía se vendía como un milagro sin costes. Señaló al Partido Comunista cuando muchos lo trataban como reliquia moral. Y escribió sobre el rey emérito cuando todavía había miedo a nombrarlo sin reverencia.
Morán no construyó una obra académica al uso. Construyó una obra incómoda. Entre sus libros más conocidos están El precio de la Transición, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España y Adolfo Suárez: historia de una ambición. En todos ellos hay un hilo conductor: la sospecha hacia los pactos cerrados arriba y la desconfianza ante los consensos blindados.
Su mirada no estaba hecha para tranquilizar a nadie.
LA TRANSICIÓN COMO NEGOCIO DE LAS ÉLITES
Cuando publicó El precio de la Transición en 1991, el libro sufrió censura. Se recortaron los párrafos dedicados a Juan Carlos I. No fue un detalle menor. Fue una señal. En plena democracia formal, el relato sobre la monarquía seguía siendo territorio vigilado.
Aquel ensayo desmontaba la idea de una transición modélica. Morán describía un proceso negociado entre élites políticas, económicas y mediáticas, donde el precio lo pagaron las y los trabajadores que venían de una derrota histórica en la Guerra Civil y en la posguerra. Décadas después, cuando el libro fue reeditado 25 años más tarde por Akal, muchas de sus advertencias ya no sonaban exageradas sino previsibles.
La Transición no fue un acto de magia democrática, fue un pacto con límites claros y con silencios impuestos. Morán lo escribió cuando todavía era arriesgado decirlo en voz alta.
En sus “Sabatinas Intempestivas” en La Vanguardia desde 1988 hasta 2017, mantuvo ese tono. Fue despedido tras denunciar la censura de un artículo. No era una metáfora. Era la constatación de que la libertad de expresión en España tiene bordes definidos por intereses empresariales.
En 2015, cuando Planeta decidió no publicar El cura y los mandarines porque Morán se negó a eliminar el capítulo dedicado a la Real Academia Española y a su entonces director, el mensaje volvió a ser claro. Se le pagó el adelanto y se le invitó a marcharse. Publicó en Akal. El poder cultural también tiene dueños, y esos dueños no toleran bien que se les retrate como tales.
Morán entendía que el ecosistema mediático no es neutral. En una entrevista en 2017 lamentaba que la derrota de la clase obrera había generado miedo, emigración y falta de salidas. También señalaba que los medios eran pobres y que la censura había vuelto. No hablaba desde la nostalgia. Hablaba desde el diagnóstico.
JUAN CARLOS, EL TABÚ Y EL SILENCIO
En un país donde durante décadas se blindó la figura del monarca, Morán habló de Juan Carlos I sin épica. En sus intervenciones públicas describió lo que muchos sabían y pocos decían. El entramado de comisiones, amistades peligrosas y comportamientos privados que la prensa trató como rumor durante años terminó siendo confirmado por investigaciones judiciales y filtraciones internacionales.
Se atrevió a llamar a las cosas por su nombre cuando el consenso era callar.
Durante demasiado tiempo, la figura del rey emérito estuvo protegida por una alianza tácita entre partidos, empresas y medios. Se vendía estabilidad mientras se ocultaban cuentas opacas. Se hablaba de ejemplaridad mientras se silenciaban negocios en el extranjero. El escándalo de las comisiones en Arabia Saudí, las cuentas en Suiza, las amistades empresariales, no surgieron de la nada. Surgieron en un sistema que prefirió mirar hacia otro lado.
Morán entendía que el periodismo no está para proteger símbolos sino para examinarlos. En un país que convirtió la monarquía en dogma, eso tuvo consecuencias. Fue criticado, arrinconado y, en su última etapa, terminó escribiendo en medios digitales conservadores. Su último artículo, en julio de 2025, fue una crítica dura contra Pedro Sánchez. Algunos interpretaron ese giro como contradicción. Otros como coherencia con su pesimismo.
Pero más allá de afinidades coyunturales, hay una constante. Morán nunca creyó en los relatos oficiales sin fisuras. Tampoco en los líderes sin sombra.
En tiempos donde la crítica se convierte en espectáculo y el espectáculo sustituye a la investigación, su figura incomoda porque recuerda algo elemental. El poder no necesita aplausos. Necesita vigilancia.
Hoy, tras su muerte hace unos días, muchos rescatan su prosa incisiva. Otros prefieren suavizarla. Pero sus palabras sobre la monarquía, sobre la Transición y sobre la connivencia entre política y negocios siguen ahí. No como nostalgia. Como advertencia.
Porque en un país que aprendió a callar demasiado pronto, la memoria de quienes hablaron alto es siempre un problema.
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