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El artista puertorriqueño convierte el mayor escaparate del capitalismo deportivo en una declaración cultural contra el nacionalismo excluyente
Durante décadas, la Super Bowl ha sido algo más que una final deportiva. Es un ritual de poder. Un escaparate del músculo económico, militar y cultural de Estados Unidos. Un evento donde se celebra una idea muy concreta de nación, cuidadosamente empaquetada para consumo global. Por eso lo ocurrido en la Super Bowl LX, en la temporada 2025-26, no fue un simple espectáculo musical. Fue una grieta.
Cuando Bad Bunny enumeró países de América y levantó un balón con el mensaje “together we are America”, no estaba apelando a la diversidad como eslogan vacío. Estaba cuestionando quién tiene derecho a apropiarse del nombre de un continente entero. En el escenario más visto del planeta, ante más de 120 millones de espectadores, el artista recordó algo elemental y profundamente incómodo para el imaginario estadounidense: América no es un país.
No hubo banderas de barras y estrellas agitadas como telón de fondo. No hubo coreografía patriótica ni guiños a la épica nacional. Hubo español. Hubo ritmos caribeños. Hubo Puerto Rico, una colonia sin soberanía plena, convertida durante quince minutos en el centro simbólico del espectáculo más rentable del deporte profesional. Eso, en sí mismo, ya era una anomalía política.
La NFL no paga a quienes actúan en el descanso. El negocio está en otro lado. En la publicidad que en 2026 superó los 8 millones de dólares por 30 segundos. En los derechos televisivos. En la mercantilización total del evento. Y aun así, dentro de ese engranaje perfectamente aceitado, Bad Bunny logró colar un mensaje que no encajaba en el marco habitual. Ni asimilable ni neutralizable del todo.
Mientras parte de la prensa estadounidense se apresuraba a presentar el show como una celebración “latina” sin aristas, las reacciones políticas no tardaron en aparecer. El trumpismo entendió el gesto mejor que muchos analistas culturales. Donald Trump lo calificó de “afrenta”. No por la música, sino por lo que simbolizaba. Porque nombrar América como espacio compartido cuestiona directamente la idea de excepcionalismo estadounidense.
Bad Bunny no habló de migración de forma explícita. No mencionó muros ni fronteras. No hizo falta. Bastó con colocar a América Latina en el centro del relato, no como invitada folclórica, sino como sujeto cultural con voz propia. Eso es lo que incomoda. Porque rompe la jerarquía. Porque recuerda que Estados Unidos no es el origen, sino una parte (poderosa, sí) de una historia mucho más amplia.
El detalle del balón no fue casual. El fútbol americano es uno de los símbolos más cerrados de la identidad nacional estadounidense. Reapropiarse de ese objeto para resignificarlo fue un gesto calculado. Un símbolo del imperio convertido en soporte de un mensaje inclusivo que el propio imperio rechaza.
Nada de esto convierte a Bad Bunny en un líder político ni en un activista clásico. Tampoco lo necesita. Su potencia está precisamente en otro lugar. En usar los códigos del espectáculo global para introducir una disonancia. En demostrar que incluso en el corazón del capitalismo cultural hay fisuras. Y que a veces basta una frase sencilla para descolocar un relato entero.
La Super Bowl LX se recordará por muchas cosas. Por el partido. Por los anuncios. Por las cifras astronómicas. Pero también porque, durante unos minutos, la América que no cabe en los discursos oficiales se coló en el escenario principal sin pedir permiso. Y eso, en los tiempos que corren, ya es mucho.
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